¡¡Qué barato está Madrid!!

por Iñaki Etxarri

Después de muchos meses, me animo a escribir unas líneas para que no os cuenten milongas y tratar de poner los puntos sobre las íes acerca de la puerta grande de César Jiménez en Madrid.

Lo primero decir que yo soy uno de los "reventadores", "intransigentes", "malos aficionados" y no sé cuantas cosas más que nos han llamado a los aficionados los juntaletras que andan por la prensa taurina a los que en la plaza nos manifestamos como consideramos oportuno y dijimos lo que aquello nos parecía.

Pero vamos a meternos en harina: El primer toro que le correspondió en suerte a César Jiménez fue una auténtica sardina que sólo se tapaba por sus buídos pitones. Aquello no tenía ni cuajo ni remate y además estaba inválido. Indigno de la que dicen es la primera plaza del mundo.

Tras el trámite de los dos primeros tercios, el tal Jiménez le enjaretó al torillo un par de tandas con la diestra y otro par de ellas con la zocata todas fuera de cacho, mandando la embestida del torillo para afuera, con la pierna contraria atrás y sin arrebujarse con el bicho ni una sola vez. Todo muy compuesto, eso sí, sobre todo al natural, bajando la mano, pero sin hacer el toreo.

Dos o tres ayudados por bajo al final (sería para poder al moribundo que tenía enfrente). Mató de una estocada baja que produjo derrame y fue de efectos fulminantes.

El quinto fue un inválido total al que se le simuló la suerte de varas y al que el presidente, pese a las insistentes protestas de los aficionados mantuvo en le ruedo incomprensiblemente. El animalillo era un tullido total y en las dos primeras series con la derecha, simplemente poniendo la muleta a media altura, el toro se derrumbó miserablemente. Aquello era una pantomima.

César Jiménez, muy cuco él, y viendo la invalidez del toro se dedicó a dárselos, con la izquierda, de uno en uno, de frente, sin obligarle ni una sola vez, dejando un espacio tremendo entre pase y pase... Todo muy compuestito, pero sin toro.

Aquello era lo más parecido al toreo de salón y una mal simulacro de lo que debe de ser la fiesta... Pues bien, la gente en los tendidos alucinaba y creía ver a Gallito y Belmonte juntos y mientras se volvían locos se mofaban de los aficionados y nos hacían cortes de mangas: "¡Os jodéis que lo vamos a sacar por la puerta grande!", nos decían, y por allí que se lo llevaron, por la puerta grande. Por allí iba, en volandas, un torero que en toda la tarde no se enfrentó ni un toro de verdad ni dio un sólo muletazo como mandan los cánones. Así está la fiesta y así está Madrid.

Abellán y Gallo anduvieron por allí. El madrileño, aburrido y aburridor ante dos babosas con cuernos, dio la sensación de estar en un profundo bache y más fuera que dentro del mundo del toro.

El torero charro me pareció que está muy verde y se dejó ir el mejor toro de la tarde, el tercero, un sobrero de Martín Arranz que medio se movió y medio embistió y al que sólo le cogió un tanto el aire en las dos primeras tandas por la derecha. A partir de ahí el torero sólo buscó el arrimón, esos terrenos de cercanías en los que parece encontrarse tan a gusto y que sólo valen para triunfar en los pueblos.

Con lo facilona que estaba la plaza ayer, perdió una gran oportunidad para triunfar... al menos aparentemente.


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