Bilbao. 8ª de Feria. Puerto de San Lorenzo.

Lunes, 30 de Agosto de 2010 09:47 Eneko Andueza
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Me permitirán, queridos lectores, que de esta crónica haga dos, pues sería absolutamente injusto meter en el mismo saco dos partes tan diametralmente opuestas vividas en una misma tarde. Sería, además, totalmente injusto…

El Timo.

Dieron las cuatro y cuarto de la tarde cuando la Junta Administrativa dio a conocer la ausencia de Miguel Angel Perera esta tarde en Bilbao.

Los medios oficiales del taurinismo ya lo habían cantado un par de horas antes.

Con esas, hubo aficionados que, enterados circunstancialmente de la sustitución de Perera por Urdiales acudió a taquilla para devolver legítimamente su entrada. Amablemente, los taquilleros y taquilleras informaban que la devolución se había producido desde las cuatro y cuarto a cinco de la tarde (tres cuatros de hora) y que, pasada la taurinísima hora no cabía posibilidad de realizar devoluciones. Un timo.

Peor fue la cosa para aquellos que tuvieron que esperar hasta un minuto antes de romper el paseíllo para enterarse por la megafonía de la plaza.

El caso es que rompió el paseíllo y pudimos ver la lamentable escena de tres matadores haciendo el paseíllo seguidos, únicamente, de siete banderilleros y cuatro picadores. La sorpresa fue monumental al comprobar que Urdiales había acudido, solamente, con un banderillero. La circunstancia, que no fue comunicada por megafonía, por supuesto, daba una imagen lamentable: la de una plaza de primera permitiendo que un matador actúe sin su cuadrilla (se alegó que no había podido contratar a nadie). Aquello olía a precariedad, a improvisación. De acuerdo que la premura fue mucha, que, supuestamente no les dio tiempo, pero… ¿tanto como para no poder traer dos banderilleros y dos picadores de zonas cercanas como Navarra, Rioja, Aragón o la zona norte de Castilla?. Muy poca seriedad.

Para colmo, con los sones del pasodoble “Club Cocherito” amenizando el paseíllo y a mitad del mismo, repentinamente cesa la música, paran los alguacilillos y la megafonía comienza a sonar mientras los matadores, entre señales a los alguacilillos para que continuaran prosiguen su paseo hasta el tercio, comunicándose a la concurrencia la celebración de un minuto por ser el aniversario de la muerte de “Manolete”. Un esperpento, subrrealismo servido en bandeja, algo ni tan siquiera propio de una plaza de talanqueras. Así está Bilbao. Así cuidan los detalles y dignifican la fiesta desde la Junta Administrativa. Vergonzoso de veras.

Dicho esto se lidiaron los cuatro primeros ejemplares de la corrida: desiguales de presentación, mansitos pero con esas cositas propias de lo de Atanasio. Ponce sacó partido de un primero que no valía un pimiento a base de sobarle metiendo pico; Urdiales logró algún momento brillante, escaso pero quizá válido, y a Fandiño se le notaba una falta de sitio o de actitud bastante preocupante.

Con esas salió el cuarto, un torete impropio de Bilbao, mansote, descastado, bobalicón al que Ponce le administró una de sus “lecciones de inteligencia”. Lo sobó por ambos pitones, desde fuera, abusando flagrantemente del pico, engatusando al animalito que, a regañadientes fue entrando de lleno en la muleta del de Chiva.

Consiguió meterlo en la muleta para, siguiendo desde fuera, meter el pico con más disimulo, componer la figura y vaciar la embestida hacia fuera. De cuando en vez se rebozó algo más.

Hay que reconocer la belleza de la última serie, con el público, que no la afición, entregada. Doblones por bajo, tres, buenos, rematando atrás con empaque, y uno de pecho que remató con la muleta en el hombro contrario, excepcional… y con el toro en estado de semidomesticación.

Con el delirio en la solanera y gran parte de la sombra que acude a lucir palmito, le recetó una estocada yéndose, que, como era de esperar, cayó baja y defectuosa pero entera, cosa que a los enfervorizados espectadores les importaba un pimiento ya que lo que importa es enterrar el estoque allá donde fuera. Cayó el animalito por mor de la navajada y los tendidos se llenaron de pañuelos.

La mayoría obligaba a conceder la primera, y con los tendidos vociferando, Matías González, dignamente (no sabemos si hubiera tenido igual actitud de haber sido el Juli), aguantó estoico la petición del segundo trofeo.

Los mulilleros se detuvieron, los grados subieron, los subalternos pidieron insistentemente la segunda oreja. Con Vista Alegre convertida en una simple plaza de pueblo, Matías ordenó que se arrastrara el toro y no concedió lo que hubiera sido una escandalosa segunda oreja.

La plaza estalló en una bronca hacia el palco. Toda la plaza menos un importante reducto de aficionados de verdad que, repartidos por todos los tendidos se pusieron en pié para aplaudir a un presidente que puso a la plaza en su sitio. Matías González nuevamente, dignificó una plaza que está en absoluta deriva.

 La Verdad. 

Salió el quinto de la tarde, un torazo de seis años cumplidos (los cumplía este mes), un trapío que quitaba la respiración y un fuelle que quitaba el hipo al más valiente.

Lo recibió Urdiales casi en el tercio. El toro ganó terreno hasta arrinconarlo en tablas, con oficio salió del apuro ganándole nuevamente el terreno al toro para terminar toreando para el animal y sacándolo con no poca agonía al tercio. Aquello no tenía nada que ver con el circo que habíamos vivido hasta el momento.

Le pegaron con saña y abajo en el caballo en múltiples ocasiones. Así, con alevosía, tratando de mermar al torazo, un toro, este sí, digno de Bilbao. Hicieron lo que pudieron en banderillas para dejárselo solito a Urdiales. En aquel momento nadie se cambiaba por él. Menuda papeleta.

El toro apretaba, desarrolló ese sentido que desarrollan los toros de esa edad que tienen un fondo de casta. Había picante, fuelle, pedía el carnet…. Un toro que, sin ser bravo, era un toro.

Urdiales no se amilanó. Al contrario que su anterior borrego, en el toro de verdad se puso en el sitio de verdad, sin trampa, dando la cara, echando la muleta adelante, intentado torear y rematar los muletazos. No era fácil. A veces lo consiguió, otras no, pero en todos los muletazos hubo algo imprescindible para la fiesta de los toros: emoción, la emoción que da un toro de verdad, sea más o menos bravo.

Se la jugó Urdiales, digno hasta el final, con vergüenza torera, dando la cara como el necesita más que el comer los contratos. En aquel momentos todos tuvimos el mal pensamiento (quizá infundado o quizá no) de la falta de imparcialidad en el sorteo. La casualidad había hecho que Perera, lesionado de verdad, se hubiera quitado del cartel, y que, casualidades de la vida aquel torazo le hubiera tocado en suerte a Urdiales.

Con toda su dignidad cuajó una faena propia de torero serio, profesional, que dio la cara y que se la jugó sin trampa ni cartón. No lo tuvo fácil para matar, y después del primer pinchazo hondo, cuando otro se hubiera ido a por el descabello y con el primer aviso, volvió a coger la espada y se volvió a tirar de frente y por derecho, así hasta tres veces. Digno hasta el final. Un descabello finiquitó  al toro. Los aplaudidores y figurones oficiales del tendido se entretuvieron en pitar al toro e ignorar casi al bueno de Urdiales. Esa es la talla de los espectadores de Bilbao. La afición, como no, reconoció su labor y le hizo salir al tercio a saludar. Me pareció, además de justo, un gesto de respeto hacia un torero que, esta tarde sí, estuvo tremendamente profesional y torero.

Con el olor a hule en el ambiente salto otro toro de cinco años y siete meses, con algo menos de trapío que el anterior pero con dos pitones tremendamente astifinos. Nos volvimos a acordar de la cantinela del sorteo. “Casualidades” de la vida,, los dos toros de casi seis años cayeron en manos de los dos modestos mientras Ponce, tocado por la suerte se había librado del percal.

Recibió a porta gayola Fandiño. El toro serio de verdad, tenía comportamiento de toro y, en esas le ganó la carrera a Mario Romero para sacarlo del burladero y darle dos tremendas cornadas. Tabaco gordo.

 

Continuó la lidia, la lidia de otro toro de verdad, de Bilbao, que, con sur virtudes y sus defectos puso sus exigencias encima de la mesa. Un toro manso pero con picante, encastado, con emoción…..

Hizo pasarlas canutas a los banderilleros durante su tercio después de uno de varas en el que el toro salió de najas en dos ocasiones.

Aquello era serio, complicado para un torero en el momento en el que está Fandiño. Le pudo el del Puerto y en un derrote seco, después de ganarle la partida al matador en las tandas anteriores, lo prendió dándole una fuerte cornada en la ingle.

Ponce se lo quitó del medio de otra navajada.

Y así, con la verdad de la fiesta servida en los dos últimos platos salimos de la plaza con el regusto de la emoción de una parte de la fiesta que no habíamos visto en toda la tarde.

Mañana, nos espera la de José Escolar, debutante en Bilbao. Ojalá que esa fiesta y ese toro  llenos de verdad, autenticidad e integridad se hagan presentes de nuevo. Bilbao lo necesita… y los aficionados, más!!

 

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