|
La corrida caballeresca pasó a Italia
durante la primera mitad del siglo XVI ("Los toros
ante la iglesia y la moral", Bilbao, 1945, pág.
37-46), y allí se estableció, aunque sus
modos y formas no fueron lo suficientemente ortodoxos
como para conseguir la misma aceptación que había
conseguido en España.
La burda ejecución del espectáculo,
su grosera puesta en escena y los peligros a los que se
sometía a intervinientes y espectadores, consiguieron
desprestigiar su corrida, y tras una desgraciada tarde
en la que se produjeron varias muertes entre los asistentes,
los responsables del Vaticano recomendaron al Papa la
abolición de la corrida, lo que se logró
merced a la promulgación de la bula, "De Salute
Gregis", que publicó San Pío V en Italia
en 1567, y envió a Felipe II para que se prohibieran
las corridas de toros también en España
(Anteriormente hubo una serie de conatos de prohibición
de las corridas, que fueron abortados gracias a la lúcida
y tenaz defensa que de ellas hizo el Dr. D. Juan de Medina,
quién detentó el estandarte de apología
de la Fiesta, que luego fue seguido por moralista y consejeros
reales quienes ilustraron al Rey sobre la conveniencia
de mantenerla) Felipe II hizo uso de su derecho a
la retención de bulas, convencido de que su publicación
inferiría un gran perjuicio al pueblo, muy aficionado
a estos festejos, y solicitó la revisión
de la citada bula.
En 1573, forzado por sus asesores, publica
la prohibición, pero en Portugal solamente. El
Papa sigue manteniendo la bula, a pesar del mal que esto
suponía para la religión, pues se había
perdido el respeto a la excomunión, castigo al
que se condenaba a aquel que actuara o asistiera a la
corrida. A la muerte de Pío V, le sucede Gregorio
XIII, quién a solicitud Real, promulga la bula
"Exponis nobis", el 25 de agosto de 1575,
que levantó la prohibición para los seglares,
manteniéndola para los clérigos, exigiendo
que no se celebraran corridas en días festivos,
y aconsejando que se tomaran las mejores medidas para
evitar cogidas y muertes.
Muchos religiosos españoles seguían
asistiendo a los festejos convencidos de que no era pecado,
por lo que el Papa Sixto V, encomendó en 1586 al
Obispo de Salamanca el seguimiento del cumplimiento de
la prohibición, autorizándole para que castigase
a los que no la cumplieran. Tras la muerte de Sixto V
en 1590, accede al Papado Urbano VII, a quién sucede
Gregorio XIV catorce días después ("Felipe
II y el tema de los Toros", José Serrano Carvajal,
pág. 11. Madrid, 1999), y tras él, en 1591,
ocupa la Silla Papal Inocencio IX, al que sucede Clemente
VIII en 1592, quién en 1596, después de
deliberaciones con los consejeros reales, promulga la
bula "Suscepti Muneris", en la que levantan
todas las prohibiciones relativas a la asistencia a festejos
de toros, tanta a seglares como a clérigos, quedando
solo vigente para frailes y mendicantes.
Tras estas opiniones de la influyente Iglesia Católica,
comienzan a aparecer antitaurinos, entre los que destaca
el padre Juan de Mariana ("De Spectaculis",
1609) A la vez aparecen apologistas como Juan García
Saavedra, Juan de Roa, Lope de Vega, Góngora y
Quevedo, que si bien alguno de ellos critica a veces el
espectáculo, lo hacen como censores que pretenden
que no se degrade el mismo.
El siglo XVIII está más
nutrido de antitaurinos, figurando en el grupo intelectuales
como el Padre Sarmiento, el Padre Feijoo, Torres Villarroel,
Clavijo y Fajardo, Jovellanos, Meléndez Valdés
,
mientras Nicolás Fernández de Moratín
aparece como defensor y estudioso de un espectáculo
que está demostrando durante varios siglos que
atrae la atención de todos, que ante él
nadie se queda indiferente, y que empieza a ser estudiado
en profundidad para determinar su importancia.
Las críticas no son solo de índole
religiosa o de sensibilidad, sino que entran también
en juego estudios agrícolas y ganaderos, a la vez
que se defiende la aportación que la Fiesta siempre
ha prestado al mantenimiento de hospitales, casas de asilo,
ayuda a damnificados por desastres naturales, etc. Es
ensalzada también por la aportación al gozo
y disfrute de la sociedad, que necesita de divertimento
para sus ratos de ocio, con lo cual se evita otra serie
de males, vicios y corrupciones.
A la vez que se critica la Fiesta, ésta se va adecuando
a los tiempos, comprendiendo que muchas de sus estructuras
deben ser cambiadas. La Corrida se va distinguiendo cada
vez más de las novilladas o festejos menores; comienzan
a desaparecer algunas de las vejaciones que se infringían
a las reses, y estas van siendo seleccionadas de manera
que sean fieras (bravas) de por sí, sin que tengan
que aparecer los desagradables perros que las muerden
u azuzan, ni público que les lance dardos y diversos
arpones que provocan en ellas el miedo, el movimiento
violento.
Al comienzo del siglo XIX la Fiesta es
sometida a una unánime crítica de la que
apenas se defiende con las voces de Santos López
Pelegrín "Abenamar" y A. Capmany (Cossío,
tomo II, pág. 86-181) Un importante Vargas Ponce,
realiza un estudio profundo de la Fiesta y sus orígenes,
y concluye con una crítica muy dura hacia ella.
Larra, Fernán Caballero, Carolina Coronado
,
eran todos contrarios a la Fiesta. Los "Krausistas"
abogan por una europeización de España,
y requieren un programa de reformas en el que se destierre
aquello que nos diferencia y se acepte una concepción
racional del mundo en la que exista más humanismo
y se busque más la cultura.
La Fiesta estaba en el punto de mira de
los intelectuales, y a pesar de las críticas tan
duras que recibía, fue analizada con objetividad
y dentro de las circunstancias e identidad particulares
de nuestro pueblo. Reformadores y tradicionalistas esgrimen
sus opiniones sobre la Fiesta, que es considerada por
todos como una piedra angular de nuestra cultura: unos
pretenden defenderla, otros anularla. Los "krausistas"
necesitan reformas, por lo que todo lo tradicional debe
ser revisado.
Menéndez Pelayo defiende la tradición
como algo fundamental de nuestro ser, mientras que es
contestado por G. Azcárate, krausista, quién
pretende imponer una España nueva, reformada, en
la que no caben tradiciones particulares. No admiten la
legitimidad de nuestra Corrida; las formas de legitimidad
son tres, según Max Weber: tradicional, carismática
y racional; al menos la legitimidad por tradicional y
por carismática no se le puede negar a nuestra
Fiesta. Y la Fiesta es el pim, pam, pum que recibe los
golpes de la controversia de las dos españas que
se enfrentan.
Nos metemos ya en el final del siglo XIX, tras haber asistido
a una verdadera persecución de la Fiesta, motivada
sin duda por la importancia que ésta tenía
para nuestros antepasados. El vigor con que la Fiesta
había enraizado en nuestra sociedad supuso un anclaje
suficiente para resistir los embates de los críticos,
y ella misma se defendió mejorando su estructura,
adecuando sus formas, y mostrándose hacia el exterior
gracias a los escritores de historiadores y tratadistas
que supieron explicar una tan peculiar forma de expresión
de nuestra cultura.
Grandes escritores, periodistas y pintores,
tanto españoles como extranjeros, explicaron en
sus obras qué era la Fiesta Nacional, lo que propició
un estudio profundo de la misma por parte de toda la intelectualidad
significada, en el que se aplicó los principios
filosóficos que contemplaban no solo el "yo",
sino también sus circunstancias.
Antes de entrar en las opiniones de las generaciones del
98 y del 27, debemos recordar los abatares por los que
ha discurrido nuestra Fiesta Nacional a lo largo de los
últimos diez siglos, las críticas tan duras
que sufrió durante los últimos cuatro y
los esfuerzos que sus apologistas han hecho para defenderla.
Toda esta trayectoria ha sido posible por que la Fiesta
posee unas características determinantes que responden
a las cualidades de una sociedad que la admira y respeta,
y que sabe contestar a los que no gustan de ella con argumentos
convincentes.
Pero en adelante debemos estar alerta
para adecuar nuestra Fiesta a los cambios que la sociedad
demanda. Cuando a principios del siglo XX, la sociedad
representada por los intelectuales del 98 exigía
un espectáculo menos cruento, y denostaba el existente
por exceso de dureza, la Fiesta supo adaptarse a los tiempos
e impuso la obligatoriedad del uso de los petos protectores
para los caballos (1928), liberándose de una innecesaria
crueldad que no podía ser admitida por la sensibilidad
que se había alcanzado.
Algunos catastrofistas pronosticaron el
fin de los toros tras esa imposición, pero es presumible
que el fin hubiera devenido de no adoptarse esa medida.
Sin embargo, una adecuación demasiado "humanizada"
de la lidia, podría llevarnos a un descolorido
panorama en el que, al desaparecer el riesgo, solo veríamos
la cruenta realidad de un ser vivo admirado y querido,
el toro, que es castigado sin que se produzca el drama
que es intrínseco al rito.
Es necesario conservar y defender un espectáculo
tan genuino y ligado a nuestra España; es obligatorio
enarbolar en su loa la gran carga cultural y sociológica
que ha derramado durante tantos siglos, pero es obligatorio,
también, el que se defiendan los valores íntegros,
y no esa Fiesta desposeída de su esencia. Decía
Pérez de Ayala en una entrevista que le realizó
Miguel Fernández ("Ramón Pérez
de Ayala, Juan Belmonte y los toros", Madrid, 1967)
en 1967: "Los toros son un arte y un drama. Ahora
son menos drama, menos peligrosos. Ni toreros ni caballo
tienen tanto peligro. El menor riesgo ha restado calidad
a la Fiesta, indudablemente; no se puede admitir el toreo
sin peligro".
Está claro que, al desaparecer
uno de los ingredientes básicos de la razón
de ser de la tauromaquia, el drama (el riesgo), no tiene
sentido el sacrificio, la muerte indubitable del toro
domesticado.
Dice Pérez de Ayala en, "Política
y toros": "Si se aboliese la certidumbre
del que el torero puede ser herido, la Fiesta se convertiría
en un simulacro, para ejecutarlo en un tablado de baile
flamenco".
Ortega y Gasset dijo: "Toda evolución
humana muere en el etilismo
El arte taurino, irremisiblemente,
está en la agonía por que desde hace un
cuarto de siglo entró en la zona etérea,
remilgada y aniquiladora del estilismo".
Cossío, D. José Mª,
dijo en "El Ruedo" (nº 1.390, de 9-II-71):
"Es peligroso para la Fiesta quitarle peligrosidad
y riesgo, por que la corrida, aparte del arte, supone
el dominio del toro. Si no hay nada que dominar, no hay,
por lo tanto, corrida de toros
Por lo tanto, todo
lo que sea quitar defensas al toro es un fraude para el
espectador".
La Generación del 27 ya había
digerido los fracasos de nuestras relaciones internaciones
de finales del XIX y se había enrocado en la defensa
de la legitimidad de nuestras tradiciones más representativas.
La Corrida discurre por esa sociedad que busca su nueva
identidad y encuentra en su contemplación y estudio
un gran sosiego que determina la especificad de sus cualidades
más destacadas.
José Ortega y Gasset dice entonces
que la historia de la sociedad española debe contemplar
el transcurrir de la Fiesta para ser comprendida, pues
ésta, la Fiesta, ha seguido un caminar parejo a
aquella, la sociedad.
Cuando se somete al juicio de los intelectuales
de la Generación del 27 la importancia de la Fiesta,
es casi unánime la aceptación de la misma,
incluso muchos de los más relevantes estudiosos
son asiduos a los festejos y los defienden con encono.
Las Artes todas, la Pintura, la Música,
la Escultura, la Danza; la Literatura, el Cine y la Lengua,
se impregnaban de las características más
representativas de nuestra Fiesta. El Mundo del Toro estaba
presente en todas las actividades de la sociedad y eran
29 las revistas taurinas que se publicaban a finales del
siglo XIX, amén de que en la mayoría de
los periódicos de información general se
daba muchas referencias sobre el devenir de la Fiesta.
Y la sociedad sigue evolucionando, y las
aficiones van cambiando en el tiempo; el mismo aficionado
a los Toros cambia sus hábitos y costumbre y deja
de asistir a algunos festejos por cumplir con los traslados
de fin de semana que la sociedad actual del turismo, el
coche y el campo o la playa le ofrece. Y el torero es
cada vez menos representativo de nuestra ancestral Fiesta;
ya no se viste con "chulería", ni anda
con orgullo, ni se entrega a su profesión con el
respeto que lo hacían sus antecesores. Y ya la
Iglesia no se preocupa de la Fiesta pues apenas se arriesga
la vida en ella; y todo pierde parte de su sentido, de
su "por qué".
Ya no hay discusiones sobre qué
torero es mejor o peor, pues se ha obviado la competitividad;
los más destacados quedan exentos de enfrentamiento
entre sí. El toro se ha vuelto "artista"
(¡que enajenación!) y no quiere cornear,
sino seguir dócil la muleta y no dar una cornada
al aire. ¿Y a eso debemos seguir llamándole
nuestra Fiesta?
Tras lo expresado anteriormente, debemos concluir con
que sí merece la pena defender nuestra Fiesta como
parte importantísima de nuestra cultura, pero que
hemos de intentar preservarla de la laxitud y el acomodo
por el que se desvirtualizaría y perdería
su esencia.
Como también hemos apuntado: La
Fiesta solo sucumbirá por la negligencia e inoperancia
de los propios taurinos. Ahí apuntamos nosotros
el posible desastre, aunque a pesar de ello se seguiría
por varios siglos estudiando, filosofando, pintando, esculpiendo,
haciendo danza y música de algo tan maravilloso
que ha formado parte, y formará siempre, de nuestra
más genuina idiosincrasia.
Pedro Luis Moreno. Madrid, diciembre
del 2005.
|