EL OSCURO PORVENIR DE PERICO CAPEA

No han podido “tapar” el desastre de Méjico

Alfonso Navalón

Pese a los descarados esfuerzos de los críticos vendidos echándole la culpa al ganado ( o así) del fracaso de los dos Capeas en la pantomima de reaparición del uno la confirmación del otro. Los hechos son tan aplastantes que todo el mundo tiene ya conciencia del petardo y de la indignación del hospitalario público ante la burla de quererlos sorprender con una becerrada indecorosa, inválida y descaradamente despitorrada. Hasta las crónicas más benevolentes, han reseñado después de disculpar y justificación de la “mala suerte”, frases tan significativas como estas: “Almohadillas y Abandono”. La presencia del último tampoco agradó. Llegó la bronca al juez y este lo mandó a los corrales. En su lugar salió uno de aceptable presencia que dio regular juego. La afición le pasó factura al hispano. Se pusieron duros con él y no permitieron nada. A las primeras tandas con la muleta, el público abandonó los tendidos, lanzando almohadillas en señal de protesta.

El público acabó convencido que hubo trampa en el sorteo y tanto el padre como Armillita le dejaron los dos más chicos al más joven del cartel. Pero se pasaron de la raya y manipularon la corridita confiando en la tradicional tolerancia del público. Tan descarados fueron queriendo favorecer a Perico que no pudo lidiar ninguno de los dos becerrotes que le prepararon.

Es inconcebible que el primero chivo fuera protestado y se armó el escándalo nada más pisar el ruedo. El público no suele reaccionar nada más empezar la corrida y menos tratándose de la alternativa de un torero nuevo y sin historia. El público exige a las figuras y es generoso con los novatos. Pero la manipulación era tan burda y tan descarada que inmediatamente surgió la bronca, el escándalo y lo que es más grave… ¡las almohadillas! Algo muy raro en Méjico donde se respeta mucho a los toreros y no tiran almohadillas.

Han querido algunos justificar al padre, alegando que estaba en forma, había adelgazado y salía con poderío y mucho sitio. En una de las crónicas que nos llegan “ sin marea” se dice todo lo contrario: El Niño de la Capea salió gordo, estallando el traje de luces y cuando quiso hacer un esfuerzo con los inválidos parados y sin poder embestir, el supuesto ídolo de hace años, se asfixiaba, tenía la cara congestionada y el supuesto “arrimón” sólo fue un amago de encimismo ante un animal sin pitones que no se tenía en pie”.

El fracaso empezó por la indiferencia hacia el cartel. El chaval del Capea en sus cinco tardes anteriores no había demostrado más que vulgaridad y desatino con la espada por su falta de decisión. Algunos cronistas se han atrevido a decir que hubo treinta mil espectadores (media plaza) y la verdad es que sólo se llenó un tercio. Sólo catorce mil espectadores según el independiente Pepe Mata. Por más que lo han intentado no han podido disimular el ruidoso fracaso. Tanto el padre como el hijo han merecido el desprecio unánime de la afición mejicana. Sobre todo por pasarse de listos con la mierda de corrida que presentaron y el sorteo amañado para favorecer a Perico. Fueron por lana y volvieron trasquilados.

¿Qué pasará en España?

Si Perico Capea tiene aspiraciones deberá empezar en Castellón y Valencia, donde puede salvarse ante dos públicos facilotes. Pero, ¿qué dirán en Sevilla ante ese estilote gañán? Puede haber guasa y rechiflas a mansalva.

Luego tendrá que ir a San Isidro, los veterinarios le van a exigir el toro normal que sale para todos. Si logra anunciarse con una corrida borrega y facilota la respuesta del público será dura. Si no sale airoso de esas pruebas su futuro es corto por mucha habilidad que tengan los Lozano. Y si no hay triunfo no hay dinero ni contratos en plazas importantes. No puede haber milagros. Si en más de diez años ha toreado miles de vacas y cientos de sementales, matando toros a puerta cerrada, no ha logrado aprender a torear, será muy difícil que en los tres meses que faltan para empezar la temporada pueda asimilar todo lo que le falta para parecerse a un torero.

    

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