| Ruidoso
fracaso con un cuarto de plata, broncas y almohadillas
La indecente presencia del ganado
irritó al público
Alfonso Navalón
En la madrugrada del domingo quisimos
averiguar lo que pasó con la reaparición
de El Capea en Méjico y la confirmación
de Periquito. Digo “averiguar” porque entre
dos mercenarios radiofónicos tan descarados como
El Fenicio y Pedro Javier Cáceres no logramos ninguna
información sobre el doble fracaso del padre y
del hijo, pero no pudieron ocultar que era mentira lo
de la expectación despertada por el supuesto ídolo
Gutiérrez porque sólo hicieron bulto en
los tendidos un tercio de aforo, no pudieron ocultar la
indecente presencia del ganado, con dos toros devueltos
y constantes broncas y almohadillas por la falta de presencia
y la exagerada ausencia de fuerza.
No pudieron ocultar (ni El Fenicio ni
Cáceres) que el padre y el hijo dieron un sainete
con la espada y no hubo más ovaciones que las de
bienvenida y la pantomima de alternativa.
Después de una avasalladora campaña
de propaganda por parte del padre del torerín,
los lameculos de la prensa taurina española llevaban
un mes delirando sobre la tremenda expectación
y calificando esta verbena como un acontecimiento histórico.
Llevaban ocultando los fracasos del chaval, atribuyéndolos
a fallos con la espada y lanzando por Internet entrevistas
y publicidad descaradas. Sobre el enorme impacto causado
por Periquito entre la afición azteca. ¡Puta
mentira todo!
A la hora de la verdad un tercio de plaza
demuestra que los mexicanos no son tan tonos como pensaba
Pedro Gutiérrez Moya, ni puñetero interés
que había por verlo reaparecer, ni por la vulgaridad
del hijo.
No le pueden echar la culpa a nadie de
tan aplastante fracaso. Los toros fueron elegidos por
El Capea. Él y su hijo llevaban dos meses viviendo
dentro de la ganadería y viendo los toros escogidos
a toda hora. Ellos son los responsables del escándalo
que se ha formado.
Cuando una corrida va mal presentada a
una plaza, el escándalo surge en el tercer toro.
Antes no da tiempo a que la gente se encabrone. Cómo
sería el primer gato que asomó por chiqueros
para que se llenara el ruedo de almohadillas con una bronca
de órdago y no dejaran al torerín (estrecho
de pecho y ancho de culo hacerse la foto de la alternativa).
¡Cuántas veces los meterían en el
mueco para que salieran al ruedo sin tenerse en pie!
Daba vergüenza escuchar a Molés
y a Cáceres, echando la culpa al ganado y lamentándose
del gran coraje de El Capea y la decisión de su
hijo que si no hubiera sido “por la mala suerte
con la espada habría logrado un gran triunfo”.
¡Qué par de caraduras!
Lo que nadie puede ocultar es que han
pegado dos petardos inapelables y hubo un claro fracaso
de público. Que ni El Capea ha sido figura ni el
hijo lo puede ser. Que deje de contar mentiras y vamos
a ver lo que pasa en San Isidro.
Lo demás son cuentos y poca vergüenza.
Los mejicanos no se han dejado timar por el caradura de
Gutiérrez Moya.
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