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una semana han cortado dos
Hace un cuarto de siglo que no
se concede uno en Madrid.
Alfonso Navalón
Algunos toreros españoles alardean
de haber cortado un rabo en la mayor plaza del mundo como
si eso fuera una consagración histórica.
Lo malo es que la realidad es bien distinta. Cortar el
máximo trofeo en la capital azteca casi está
al alcance de cualquiera. Tan fácil que en una
semana dos toreros de segunda fila lo han logrado y según
las crónicas esas faenas no pasarán a la
antología del toreo.
Una porque se concedió “en
un ambiente festivo” y la otra en un arrebato patriotero.
Nuestro macizo y majete Manolo Caballero lleva varias
temporadas oscuras, colocado en los carteles por el poder
de los empresarios de Madrid. Pero sin la firmeza y el
poderío de hace años. Lo que pasa es que
los “manitos” se calientan con mucha facilidad
y empiezan a jalear las faenas sin fijarse demasiado en
los méritos del torero y mucho menos en la seriedad
del toro que allí tiene menos trapío que
una novillada de Logroño.
La mejor prueba del bajo nivel del toreo
mejicano es que hace ya muchísimos años
que ninguno es capaz de mantener su rango de figura en
España. Manolo Martínez fue el último
que llegó con vitola de gran ídolo, en nuestros
ruedos cosechó numerosos petardos y ningún
triunfo relevante. Lo apoderada el todopoderoso Manolo
Chopera y salió muy cuidado en los carteles de
figuras. Pero no aguantó el ritmo de aquí
y rápidamente los aficionados entendidos y los
críticos serios censuraron la larga duración
de sus faenas, su monotonía y el tamaño
exagerado del capote y sobre todo de la muleta. Manolo
“Telones” lo llamaban y fue el que inventó
las varillas metálicas entre los forros para citar
siempre con ventajas.
Lo de Capea
Cuando hace más de veinte años
estaba en racha de éxitos, volvió a España
con la aureola de haber cortado un rabo en Méjico
y los cronistas vendidos cantaron la faena como algo grandioso.
Incluso el pobre Zabala llegó a pontificar que
Capea había aprendido el secreto del temple con
la embestida docilota del torito mejicano.
Tremenda necedad la suya porque para resaltar
los méritos de El Capea bastaba con señalar
su casta, su pundonor, su rabia de triunfo y su listeza
delante de los toros. El Sr. Gutiérrez fue un avispado
profesional con un valor contrastado y muchos recursos
para sacarle pases a casi todos los toros. Pero el temple,
la torería, el arte, el empaque y la hondura del
sentimiento son los verdaderos atributos de las grandes
figuras. Y todo eso no lo tenía Capea que pasará
a la historia como un pundonoroso torero de ferias. Tenía
habilidad, ratonerías y así ha pasado a
la historia: Como el rey del zapatillazo.
Cuando al cabo de los años vi disecada
la cabeza del toro al que le cortó el rabo en la
Méjico y las fotos de la faena quédeme perplejo
por la insignificancia del animal, sus mínimos
pitoncillos brochos y gachos y no pude menos de decirle:
“Este gato no para el reconocimiento ni en Citruénigo….”
Me contestó que allí no se le da tanta importancia
al toro, que lo que les emociona es “ver torear”.
Después hemos visto el vídeo de la faena,
con la que no hubiera cortado más que una oreja
en Salamanca (pongo por plaza facilota) porque hubo desarmes,
enganchones y muchísimo movimiento. A poco que
se esfuerce en la reaparición podrá cortar
otro rabo ahora. No olvidemos que el máximo galardón
no tiene ya ninguna resonancia histórica. Es tan
fácil cortar un rabo allí que en la historia
de la plaza van ya nada menos que ¡117! rabos cortados
y en Las Ventas de Madrid con mucha más antigüedad
no creo que lleguen a media docena.
La bronca del rabo de Palomo
El único rabo que he visto cortar
en Madrid fue más o menos hace 25 años y
Palomo Linares a partir de aquel día tuvo que soportar
muchas broncas por el escándalo que supuso aquella
hábil maniobra de los Lozano y la desvergüenza
del presidente Pangua que recibió medio millón
de pesetas por cometer semejante infamia.
Aquella noche pasé la prueba más
dura de historial crítico. Palomo era un invento
del diario “Pueblo” donde yo escribía
y Emilio Romero sentía adoración por este
torero. Terminé la crónica reflejando la
ilegalidad del trofeo porque no se cumplían ninguno
de los requisitos exigidos por el reglamento para conceder
ni la segunda oreja. Más de dos horas anduvo la
crónica de despacho en despacho porque nadie se
atrevía a publicarla sin censura o modificando
párrafos enteros. Por fin Emilio Romero decidió
que se publicara íntegra. En compensación
sacó en primera página una gran foto de
Palomo saliendo en hombros con el polémico rabo.
El presidente fue destituido
No creo que en la historia del periodismo
taurino haya ninguna crónica con más impacto
que tuvo aquella. Palomo en un ataque de rabia al sentir
las fuertes protestas se dirigió a mi localidad
enarbolando el despojo para echarme al público
encima y estuvo allí echando un discurso condenatorio.
Sus partidarios me dedicaron una sonora pita pero acto
seguido los aficionados me alentaron con una ovación
que ponía los pelos de punta. Y servidor sin comerlo
ni beberlo (sin haber escrito todavía la crónica)
parecía el protagonista de la tarde. Al día
siguiente en varias localidades de grada y en la famosa
andanada del ocho lucían crespones negros por la
seriedad perdida en una plaza tan rigurosa. Al terminar
la corrida me sacaron en hombros en reconocimiento a ser
el único que se había atrevido a denunciar
el atropello de la tarde anterior.
Pero lo más sonado de aquel rabo
es que el Ministerio del Interior ordenó la destitución
del Presidente Pangua. Era algo insólito que en
pleno franquismo se castigara tan rotundamente a un comisario
de Policía. De aquella Policía donde otra
tarde en un mano a mano entre Antonio José Galán
y Ruiz Miguel, otro presidente fascista me increpó
violentamente: “Si esto lo escribe usted hace veinte
años le pego cuatro tiros”. Fue otra tarde
vergonzosa donde al resultar heridos los dos matadores
tuvo que salir el pobre sobresaliente que era un taxista
varios años retirado de novillero sin fortuna.
La plaza entera clamaba por suspender la corrida porque
se presentía la tragedia. El sobresaliente resultó
dramáticamente herido con varias cogidas espeluznantes.
El presidente que quería pegarme cuatro tiros se
apellidaba García Valiño y pertenecía
a esa casta inhumana donde la vida de un hombre no valía
nada frente al poder del autoritarismo.
O sea, que el famoso rabo de Palomo hace
veinticinco años quedó inmediatamente invalidado
y lejos de favorecer su carrera, resultó un verdadero
calvario y le costaba mucho más trabajo cortar
una oreja hasta en las plazas más facilotas. Desde
aquel día la plaza de Madrid fue su cruz.
Como sospecho que en Méjico se
está organizando un verdadero complot para que
la reaparición de Capea y la presentación
del niño sea una verbena, como hay un exagerado
despliegue publicitarios y ya se sabe que la corridita
es muy chica y con los pitones amañados doy la
voz de alarma ante la carnavalada que se avecina. Puede
que El Capea padre le eche temperamento y salga airoso
pero su hijo es lo menos parecido a un presunta figura.
Su gabinete de propaganda (1) ha difundido 20 fotos de
su tarde más afortunada en Méjico. ¡No
hay ni una buena!
Como resumen destacamos la faceta de exigencia
y seriedad de una plaza donde se han cortado ¡117
rabos! Dos en tan sólo una semana por dos toreros
del montón.
¿Por qué los dos Capeas
no han organizado este show en San Isidro?
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