Rosa J.C.

El que dice la verdad


Hace poco me dijeron que en Cuéntame (sí, esa serie con ciertos tintes de nostalgia de la dictadura) hablaban de Navalón en estos términos: "Aquí sólo dicen la verdad Le Monde y Navalón". Me reconfortó pero al tiempo me duele que se tenga que ir para que llegue el reconocimiento.

El miércoles a las ocho en Manuel Becerra estaré con el senador Arévalo, Alberto Estella y Moisés para recordarlo. Al menos la Universidad cae en la cuenta de quién fue el mejor maestro que nunca tuve.

Por momentos quiero hacer como si todo esto no hubiera pasado. No entra en la cabeza que alguien con quien has compartido tanto desaparezca en cuestión de tres semanas.

Cuando quieres retomar tu sonrisa habitual cada noche al apagar la luz te da la congoja del 'dónde estará', del 'no somos nadie' o 'por qué tan pronto'. Ahora que celebran que su libro sea el más vendido del año entre los de temática taurina, me invade una sensación entre el desasosiego y la satisfacción.

El desasosiego porque ya no podrá presumir y pasear de la Plaza Mayor a la Casa de las Conchas pavoneándose como era él.

Satisfacción porque cuando aparecí en El Berrocal con mi fotocopia del antiguo libro como un tesoro me puso: "Cuando se publicó este libro tú no habías nacido. Ahora podrías ser quien lo rescatase del olvido. Mientras tanto piensa cosas que sólo sabemos tú y yo". Corría el año 2000.

Este San Isidro, una tarde me sorprendió con un regalo y media sonrisa: "Me lo ha dado esta mañana Quico, el editor, este es tuyo". Dentro ponía: "Tú bien sabes que este libro está aquí gracias a ti".

Sólo me queda este recuerdo físico de Alfonso. Los otros se amontonan en mi cabeza ahora que trato de ordenarlos para regalarle una bonita flor que arrojar al ruedo cuando recoja aplausos en los anillos del cielo.

   

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