El calvario de ser decente

La lucha heroica de Rosa Jiménez

Alfonso Navalón

El panorama del periodismo taurino es descorazonador. Después de tantos años de soportar a los cronistas corruptos era de esperar que las nuevas generaciones pretendieran dignificarse profesión, servir a la verdad y luchar en defensa del público y la decencia del espectáculo.

Pero van saliendo hornadas de jóvenes profesionales y casi todos siguen la línea pesebrera de Molés, El Palabrero o Pedro J. Cáceres. Lo fácil es endulzar las crónicas, tapar los defectos, resaltar lo poco positivo que pasa en la plaza y aparte de esta actitud camaleónica, ni se les pasa por la cabeza denunciar los fraudes, las trampas de los toreros o los constantes atropellos al reglamento: su lema es tragar y callar.

Piensan que la mayor defensa de su sueldo es “contemporizar”, llevarse bien con los toreros, los empresarios y no molestar con censuras, resaltar los defectos o aconsejar la buena técnica y la bravura o el poder que debe tener un toro.

Da pena ver las informaciones y las conductas de los periodistas jóvenes que prefieren acercarse al halago del torero o los pases de favor de un empresario que contar la verdad de lo que han visto en la plaza.

Rosa Jiménez es una de las escasas excepciones que llega a la crítica taurina libre de ataduras y dispuesta a cantarle las verdades del barquero al lucero del Alba. Viene de una buena casta de aficionados. Su abuelo, sus tíos y sus padres son los que primero le inculcaron el respeto al toro bravo y a la buena técnica de los toreros. Cuando Rosa llegó a la facultad de Ciencias de la Información ya era una aficionada con profundos conocimientos de la Fiesta y cuando empieza a escribir eligió la defensa del público, antes que someterse a la corte de aduladores que viven a la sombra de los que engañan al que saca la entrada.

Rosa lo ha tenido muy claro desde que empezó a escribir. Se ha marcado una línea y no cede aunque le vengan mal dadas. Se ha movido en el feudo de Moncholi que navega discretamente y procura contemporizar. Rosa se hace respetar y no tolera servidumbres. Cuando la invité a escribir en “Tribuna” ya tenía un sólido prestigio entre los aficionados contestatarios de Madrid justa fama de valiente para decir todo muy claro, moleste a quien moleste. Ha logrado que bastantes de sus enemigos acaben aceptándola como es.

Nos dio mucho juego y para ella fue una ilusión estar en el suplemento de toros más respetado por la afición y más temido por los vividores del toro. Cuando temporalmente me separé de “Tribuna” ella siguió en la brecha a pesar de que algunos le ponían piedras en su camino. Pero cuando contrataron a José Antonio del Moral, se marchó del periódico: “Soy muy joven para corromperme, ni para escribir al lado de los que no sienten los toros como yo”. Como no necesita un salario para vivir prefiere escribir gratis a mezclarse con malas compañías. Un año después, tuvo el hermoso gesto de solidaridad marchándose del periódico el mismo día que yo dejé de escribir.

Naturalmente no tiene sitio en casi ningún medio donde la servidumbre de los intereses aborta la libertad de expresión. No sé a qué esperan los directores y los gerentes de los medios para no darse cuenta que la independencia es mucho más rentable que distorsionar la verdad. No recuerdan la hermosa aventura del viejo “Informaciones” que en abril tiraba 7.000 ejemplares y en noviembre del mismo año pasó de los 50.000.

No recuerdan que un director tan avispado como Emilio Romero prefirió perder los cuatro millones de publicidad de los toreros y contratarme para cambiar el incensario por escribir las cosas claras. Por todos los periódicos fui echando a los corruptos y a los trincones. Y se notaba en las ventas. Alguna vez los directores tendrán que caer del burro y contar las cosas como son: Ese día harán falta críticos independientes, de probada rectitud. Muerto Joaquín Vidal apenas quedan cronistas de esa especie. Y esa será la hora que se acuerden de Rosa Jiménez para poner las cosas en su sitio.

Mientras tanto aguanta puñaladas y zancadillas. Pero sigue en la brecha. Hace poco quisieron llevarla a la sección taurina de Radio Nacional pero como todavía manda algo el corrupto de Fernández Román, la rechazó de plano porque: “Esa chica está en la línea de Navalón” y ella contestó: “Prefiero estar en la línea de Navalón que en la suya”.

Este es el tributo que debe pagar la decencia de un oficio tan desprestigiado ahora. A mi me resultó muy fácil llegar y triunfar porque el público estaba harto de mentiras. Ahora personas como Rosa están pasando un calvario porque las manos que deberían abrir las puertas están vendidas al adjetivo pagado, pero no tardará en llegar su hora.


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