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'Somos Lirios, somos rosas, somos lindas
mariposas...'
Alfonso Navalón. publicado
en Tribuna en el 2002
Le hubiera gustado ser la maja vestida
de Goya y ponerse una bata de faralaes y una peineta con
mantilla de blonda para irse en un coche de caballos a
ver los toros a la Real Maestranza. Pero la genética
lo traicionó y nació mocito y serrano en
las cercanías de Madrid. Además tenía
aspecto de berebere, morenazo, con labios carnosos y nada
esbelto.
Quiso ser arquitecto y estuvo diez o doce
años en un Colegio Mayor de Madrid, tratando infructuosamente
de aprobar el examen de ingreso. Pero ya digo que tenía
problemas con la regla y una profesión donde los
del cartabón y la escuadra son fundamentales, no
iba a admitirlo sin tener ni siquiera la regla. Así
que asumió su frustración alargando lo indecible
su supuesta vida estudiantil más que nada por el
goce de convivir con apuestos jovencitos del Colegio Mayor.
Dada su filiación falangista consiguió
que lo nombraran 'jefe de estudios', invocando el nombre
de José Antonio y gracias al amparo del Sindicato
Español Universitario se buscó ese modus
vivendi que le valía cama y comida. Y así
se fue haciendo mozo viejo y quedándose paulatinamente
calvo, al tiempo que echaba una oronda barriguita y se
hacía ostensiblemente ancho de caderas. Lo de las
caderas y el culote sandunguero no le preocupaba mayormente.
Lo que la sacaba de quicio era la calvicie porque no podría
cumplir el sueño de su vida de ir con peineta a
La Real Maestranza de Sevilla.
A todo esto el personal no barruntaba
que perdía aceite por un tubo. Era discreto, no
daba escándalos y si pasaba algo, de puertas adentro,
no había motivos para habladurías. Eso sí,
cada vez que veía torear a Antonio Ordóñez
se le abrían las carnes. Pero ya digo que era de
origen pueblerino y no le resultaba fácil entrar
en la corte de adoradores del ídolo rondeño.
Así que fundó una peña taurina universitaria
dentro del Colegio Mayor y organizó conferencias
a tutiplén que era una astuta forma de justificar
intelectualmente su mínimo salario como 'jefe de
estudios'. Por la tribuna de aquel colegio desfiló
la flor y nata de la crítica taurina de Madrid.
Invariablemente, al final de todos los
actos se proyectaba un vídeo con las faenas más
gloriosas de Antonio Ordóñez y así
el mocito serrano de los labios morunos y el culo jacarandoso
fue ganando prestigio como aficionado serio, cuando la
gente poco entendida era de El Cordobés.
Pierden aceite...
Y como para escribir tampoco le exigían
la regla, y como hasta un pobre diablo como Vicente Zabala
juntaba palabras en periódicos importantes, se
lanzó a la aventura de hacerse cronista y así
tener más fácil el acceso al círculo
de íntimos de Antonio Ordóñez. Su
sueño era verlo vestirse de torero. Y sobre todo
desnudarse. Así que, con el pan seguro en el colegio
se lió a escribir de gratis en revistillas y hablar
en emisoras de medio pelo para hacerse un hombre. Y mucha
política. Sin renunciar a sus principios ultraderechistas,
buscó cobijo junto a los ricos y los banqueros
y sobre todo a los sexualmente afines que suelen formar
una piña influyente.
¡Fijaos cómo están
ahora las televisiones!
Y empezó a ir a las ferias con
un gran sentido de trabajarse la hospitalidad y ahorrar
las facturas del hotel. Pacientemente se fue creando una
'red de paradores' privadísimos. En casi todas
las capitales encontraba a algún ambiguo adinerado
que le daba cobijo. En honor a la verdad hay que destacar
dos excepciones notables. En Bilbao recibió el
apoyo de una señora millonaria, esposa de un banquero
que para tenerla entretenida le regaló una ganadería
de origen Atanasio. Quede claro que el magnate del Bilbao-Vizcaya
está libre de toda sospecha en el terreno de los
equívocos viriles. Tampoco en Salamanca su 'posadero'
tiene nada que ver con las contracciones del esfínter.
Porque nuestro cronista pasa la feria en el palacete montaraz
del ganadero consorte más horrorosamente feo que
cabe imaginar. Con deciros que los niños de La
Fuente de San Esteban y de Martín del Río
huyen despavoridos cuando lo ven, ya podéis estar
seguros que no puede ser blanco de ningún atrevido
con puntillas.
La toalla de Ordóñez
Así llegó a la corte de
Antonio Ordóñez. Antes de seguir quiero
aclarar que fui íntimo de Antonio Ordóñez
y fuimos juntos a muchos sitios el último año
que estuvo retirado. Incluso viví varios días
en su finca de 'Valcargado'. Puedo aseguraros que era
un tío de arriba abajo. Pero como todos los artistas
tenía sus rarezas. Antonio sabía el atractivo
que ejercía hacia los maricones y le gustaba jugar
con ellos, darles celos, echarlos a reñir. Era
una corte de aristócratas, capitaneada por un marqués
de Valladolid y un conde navarro, amén de otro
prócer francés que le cabía la Torre
Eiffel por donde imagináis.
Cómo sería el pitorreo que
se traía Ordóñez con aquella pandilla
que hasta se llegó a mosquear su suegro el Dominguín
viejo, el torero de Quismondo, padre de la santa de Carmina,
la paciente esposa de Antonio y no menos paciente madre
de la Carmina actual. Lo llamó un día para
pedirle explicaciones. Ordóñez se partía
de risa ante las sospechas del suegro: "¿No
pensarás que soy mariquita?". Y el señor
Domingo Dominguín le contestó con una frase
que se hizo famosa en todo el toreo: "No serás
maricón, ¡pero te los pasas más cerca
que a los toros!"... Y a esta pandilla de adoradores
llegó con la moral recrecida el soñador
de crítico.
Le habían dado sitio entre aquel
jardín. Y vio hecho realidad el sueño de
su vida: ver desnudarse a su ídolo. Ordóñez,
que no aguantaba a nadie a su lado cuando se estaba vistiendo
de torero, en cambio disfrutaba sacándolos de quicio
cuando lo esperaban a la salida del baño. Antonio
salía solemnemente envuelto en una toalla y al
llegar a la silla donde tenía ordenada la ropa
de calle dejaba caer lentamente la toalla al suelo dejando
unos instantes su cuerpo faraónico cosido a cornadas
ante la atónita contemplación de sus más
fieles seguidores, que lo devoraban con los ojos. Un día
me dijo que si quería asistir al espectáculo.
"Tú que eres tan observador ni te puedes imaginar
lo que es eso".
Aquella tarde hizo un alarde en mi honor
para darle más suspense de lo normal. Aquella tarde
después de abandonar la toalla, en vez de empezar
a vestirse como siempre, se recreó dando un paseo
en pelotas hasta la mesilla para encender un cigarro.
Luego se sentó en la cama, charló con todos
de lo a gusto que había estado con el segundo de
la corrida y hasta se levantó para dibujar un natural
con sus vergüenzas al aire. Más silencio que
en misa. Aquello era algo indescriptible. Luego me dijo
que durante la temporada no usaba su coche para nada.
Unos días viajaba en el Mercedes de Ardales y otro
en el de La Unión. Ya podréis imaginaros
que el primero que llegaba a la habitación para
gozar con el numerito de la toalla era el frustrado arquitecto
que no aprobó porque no tenía la regla.
Los ojos de Ava Gadner
Retirado el rondeño, nuestro personajillo
se hizo seguidor de Paquirri, cuyo estilo era contrapuesto
al de su ídolo. Pero así estaba más
cerca de sus devociones. Luego pegó un 'rabotazo'
y se convirtió en protector y adorador de Fernando
Cepeda. Una noche en Sevilla, después de una buena
tarde del torero de las pestañas largas, se reunió
a cenar con otro cronista de ojos verdes y un concejal
de Madrid también rarito de andares. No comentaron
la faena de su torero como sería lógico.
Proclamaron en su delirio que Cepeda era único.
Que no se podía comparar con ningún otro
porque "tiene las piernas de Antonio Ordóñez
y los ojos de Ava Gadner"... A todo esto un malévolo
cronista taurino de Madrid, que antes había hecho
crítica de teatro en 'El Mundo', le dedicó
un artículo a nuestro personaje relacionando sus
'características personales' con su apasionada
forma de escribir sobre los toreros. Porque es curioso
que mientras se deshacía en alabanzas y piropos
con los diestros apuestos, mostrábase hiriente
y durísimo con los poco agraciados o de maneras
vulgares.
El cronista de 'El Mundo' le puso a nuestro
personaje (iba a escribir hombre! Huy!) el remoquete de
'La Lirio' y ya nadie volvió a mentarlo por su
nombre más moral. Se quedó con lo de La
Lirio para los restos.
Pero La Lirio se reía de todos
porque gracias a la protección de la millonaria
señora del poderoso banquero de Bilbao, consiguió
hacerse cronista de un importante periódico de
la capital vasca. Y se pegaba la vuelta a España
escribiendo crónicas en las ferias que eran de
su agrado. Y como es ingenioso y ya he dicho que se ahorraba
los hoteles y viajaba en coche ajeno casi siempre, al
cabo del año juntaba una fortunita.
Hace poco en Valencia un antiguo concejal
bilbaíno que es consejero de la plaza y al que
llaman 'Averías' fue con Manolo Chopera a ver a
Espartaco y se encontró a La Lirio desolado y sin
trabajo. Lo habían echado del periódico
y confesó que entre pitos y flautas se levantaba
¡seis millones! de pesetas todas las temporadas.
Lo que no ganaba el fenicio Molés en 'Pueblo',
ni el palabrero Fernández, en Radio Valladolid.
El caso es que esa forma de escribir de
La Lirio que tan pronto perdía los pantalones ante
la faena de un torero de su agrado como despotricaba contra
el público por concederle orejas a uno que no le
gustaba fue creando un clima de malestar entre la mayoría
de los lectores del periódico de Bilbao y los consejeros
empezaron a sopesar la conveniencia de quitarle la firma
y darle puerta. Además olvidó su debido
acatamiento a la señora millonaria y ganadera,
a cuyos toros, lejos de cantar con el obligado entusiasmo,
se atrevió incluso a sacarles defectos, olvidando
la mano que le daba el pan.
Reina por un día
La gota que colmó el vaso del malestar
de la empresa periodística fue su última
intervención en la fiesta de entrega de premios
taurinos del hotel Ercilla de Bilbao. Ahora La Lirio se
ha hecho seguidor de Enrique Ponce como torero excelso
y sin mácula. Se explica porque Enrique es un chaval
majete. Dudo mucho que Ponce haga el numerito de la toalla,
ni que tenga el sarcasmo de Antonio Ordóñez.
Pero La Lirio lo sigue con fidelidad perruna.
El caso es que don Agustín González
Bueno, como responsable del espectáculo (y sabe
Dios con qué intenciones) ofreció los micrófonos
a La Lirio. Así que viose allí con todo
Bilbao a sus pies, creyóse que era la reina de
la fiesta y empezó a desvariar en un discurso larguísimo
que tuvo la virtud de exasperar a todo el personal. Y
en vez de cortar a la vista de los pitos, murmullos y
abucheos, se desahogó censurando la falta de exigencia
y seriedad del público bilbaíno. Y allí
fue donde decidieron echarlo del periódico.
Personalmente gocé durante mucho
tiempo de su admiración, proclamándose lector
fervoroso de mis crónicas. Luego, como quiera que
atacaba a algunos de sus ídolos, mostróse
hostil hasta que armado de valor me declaró la
guerra abierta. Un día, en el hotel Colón
de Sevilla, nos enzarzamos en una agria discusión.
Y servidor con su natural prudencia cortó por lo
sano: "Mira, morala de la morería, la diferencia
entre nosotros es que yo veo a los toreros con los ojos
de la cara y tú los miras con el ojo del culo"...
Y rompimos relaciones hasta hoy.
Creo que ha sido una pérdida irreparable
para la literatura taurina. Un personaje así resultaba
de lo más vistoso en las ferias, aunque no se pudiera
poner peineta por la calvicie. Y ahora tendremos que llorar
su ausencia cantando la vieja copla marinera: "La
Lirio, La Lirio tiene/ tiene una pena La Lirio/ y se le
han puesto los ojos/ moraítos del martirio"...
Nota.- El personaje de esta historia
es imaginario, nada tiene que ver con la realidad.
--- FIN ---
Por cierto, que José Antonio del
Moral ha comenzado a hacer méritos ante vaya usted
a saber quién, poniendo a parir a la afición
de Madrid en su primera crónica de San Isidro 2002.
¡Y pensar que le conocí viéndole tocar
el pito -perdón, el silbato- en la andanada 8!
Saludos a todos, menos a uno, y que La
Fuerza os acompañe.
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