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El triunfalismo y la tolerancia
son ya un escándalo
Alfonso Navalón
Cuando las barbas de tu vecino veas pelar…
Si no fuera porque el reglamento marca unos mínimos
de peso, edad y trapío, en España estaríamos
ya lo mismo que en Méjico. Han hecho todo lo posible
por quitar la exigencia y echar de las plazas a los entendidos
de toda la vida para que sólo vaya el público
fiestero que se siente con derecho a pedir orejas a mansalva
y pitar a presidente cuando no las concede. En España
se sigue respetando la apariencia del toro, aunque se
afeitan casi todos pero han formado un contubernio entre
empresarios, figuritas y ganaderos para quitar la casta
y la fuerza, convirtiéndolo en un semoviente bobalicón.
La diferencia es que aquí gran
parte de la afición se ha plantado y va sólo
a los espectáculos que puedan tener algún
interés. Las figuras ya no interesan. Ahí
tenemos el caso sangrante del ridículo de Ponce
en la feria de Trujillo, la zona más ganadera de
Cáceres y con mucha afición. Iba arropado
por el circense Ferrari que tiene todavía un tirón
pueblerino y con la alternativa de un torero local. Sólo
seiscientas personas acudieron a la plaza. A cualquier
figura le daría vergüenza hacer el paseíllo
en una plaza vacía. Ahora ya no quedan figuras
ni vergüenza.
Lo de Méjico es muy grave y con
estos abusos acabaran enterrando la fiesta en el país
donde se ha vivido con más pasión. No fue
lo malo el descaro de El Capea, lo peor es que a lo ocho
días para darle gusto a la despedida de Armillita
y a Ponce echaron unos becerrotes todavía más
impresentables que los del caradura de Gutiérrez
Moya y esta vez el público volvió a enfadarse
de verdad, rechazando cuatro de los animalejos que pretendían
lidiar. Lo malo es que los sinvergüenzas de la prensa
taurina han reaccionado echándole la culpa al presidente
Balderas, alegando que cuando un “toro” ha
sido aprobado en el reconocimiento no puede devolverse.
Para ellos no cuenta el público, las protestas
y el escándalo de las almohadillas. ¡Hay
que tragarse el becerro afeitado!
Menos mal que cronistas aislados como
Pepe Mata han explicado muy claro lo que marca el reglamento
cuando el presidente tiene la obligación de darle
la razón al público en casos de protestas
por ganado impresentable. “A petición de
la mayoría del público, rechazará
el toro que se está lidiando”. Es de los
pocos que ha defendido la actitud del presidente al devolver
los novillejos. Y añade: “El público
decidió recuperar su espectáculo y por eso
exigió respeto en todos los órdenes. Ya
se canso de que lo engañen…”
Pero lo más significativo son los
mensajes por los Internet de los aficionados aztecas donde
ponen el grito en el cielo por la feneración de
las corridas. No olvidemos que los mejicanos han sido
los que han aceptado con más fervor y más
entrega nuestra fiesta. Que tienen la mayor plaza del
mundo y una larga temporada en todos los estados. La frivolidad
empezó cuando las plazas fronterizas de Estados
Unidos como Tijuana empezaron a adulterar las corridas
para atraerse a los ignorantes turistas yanquis. Encontraron
un filón, como pasó en España en
los años sesenta cuando en la Costa Brava se daban
más festejos que en el resto de España.
En Sant Feliu de Guíxols daban más corridas
que en Madrid. Pero al final los turistas que buscaban
la emoción y el riesgo se cansaron de tantas parodias
y las plazas tuvieron que cerrarse.
Machacaron un mercado floreciente. Ordeñaron
la vaca en tres años y no se preocuparon de darle
gusto a un público fiel. El resultado fue que toda
la curiosidad que existía se volvió en contra
convirtiéndose en una gigantesca campaña
contra los toros.
Ya veis que los han desterrado y prohibido
en Cataluña que era uno de los núcleos de
mayor número de espectáculos, mientras en
el resto de España se mantenía sólo
la tradición de las corridas de feria.
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