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Urge una reforma del tercio de varas
Alfonso Navalón Publicado
en Tribuna de Salamanca el 30/09/98
Me había propuesto no volver a
estas páginas hasta después de una temporada
de silencio. Y de olvido. Me he quedado sin voz y sin
resuello. Por primera vez en mi vida, en esta feria de
Salamanca he sentido el servilismo de la comunicación
como una losa implacable. Algunas noches cuando llegaba
al coloquio, muerto de sueño y de cansancio, sentía
la zozobra de no encontrar historias para contar. Estaba
harto de denunciar cada noche ese crimen contra la paciencia
de los ganaderos. Te pasas cuatro años criando
a un toro con amor y sufrimientos que nadie sabe y en
poco más de un minuto, ese lanzazo bestial de los
picadores, te lo convierte en una piltrafa humillada y
vacilante.
Los has visto tantos días y tantos
meses seguidos crecer arrogantes. Los has visto tirar
de un pechazo cuatro metros de pared. Has vivido ese miedo
indescriptible de cuando te perdonan la vida, porque llegaste
con un segundo de delantera al tronco de la encina. Has
sentido ese otro susto imprevisible del pitón que
atraviesa la carrocería de la portezuela del coche
y pasa milagrosamente por encima de tu pierna y se te
queda la punta a dos dedos del pecho o de la garganta.
Y de pronto lo ves en la plaza. Está un momentito
cefrando con el peto y sale dando traspiés, echando
charcos de sangre cada vez que se para. Y llegan a la
muleta muertos, porque te das cuenta que se están
muriendo de pie. Y la mesa lo pita ¡porque no embiste!
Porque no 'ayuda' al triunfo de la gran figura. Y lo desprecian
porque 'no sirve', pero nadie dirige un reproche al matador
que manda, ni al picador que ejecuta esa carnicería
bestial.
Por eso muchas noches cuando atravesaba
entre esa muchedumbre de fieles seguidores, camino del
estrado, me acordaba de aquel cura de Ciudad Rodrigo,
que harto de recitar los oficios durante docenas de años,
una noche solemne de la Misa del Gallo, al llegar al Credo
tiró el misal y dijo: "¡Que se joda
la misa!", Se marchó a casa de su hermana
y ya no volvió a vestir la sotana. Porque la vida
le había hecho perder la fe en lo que estaba predicando.
Defender la integridad Antes, cuando era un simple crítico
de toros, defendía y luchaba por la integridad
del toro, por el respeto al público, por la decencia
del espectáculo. Y me ponía como un pavo
real cuando en el año sesenta y ocho logré
(en contra de todos los críticos vendidos) que
se legalizara la edad de los toros, con el registro de
nacimientos y el número en la paletilla.
Años después conseguí
que el Ministerio de Interior publicara una lista de más
de cincuenta ganaderos multados por afeitado. Y un puñado
de locos creímos que ya estaba ganada la batalla.
Un lustro después, cuando me llamó el ministro
de Interior, para hacer la reforma del Reglamento, preparé
en cuatro días lo que no fueron capaces de hacer
una caterva de funcionarios en más de dos años.
Allí estaba la solución para acabar con
el afeitado en un par de meses, con todas las garantías
de eficacia para evitar las gateras legales por donde
ahora se escurren los burladores de la ley. Pero comprendí
que donde menos interés tenían en acabar
con el fraude era en el propio Ministerio de Interior.
Y me sentí ridículo entre aquel Ejército
de golfos.
Me echo a temblar Ahora, que además
soy ganadero, me echo a temblar cada vez que embarcamos
una corrida. Paso por alto la guerra con el del maletín
que viene a cortarle las puntas y con la bestialidad de
meterlos en mueco donde se estremecen y algunos se ahogan
del berrinche al sentirse prisioneros. A los cinco años
de lidiarlos por plazas de tercera, con toreros de segunda
fila que casi siempre eran incapaces de lucirlos. A los
cinco años de cobrar una miseria, decidí
lidiar con un cartel de figuras. Y dejar hacer al hombre
del maletín. Me pagaron el doble y salí
en hombros con los tres toreros. Con el fraude, el cartel
de mi ganadería subió más en una
tarde que en cinco años de honradez.
Luego he tenido la suerte que en las últimas
temporadas el famoso Piedrola tuviera el gesto de respetarme,
evitando la vergüenza de verlos entrar en el mueco.
Pero antes hay que pasar el calvario del enchiqueramiento.
Entra uno rematando en un burladero. Se astilla un pitón
y ya no vale. Otro se lía a testarazos con una
puerta y tampoco te lo pasan. Llegas a la feria de Cuenca
y tres veterinarios indocumentados te desechan más.
Y te dan ganas de pedir un trabuco, porque los insultas
y se quedan tan frescos. Pero después de pasar
todas estas amarguras, basta un puyazo en el pico de la
paletilla para dejártelo inválido. Es el
mismo toro que derribó cuatro metros de pared,
estuvo a punto de matarte si no es por la encina y te
metió el pitón por la portezuela del coche.
Esa fuerza que daba miedo en el campo ya no es más
que un pobre lisiado cuando sale del peto. Por eso hay
días que me dan ganas de tirar el misal como aquel
cura de Ciudad Rodrigo, que mandó la misa a la
mierda.
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