Aquel festival de Lisboa

La mala suerte del número 13


Me llamó esa gran dama del toreo que se llama Conchita Cintrón para torear un festival en la plaza de Campo Pequeño de la capital de Portugal.

Lo había organizado a beneficio de las víctimas de aquel terrible terremoto que asoló Perú, la patria de Conchita. Da pena mirar atrás y recordar que de todos los que actuamos aquella tarde la mitad han muerto. Manolo dos Santos, ídolo durante muchos años de España y México, luego empresario de Lisboa, el inolvidable Antonio Bienvenida y el malogrado José Falcón, una de las mejores personas que he conocido dentro y fuera de la plaza. Hemos sobrevivido Antoñete, Litri y yo.

Ilusión Tenía verdadera ilusión por torear ese festival porque al haberme criado en 'la Raya' me resulta familiar el idioma y confiaba en entenderme con el público y con el novillo. Pero todo se quedó en ilusiones por culpa del número trece. Y conste que yo entonces no era supersticioso. Pero era para mosquearse.

El mozo de espadas de Antonio Bienvenida se llevó mis avíos de torear y la ropa porque yo estaba en Pamplona y tenía el tiempo justo para llegar al mediodía a Lisboa porque el festejo era por la noche como es costumbre allí.

En Madrid pillé un avión inglés de la TWA y como no pude hablar con nadie en todo el trayecto llegué bastante alicaído. Por si fuera poco, me tocó el asiento número trece, pero no le di importancia.

Me esperaban Antonio y Conchita y cuando me acomodo en el hotel me dieron la habitación 213. Y aunque era la primera vez que me acostaba en una cama vibratoria, no fui capaz de dormir con el mosqueo del trece.

Antonio me propuso que fuéramos a la playa hasta la hora del sorteo porque llevaba un pie hecho una pena. Dos días antes me había pisoteado un toro de Guardiola en el encierro de San Fermín y tenía el empeine imflamadísimo.

Antonio dijo que con un par de horas metido en el mar me bajaba la hinchazón y lo cierto es que me alivié bastante. Así que a eso de las siete nos fuimos al sorteo y llegamos cuando ya se había terminado.

Nada más entrar en los corrales me fijé en un novillo de malas hechuras, bastote, corto de cuello y con las pezuñas y la penca del rabo muy gordas. "Ése es un morucho que no puede embestir, ¡pobre del que le toque!". Y en esto se acercó el gran banderillero portugués Antonio Badajoz que salía en mi cuadrilla y me dejó helado: "Pues nos ha tocado a nosotros". ¡Y encima tenía el número 13 en los costillares! Así que nos fuimos al hotel y Antonio trataba de levantarme la moral. Aunque reconocía que ya era mucho trece como para no mosquearse.

Con un lleno impresionante y con el presidente de República y el cuerpo diplomático en el palco de honor, transcurrió el festejo que luego serviría para dos reapariciones importantes. La de Antonio y Luis Miguel Dominguín que ese mismo año torearon en Madrid otro festival a beneficio de Perú y decidieron volver a vestirse de luces.

Fue cuando Luis Miguel salió con aquel traje de 'pantera rosa' diseñado por Picasso y con una media de seda como corbatín. También estuvo muy bien Antoñete, que entonces estaba retirado y reapareció al año siguiente sin mucha suerte, refugiándose luego en Venezuela, donde al cabo de los años ya surgió su última y gloriosa reaparición, con el aliento de nuestra bellísima Charo López.

Como os podéis imaginar mi actuación no fue precisamente brillante. Le di unos pases sentado en el estribo y como el animal en vez de embestir sólo topaba apenas estuve tres minutos delante. Le simulé la estocada con la banderilla y el público estuvo muy respetuoso con mi exagerada brevedad. Pero yo tenía una tremenda sensación de fracaso y quería que me tragara la tierra.

Así que en la fiesta que nos dieron esa noche estaba como en un funeral por más que me animaba Bienvenida. "Yo me retiro. No vuelvo a torear en público". Antonio me dio un consejo sabio: "No te puedes retirar con mal sabor. De esto tan bonito no se puede ir uno con la amargura de una mala tarde. Retírate un día que salgas en hombros para tener un buen recuerdo".

Dos meses después volvimos a torear juntos en los festivales marineros de Candas con Litri y Jaime Ostos. Aquella tarde me tocó un novillo de bandera y todo salió a pedir de boca. Corté un rabo y cuando me sacaron en hombros se cruzó Antonio Bienvenida que ese día había tenido muy mala suerte y con ese ingenio que lo caracterizaba me dijo: "¿A que ahora no tienes cojones para retirarte?".

Y tenía toda la razón porque seguí otros diez años rodando por esas plazas, hasta que llegó la despedida con Antoñete y Roberto Domínguez de compañeros. De aquel día de Lisboa tengo varios recuerdos curiosos y amables.

Al día siguiente nos invitó a comer el embajador de España y brillante escritor Antonio Jiménez-Arnau, padre del famoso yerno de Franco. Fue una comida inolvidable en los jardines del Palacio de Palhava y cuando al final de la sobremesa paseábamos al borde de la piscina la mujer de Antonio Bienvenida ya sospechaba lo de la reaparición y se entristecía pensando en las horas amargas que le esperaban.

Estaba con nosotros el marido de Conchita Cintrón, un hidalgo portugués de gran calidad humana y claro ingenio. Dijo la señora de Antonio Bienvenida: "No sabéis lo difícil que es ser mujer de un torero" y el marido de la rejoneadora contestó: "¡Que me lo digan a mí!..."

Publicado en Tribuna el 27-1-99

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