Comulgar con ruedas de molino…

    El Capea se pasó de listo al escoger la corrida

La prensa vendida creó confusión al culpar al ganado del fracaso

Alfonso Navalón

El señor Pedro Gutiérrez Moya “Niño de la Capea” se considera el más listo del mundo. Asimismo considera que el resto del mundo somos tontos. Sólo así se explica que pretenda echarle al ganado la culpa del ruidoso fracaso del padre y del hijo. Si los animalejos destinados al acontecimiento fueron impuestos y elegidos por Capea, suya será toda responsabilidad. El Capea sabe desde siempre el límite de tolerancia del público mejicano. Sabe que el toro de la mayor plaza del mundo es un novillote de escaso trapío. Que allí se exige muy poco trapío y se conforman con que embista para ver dar pases. Es una afición torerista donde el toro tiene poca importancia y las orejas se dan, se regalan en cuanto el torero da pases con continuidad. Tampoco importa el tiempo porque si el torillo da juego las faenas sobrepasan el tiempo de los avisos que los presidentes se saltan a la torera si el público está a gusto.

Todo esto lo sabía de sobra El Capea. Sabía también que el público azteca es muy paciente y muy respetuoso con los toreros. Se enfadan muy poco por el mal juego del ganado y por las malas tardes de los diestros. No suelen armar grandes escándalos y mantienen los buenos modales por mal que vaya la tarde. Es rarísimo que nadie lance una almohadilla al ruedo. Todo esto lo sabía el listillo de El Capea y a la hora de elegir los torillos en la ganadería donde residía desde una larga temporada, conocía de sobra los límites de la tolerancia del público. Estaba viendo todos los días varias veces el ganado destinado a su reaparición y creyó que con su sola presencia y la desangelada figura de su hijo, ya no iban a pedir nada más. Llevado por su estúpida prepotencia creyó que los mejicanos eran tontos y se decidió a tomarles el pelo con una becerrada, sin pitones y seguramente manipulados varias veces porque la ganadería de Teófilo Gómez no suele caerse casi nunca y debieron hacer varias visitas al mueco que los animalitos salieron derrengados y se derrumbaron durante la lidia.

Abusos reiterados

Quiso abusar descaradamente de la hospitalidad del público y le salió el tiro por la culata. Luego ha tenido la desvergüenza de calificarlos como duros, que recibieron de uñas a su hijo y no le perdonaron ni un fallo. Nada más falso. El público acogió con cariño la llegada de los dos toreros españoles como había recibido hace poco a Manolito Caballero que cuando ya llevaba cuatro años fuera de circulación y con muchas tardes anodinas, le regalaron un rabo.

Todo estaba a favor de un triunfo fácil y para colmo la mayoría de la prensa “arreglada” para exagerar cualquier cosa buena. Tuvo que ser muy insultante la falta de presencia del primer becerrote para que el público abandonara su cordialidad para enfadarse, armar una bronca y devolver a los corrales el bichejo de la confirmación. No cabe hablar de exigencia y menos con una alternativa de por medio. El público suele exigir a las figuras no a un muchacho sin historial ni responsabilidad porque el peso de la tarde caía sobre el padre, cuya reaparición se había anunciado como un acontecimiento histórico. El chaval iba de simple comparsa y nadie iba a exigirle, sino todo lo contrario. Estaban predispuestos a su favor por la intensa campaña de propaganda en todos los medios de comunicación. La presencia del primer animalejo debió ser tan insultante para que de pronto estallara la bronca y el escándalo de las almohadillas.

Se sintieron estafados

Se supone que el presidente y los veterinarios se habían prestado a juego aprobando una corrida que aquí no pasaría ni en una plaza portátil de pueblo. La brusca reacción de un público cariñoso es porque de pronto comprendieron la estafa y el engaño que les había preparado.

Aquí en España hubo al principio cierto desconcierto entre las personas bien intencionadas y poco críticas: “Qué pena que hayan salido tan malos los toros para que no pudieran triunfar” y los cronistas vendidos echaron toda su fuerza en demostrar que “con semejante ganado no se podía hacer nada” pero a medida que van llegando informaciones serias ya no hay forma de sostener la mentira. El Capea fue a Méjico en plan chulo y no puede echarle la culpa a nadie porque él fue quien escogió la corrida.

También han querido engañarnos con el fracaso de la entrada: Algunos se atrevieron a decir que hubo 30.000 espectadores (más de media plaza) cuando lo cierto es que apenas se rebasaron los 14.000 y sólo se cubrió un tercio del aforo. Ni en las modestas corridas de agosto en Las Ventas con toreros segundones y ganaderías sin cartel se llega a tan poco público. Esto da una clara medida de las dimensiones del fracaso y de lo poco que interesan en Méjico ninguno de los Capeas.

Y ahora que sigan contando cuentos. Para más detalles de la “pachanga” de semejante corrida fue televisada por Galavisión el domingo siguiente a las cuatro de la tarde.


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