Pensaba haber escrito este artículo una vez finalizada la feria de Sevilla. Da lo mismo, porque queda una corrida y a expensas de lo que pueda suceder hoy con toros de Miura con El Fundi, Padilla y Javier Valverde el cartel, se puede decir que está todo el pescado vendido. Y me da la impresión que este año nos hemos quedado al final más con lo que nos han querido vender que con lo que, realmente, queríamos nosotros comprar. A fin de cuentas ésto, como casi todo, no deja de estar regido por la ley de la oferta y la demanda y en esta ocasión han estado más vivos los que ofertaban que los que trataban de adquirir. Pero quizá es normal, sobre todo cuando antes de empezar el ciclo de corridas de La Maestranza ya se habían producido unos hechos que podían ser indicios de lo que más tarde podía acontecer.
De una parte el mundo taurino empeñado una vez más en darnos más de lo mismo, con unas fórmulas agotadas y unos procedimientos que en nada cambiaban con respecto a lo ya conocido y de otra una afición que no quería, por enésima temporada consecutiva, volver a sentirse decepcionada y vivir la frustración a la que un año sí, y otro también, termina por estar abocada. El anuncio de la reaparición de José Tomás, antes de que marzo hubiese comenzado a andar, supuso una conmoción para todos aquellos que veían en el torero de Galapagar un posible revulsivo para darle un poco de vitalidad a una fiesta que cada vez ofrecía menos alicientes, recordando, sobre todo, las primeras temporadas que fue capaz de cuajar el diestro madrileño. Con ese “run run” se hicieron públicos los carteles de Sevilla y Madrid en los que la desilusión volvió a ganar enteros, porque nada nuevo anunciaban para la capital andaluza y deparaban a la capital de España una feria en la que más de la mitad de las corridas pertenecían al encaste Domecq.
Y en esas estábamos cuando el domingo de Resurrección un torero de corte tomasista, una fotocopia a decir de muchos de José, Alejandro Talavante confirma en Las Ventas, tras una serie de explosivas declaraciones en las fechas previas, y consigue abrir la Puerta de Madrid. Con una faena en la que no se puede negar que exista un componente de emoción ya que se realiza en unos terrenos, los que quiere el toro, cercanos a tablas y porque la forma de interpretar el toreo del extremeño, y más en esas circunstancias, llegan al respetable. Pero una faena en la que también existen otros ingredientes como los cites fuera, a veces al hilo del pitón, el recurso en algunos momentos del pico y una heterordoxia bastante llamativa. El taurineo no pierde la ocasión para, en los medios que controla y en otros afines, hinchar la burra y dar rienda suelta a un triunfalismo que propicia el ambiente. Los “istas”, aquellos que van a los toros a ver a su torero, a pedirle orejas y a sacarlo como sea por la Puerta Grande, tienen el terreno abonado y piensan que si Talavante, neotomasista y adoptado como suyo por el tomasismo, ha sido capaz de dar la campanada, ¿por qué no van a hacer los mismo su Castella, su Morante, su Cid, su Manzanares, o, incluso porque aunque parezca mentira tienen sus partidarios, hasta su Finito, o su Fandi?.
En medio de ese ambiente, casi exultante, comienza la feria de abril en La Maestranza y, como era previsible, en las primeras corridas de periferia en las que se lidian ganaderías mal llamadas duras por parte de toreros especializados en despachar lo que las figuritas no quieren y que, por lo general, no levantan polvaredas en los medios, todo se ajusta al guión establecido con Curro Díaz y Fernando Cruz en buen tono ante los Cebada y una muy meritoria actuación, que de alguna forma se minimiza, de López Chaves en la corrida de Palha. Y llega el esperado encierro de Victorino donde El Cid torea de maravilla y con verdad a un extraordinario, por su nobleza y su casta, Borgoñés al que corta dos orejas. Luego, en el quinto, cortaría otra con lo que inauguraba las Puertas del Príncipe del año 2007. Ahora bien, si es cierto que Manuel Jesús ejecutó el toreo como mandan los cánones y que no hubo nada reprochable en su faena de muleta a ese toro de Victorino también es verdad que la espada cayó baja y que, por tanto, la segunda oreja tal vez nunca debiera haber llegado a sus manos.
Se abría la veda, y la mano, a las puertas de los festejos de farolillos en los que con ganaderías de las llamadas comerciales, con el toro artista enseñoreándose del coso del Baratillo, iban a comparecer esos diestros que levantan pasiones en el público del clavel que, por otra parte, iba a ser el que poblase mayoritariamente los tendidos y entre el que, naturalmente, iban a estar muy bien representados los “istas”. Y así se llega a la corrida del lunes 23 de abril en la que, con Jesulín de convidado de piedra, Morante y Talavante se encuentran con unos toros de Núñez del Cuvillo, tan nobles y carretones como blandos, flojos y escasos de fuerza, para provocar otro ataque de delirio colectivo que finalizó en Puerta del Príncipe para el extremeño y en un capítulo más escrito con letras de oro en la particular leyenda del de La Puebla. Pero hablando de oro, ¿fue todo de este metal aquella tarde?.
Francamente creo que no, porque aunque no se puede negar que el toreo arrebatado de José Antonio en el que salieron a relucir el duende, el pellizco y esa personalísima forma de sentir delante de un toro que incuestionablemente posee el sevillano, también se vio acompañado en algunos pasajes de la faena por una deficiente colocación, en la que el torero se tomó sus ventajas, y porque su espadazo se fue a los bajos, lo que cuestiona bastante el hecho inaudito, aunque en ningún caso antirreglamentario, que el presidente sacase al mismo tiempo los dos pañuelos. Y sobre todo porque Alejandro Talavante aunque exhibió las mismas armas que unos días antes en Las Ventas, en lo referente a quietud y a despaciosidad, también acrecentó en el sexto sus defectos en cuanto a abusar del pico en algunos momentos y estar mal colocado en otros, lo que se tradujo en medios pases, por no decir cuartos, y enganchones en alguna de las fases de su faena. Había cortado una oreja en el tercero, que creo que nadie puso en cuestión, pero las dos de su último toro pienso que fueron excesivas y que muy pocos aficionados cabales se las hubiesen concedido, al menos la segunda.
Ese triunfalismo del que hablábamos más arriba, latente desde el principio de la feria, se hacía presente y un serial que, a excepción de la tarde de El Cid y Borgoñés, transcurría por los caminos normales, dados los mimbre con que se había confeccionado, tomaba otros vuelos y daba la sensación que podía desbordarse en una especie de circo de orejas y salidas por la puerta grande, en una apología de la jujana, en función del ruido que fueran a hacer los acérrimos partidarios de los que todavía quedaban por actuar. Máxime teniendo en cuenta que César Rincón desorejaba al día siguiente a un encastadísimo Torrealta, todo hay que decirlo, en una faena en la que nos recordó el toreo de siempre, dando la distancia, citando en el sitio, enganchando con la muleta adelantada, llevando al toro de arriba abajo, cargando la suerte y rematando atrás. Dos orejas ganadas a ley, las de más peso de toda la feria porque, además, mató recibiendo de un estoconazo en todo lo alto.
Con esa sensación de que cualquier cosa podía pasar se inició la recta final en la que el toro, o mejor dicho el no toro, vino a poner las cosas en su sitio y a servir de sordina a ese entusiasmo que hizo por unos momentos que los integrantes del taurineo se frotasen los ojos y las manos al no dar crédito de lo que estaban consiguiendo vender a un público encantado de lo que estaba comprando y ante el horror de muchos buenos aficionados que veían consternados como ese caldo de cultivo que se había preparado podía dar el resultado apetecido a quienes lo habían elaborado.
Horror y consternación, ¿por qué?. ¿Tal vez porque no nos gusta disfrutar en los toros y estamos deseando que todo salga mal para poder cebarnos en críticas y en dar una visión negativa y catastrofista de la fiesta?. Puede ser que alguien lo piense pero se equivoca de medio a medio. Nada más lejos de la realidad, al menos en mi caso, pues cada vez que acudo a una plaza de toros lo hago con la ilusión de ver algo que me emocione y pueda guardarlo en el recuerdo, en donde hay almacenados muchos toros y muchos toreros que me han dejado marcado y que me han hecho querer a la fiesta como a ningún otro espectáculo o ningún otro tipo de manifestación artística. Pero por eso mismo no me gusta que me tomen el pelo y se juegue con ella intentando darme gato por liebre o un sucedáneo de lo que sé, me consta porque he podido vivirlo, que ha sido.
No he sido yo el que ha cambiado, sigo exigiendo lo que he querido siempre: el toro íntegro porque es el máximo protagonista de la fiesta, y sin esa premisa la misma perdería todo el sentido, y el torero que arriesgue, que emocione y, sobre todo, que lidie con arreglo a unos cánones que se establecieron hace ya largo tiempo y que por mucho que se empeñen algunos son los mismos ahora que hace ochenta años. Y no he cambiado porque pienso lo mismo que aquellos que denunciaron las trampas de Manolete y se congratularon con la vuelta a los ruedos de Domingo Ortega, que volvió a principios de los cincuenta para poner las cosas en su sitio. Porque ya cuando pude discernir, a mediados de los sesenta, no me quedé con el deslumbrante Benítez y sus imitadores y preferí el clasicismo de Ordóñez o las lecciones de torería de Rafael Ortega y en la década siguiente no me dejé impresionar por la superficialidad y el ventajismo de Manzanares y Capea y me decanté por la honradez y la verdad de El Viti o la hondura y la seriedad de Julio Robles.
Tampoco me convencieron los encimismos de Ojeda ni los alivios con sonrisa Profiden de Espartaco en los ochenta y me seguí emocionando con gente como Chenel u Ortega Cano, que se jugaron la vida sin trampa ni cartón, lloré con Paula y me lleve un chasco con Joselito que se convirtió en la gran decepción de lo que pudo haber sido y no fue. No me impresionó la fría elegancia y el supuesto poderío de un correcaminos Ponce en la última decenio del pasado siglo y, evidentemente, menos los mediáticos que comenzaron a florecer como setas, pero vibré con un César Rincón que llegó del otro lado del charco para explicar lo que eran las distancias que aprendió de Antoñete y como se debía enganchar a un toro adelantando la muleta y rematándolo detrás de la cadera. Ya en este siglo me ilusionó la primera época de José Tomás, porque pisó terrenos comprometidos y a pesar de que su colocación no fue exactamente correcta llevó a los toros largos y los remató atrás, aunque siempre tuve la duda de dónde podría desembocar su toreo heterodoxo, y al final vi como se cumplían mis temores con dos temporadas postreras para olvidarlas lo que me confirmó en la idea de que todo lo que no se hace bajo las normas de siempre no puede, finalmente, salir bien.
He seguido, por tanto, y sin ser jamás partidario de un o unos toreros determinados, sino simplemente de quien toreaba bien, una línea coherente con unos principios que me hacen pensar que lo que ha cambiado es el concepto de lo que muchos aficionados tienen de la fiesta, o tal vez que dejándose llevar por los intereses de los que manejan los hilos han ido modificando su postura acercándose, sin darse cuenta, a donde éstos les quieren llevar. La reacción de mucha gente a la que tenía, y que tengo todavía, por buenos aficionados en este comienzo de temporada cayendo en la trampa del triunfalismo y dejándose llevar por esa especie de histeria colectiva, el comprar choped a precio de jabugo, el centrar sus ilusiones y sus esperanzas en un torero, o en un tipo de toreo, como si fuese a ser la panacea que va a salvar esta maltrecha fiesta, así parece indicarlo.
Es curioso y preocupante como muchas personas que hace apenas seis meses estoy completamente convencido de que se hubiesen volcado con el Manifiesto de los Aficionados por una Fiesta Íntegra, Justa y Auténtica, lo han tratado de una manera superficial, en el mejor de los casos, cuando no lo han obviado en absoluto y han pasado olímpicamente de él, en tanto que celebran encantadas el esplendor con que ha comenzado la temporada y las perspectivas que se avecinan, en resumen y como decía al principio, lo que les han vendido y ellas han querido comprar. En vista de lo que hay habría que preguntarse, cuando tenemos ya San Isidro a la vuelta de la esquina, ¿cuántas veces se va a abrir este año la Puerta de Madrid?, ¿en qué tipo de corridas?, ¿a qué clase de toreros?. Quizá sea mejor no pensarlo, dar por terminado el artículo, y dejar todas las preguntas reducidas a una: ¿Dónde queremos ir?. |