LA TRANSFORMACION DE LA FIESTA

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Lean y juzguen

LA TRANSFORMACION DE LA FIESTA

por Antonio Diaz-Cañabate

Ay, amigos, cuánto me duele tener que afirmar que las mayores culpables de la radical transformación que sufrió la fiesta a partir de los años cuarenta son las mujeres! ¡Demonio de mujeres! Son encantadoras, pero tan encantadoras como enredadoras, sobre todo desde que adquirieron una omnímoda libertad de movimientos, durante mucho tiempo restringidos por prejuicios y convencionalismos.

La libertad conquistada les permitió ponerse a trabajar como unas fieras en toda clase de menesteres, comprendidos los más ajenos a su naturaleza. ¡Y para qué quisieron más! Con el dinerito que ganan hacen lo que les da la gana, que para eso lo ganan. Ya no se quedan en casa a zurcir calcetines, así las zurzan a ellas. No en balde se han puesto pantalones. Son unos hombres más en eso de pintarla por todas partes y de meterse en todos los sitios, incluidos algunos en los que su presencia es injustificable.

El uso de los petos acaba con uno de los aspectos más crueles de las corridas de toros. Las heridas y las muertes de los caballos. La disminución de la fiereza del toro con la frecuencia de los percances de los toreros, y las mujeres se colaron en las plazas como por todos lados, como Pedro por su casa, y a los toros se van, no ya acompañadas de novios, maridos, familiares o amigos, sino en grupo, o si se tercia, solitarias, y como no les arrastra la afición taurina sino la afición a divertirse como sea, empezaron a jalear a los toreros que hacían cosas espectaculares ajenas al puro arte de torear, y como donde van las mujeres allá las siguen los hombres, asimismo no atraídos por lo auténtico taurino, resultó que como eran los más impusieron su criterio a los menos, justo lo contrario de lo que ocurría antes, que la minoría aficionada era la regidora de la fiesta.

Ahora estos auténticos aficionados están como gallinas en corral ajeno; no se atreven ni a chistar porque en seguida les reprocha una chavala de buen ver: «íCállese usted, vejestorio, que aquí hemos venido a divertir­nos y a pedir la oreja!»

No les importa ni cómo es el toro ni cómo el torero. Lo que les interesa es que el toro se deje hacer los brillantes camelos y se muera a la primera para no dar la lata. Esto explica en buena parte el porqué de la transformación de la fiesta y por qué tan radical, y que haya pasado de ser algo serio, duro, recio, emocionante, a ser un espectáculo colorinesco, superficial, banal, que en su fondo sigue conservando la posibilidad de un episodio sangriento.

Las mujeres en los toros ya no chillan de angustia, sino de placer por las piruetas toreras. Durante la corrida ríen, charlan, fuman, beben cerveza, comen bombones helados. Y quien dice las mujeres dice los hombres, que se unen a su jolgorio no como antaño vibrantes de entusiasmo por la arrogancia torera o entregados a una airada repulsa por las faenas desgraciadas, sino a la tremolina de chillar por chillar y de aplaudir por hacer ruido. Y esto puede ser divertido, pero desde luego nada tiene que ver con la genuina fiesta de los toros.

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