TOROS Y CULTURA

 

Por José Luis Piñeira

De todos es conocida la influencia del mundo de los toros en las artes plásticas en general y en el lenguaje en particular. Así, hasta el más acérrimo de sus detractores habrá empleado alguna vez expresiones tales como "ponerse hecho un miura", "hacer una faena", "echar un capote", "cambiar de tercio" o "dar una de cal y otra de arena".

Hasta el más inculto de los ciudadanos de este país ha oído hablar alguna vez de Manolete e incluso de aquel Islero de tan ingrato recuerdo. Se cuentan por docenas los mozos que año tras año siguen coreando "Paquito el Chocolatero" en las fiestas de su pueblo, mientras hacen equilibrios para no derramar el kalimotxo. El toro de Osborne sigue gozando de su indulto al pie de la carretera y por lo visto ha ligado bien, pues su prole se extiende por las salvapantallas de miles de móviles y los capós de innumerables coches.

Todo esto no son sino pequeños ejemplos de lo enraizado que está el mundo del toro en nuestra cultura, hasta el punto de que me atrevería a decir que no se puede entender la historia y la complejidad de nuestra "piel de toro" sin tener en cuenta al toro bravo y a ese pueblo de quijotes que se pone frente a él por el mero placer de torear.

Desgraciadamente, mientras en países como Inglaterra, Francia y sobre todo Estados Unidos las leyendas de su historia, artes o del mundo del deporte se han integrado en la memoria colectiva, han pasado de generación en generación con la inestimable ayuda y promoción de sus gobiernos, en el nuestro (Spain is different) una flamante ministra, de civilizados y progresistas pensamientos, compara sin rubor la afición a los toros con otras vetustas, "carcas", "tradiciones" como el maltrato a las mujeres.

Mientras los chinos importan las corridas de toros, con lleno hasta la bandera, aquí quieren condenarlas a las banderillas negras de unos horarios absurdos para su retransmisión por televisión, medio fundamental hoy día para su divulgación y promoción. En definitiva, lo que en cualquier otro país sería motivo de orgullo, aquí es pisado, vejado y ultrajado, precisamente por aquellos que más deberían hacer por encumbrarlo y promocionarlo.

No dejemos a los enemigos de la fiesta acabar con tantos años de esplendor en la arena. Defendámosla pasando por encima de sus enemigos, que tan diversas formas adquieren: antitaurinos que no la entienden ni lo pretenden, empresarios sin escrúpulos, mercaderes de ganado, profesionales de la desinformación y otros especímenes de parecido jaez.

Se dice que todos los caminos del viejo Imperio llevaban a Roma; sólo uno, sin embargo, lleva a la regeneración, a la salvación de la fiesta: el TORO con mayúsculas, íntegro, bravo, encastado. Exijámoslo. Esa debe ser nuestra misión como aficionados.



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