Análisis de la Feria de Salamanca

 

Ya han logrado de los toros una pantomima

Jorge Montero

Cuando Tony Hernández me pidió un análisis de la Feria septembrina de Salamanca no lo dudé un instante, porque además de sus objetivos conocimientos taurinos, su genial persona le obliga a luchar con grandes redaños por conducir a la Fiesta por el mejor de los caminos. El problema es que con esta pantomima de feria tengo pocas cosas interesantes que contar.

¡Imaginaros como habrá sido, que el premio al Toro de oro ha quedado desierto!. Tampoco el jurado se ha atrevido a dárselo a un gran toro de José Ignacio Charro, al que Finito, sorprendentemente le arrancó una serie mandando sobre la codicia del animal. Fue como esos rayitos de luz que se filtran en las oscuras tinieblas de esos desvanes, que hoy ya sólo se usan para guardar aperos y curar la matanza.

El encierro más bravo dio la casualidad de ser el último, El Hoyo de la Gitana. Un hierro de procedencia Santa Coloma en dos de sus líneas, Graciliano y Buendía, muy alejado del desabrido Domecq o del frío Atanasio. Por lo demás un sexto toro de El Pilar boyante aunque sin un cuarterón de picante, al igual que el resto del encierro. ¡Qué lástima!.

Los toreros no han ofrecido lo que debieran, como ya viene siendo norma en todas las Ferias. Las figuras anduvieron- realmente siempre se ha dicho “anduvon”, pero bueno- a su nivel, es decir volaron a ras de suelo como esas perdices que crían en voladeros y las hacen pasar a los guiris por una caza recia y con alta rusticidad. Cualquiera de estas figuras utiliza infinidad de ventajas más que cualquier torero puesto en dinero de otra época. Ni Antonio Ordóñez en su segunda época sabía tantas artimañas como Ponce, Conde, Tejela y Compañía. El Juli me agradó, se erigió en torero poderoso, aunque continua careciendo de algún atractivo de interés, como aquel de niño prodigio que le encumbró.

De los locales, Juan Diego debería haber ido mejor colocado. Le tiraron a los leones abriendo cartel en la primera corrida de toros para estrellarse con un paupérrimo encierro de Matilla. Valverde se lució primorosamente en tres tantas de hondos y embraguetados naturales con una serenidad pasmosa.

Gallo siempre se mostró por debajo de lo mucho que de él se esperaba- incluso se le marchó un toro de El Pilar-, a excepción de en su quinto toro del el mano a mano con Capea. A un chaval que en trece meses ha pasado de becerrista a matador de toros de primera fila no se le debe de estrellar en carteles de figuras. Posee unas cualidades enormes, desde su temple hasta su concepto, pasando por el sitio desde el que cita, son dignos de un gran elogio.

De El Capea es mejor no hablar. Quiere estar en los mejores carteles de todas las ferias y transmite voluntad, pero sólo en la teoría. A poco que se ahonde en la realidad de su toreo te percatas de que no prescinde de ninguna trampa. Despegando, utilizando siempre el pico, retrasando la pierna contraria, citando fuera de sitio sacando la embestida hacia fuera- sobre todo en los naturales- mientras agarra el estaquillador prácticamente por la alcayata.

De todas maneras, carece de condiciones, rígido y sin naturalidad, es incapaz de templar. Si esto no lo logra con medios toros dulzones me gustaría comprobar si con este tipo de técnica dominaría una bravura con toda su fiereza, codicia y poder. Este diestro se cree que va a dejar en evidencia a Domingo Ortega reinventado las leyes básicas del auténtico toreo más puro.

Del público ya es mejor no analizarlo. Exageradamente duro e intransigente con los modestos y perdonando todos los defectos de los espadas más anunciados. A Cháves, Castaño y De la Calle no le perdonaron el mínimo enganchón con toros exigentes, que requerían un aplomo que es muy difícil de lograr sin tener acumulados un buen número de contratos en el haber.

En resumen, ha sido una feria para el olvido. Tarde tras tarde, el público ha salido de La Glorieta bostezando y quejoso harto de razón.



Archivo de Artículos