LA SOMBRA EN LA ARENA

Por Rafael Aguirre Franco

Plaza del Chofre. El 15 de agosto de 1921 un toro de
Santa Coloma cogía de muerte a Morenito de Valencia.

                      Era el sexto toro de la tarde y estaba pensando que dentro de muy poco saldrían entre aplausos de la plaza a poco que el maestro acertara con el estoque, ya que el público estaba entregado en el día de la fiesta grande. Quizás se distrajo algo en estos pensamientos porque cuando se le arrancó el toro olvidando el engaño que manejaba Valerito, no le dio tiempo para refugiarse en el burladero. Sintió que el asta penetraba hasta el fondo de su pierna izquierda y casi al mismo tiempo el clamor de la gente. Su cabeza chocó con el estribo y perdió el conocimiento.

               En la enfermería recuperó la visión. Dos o tres hombres de blanco se afanaban alrededor suyo. Estaba tendido en una camilla de ruedas y pudo ver el instrumental médico y la hilera de frascos alineados en la estantería del fondo. No le dolía la pierna pero las arcadas le subían a la garganta. Sintió alivio cuando le alzaron la cabeza y pudo beber un sorbo de agua. Luego le tranquilizaron, “Tuvo suerte, amigo. No le alcanzó la femoral”. Curiosamente, le interesaba más el desenlace de la faena que su propia herida. “Tranquilo. Valerito estuvo bien con el estoque. Recibió una ovación”, le dijeron.

              Al poco tiempo entró el maestro en la enfermería y le abrazó sonriente. “Me dicen que te pierdes Bilbao. No me puedes fallar para Gijón”. Los dos se rieron. El médico se acercó e hizo algún comentario sobre la corrida recién terminada y sobre las otras corridas del abono donostiarra. Se sentía alegre.

              Luego le acercaron un algodón con cloroformo, pero no llegó a perder el sentido. Percibió que le quitaban el traje de luces vistiéndole con una bata áspera. En la camilla rodante salió de la enfermería, atravesó los pasillos de grada sol ya desiertos de público, y el patio de caballos. Le introdujeron en una camioneta blanca y a través de la espaciosa ventanilla, casi como en sueños por efecto de la anestesia, pudo distinguir los últimos corrillos de aficionados alrededor de la Plaza, la pronunciada cuesta abajo del Chofre, las amplias avenidas atestadas de gente, y por fin el portal de la fonda, al inicio de la Parte Vieja de la ciudad, donde se alojaba la cuadrilla.

              Entre dos hombres subieron la camilla hasta la habitación, ayudados por un mozo de servicio. Le depositaron sobre la cama sin cubrirle y de una maleta fueron sacando frascos de loza que depositaron en un carrito blanco y sobre la mesa de mármol. Ya le volvía la náusea y la fiebre. Quiso estar dormido para no sentir el picor doloroso de la pierna herida, pero de la calle subía un gigantesco rumor de multitud en fiestas que se lo impidió. Añoró entonces el gran hotel junto al río, donde se alojaban los diestros importantes, y que él conoció en alguna temporada remota.

              Ya de noche llegó el médico, un hombre alto que no había estado en la enfermería de la plaza. La dueña de la pensión le introdujo en el cuarto y con ella habló en el idioma extraño de la comarca. Luego le desnudó el cuerpo (solo tapado el sexo con un paño) iluminándolo en el círculo marcado por la lámpara portátil. Durante largos minutos le fue auscultando, moviendo con cuidado la pierna para no acentuar el dolor. El médico usaba anteojos con armazón de oro. Con la cuchara le acercó a la boca un líquido blanco que le dejó un regusto amargo. “Tiene la fiebre alta, maestro, pero ya verá como se pasa”, le dijo acariciándole la frente. “Volveré mañana para la cura”.

             En el vacío de los momentos siguientes recordó de pronto el nombre de la propietaria de la fonda. Demetria le explicaba que varias personas, periodistas y aficionados, esperaban en el recibidor noticias sobre su estado de salud pero que el médico había prohibido terminantemente cualquier visita. Les había dicho que estaba mejor, tranquilo y relajado.

              Primero fue un vacío, la mente embotada donde no llegaba más que el dolor lacerante de la herida. Intentó salir del pozo negro para hacer memoria de por qué estaba allí, tendido boca arriba en la cama. No quería dormirse, ahora que el gentío en fiesta paseaba por la vecina Alameda y sonaban los compases de un vals en el quiosco de la música mezclados con el chirrido de los tranvías.

              Poco a poco recordó el sofocante viaje en tren de la cuadrilla, largo de veinticuatro horas, para llegar a la estación abarrotada, el bullicio de las calles en fiesta, las gentes endomingadas tan distintas a las de su Valencia natal, y sobre todo la actividad frenética del puerto a donde había acudido por la mañana. Algún barco mercante cargaba cemento y de otros arribaban fardos y madera aserrada entre el estrépito de las grúas. Pero le fascinó sobre todo el muelle de la pesca porque era la hora de regreso de los vapores y las lanchas. Acostados al muelle descargaban las capturas y allí mismo se procedía a su subasta. Era un ámbito donde todos se comunicaban en aquel idioma extraño del que nada alcanzaba a entender, y sin embargo sentía como familiar y cercano cuanto allí ocurría, como si hubiera formado parte de su vida desde siempre. De vuelta a la pensión, observó que en el teatro de la cercana calle Mayor daban una zarzuela que ya había visto.

               Por la tarde acompañó a Valerito hasta la playa salvaje que llamaban Zurriola, al otro lado del río. Se habían impuesto un mínimo de ejercicio para mantener la forma y durante una hora trotaron entre los charcos de la marea baja, aliviados por la brisa que llegaba desde el mar. Por encima de las dunas y de una incipiente hilera de chalets, cerrando el horizonte, se alzaba la masa compacta de la Plaza de Toros.

              La sirvienta le trajo una sopa espesa y aromática de verduras que sorbió con fruición. Pero no quiso probar el pescado que venía en la misma bandeja porque las arcadas le ganaban de nuevo la garganta. Sentía la fiebre y anheló dormir sobre todo para olvidar el punzón que le taladraba la ingle.

             Ahora jugaba, siendo niño, en Masanasa, su pueblo natal, encaramado al talud del ferrocarril, a saltos entre el balasto y las durmientes. Una o dos veces por jornada aparecía el tren envuelto en humo y el grupo de chiquillos aguantaba en la vía hasta el último momento. Pero esta vez es él quien conduce el convoy. Marchan muy rápido. Al fondo, sobre el carril, ve un hombre con los brazos en cruz. Tira desesperadamente de la palanca pero la máquina le arrolla y deshace.

              Los arrozales y la albufera. Él sentado en un tablón ancho, en medio de la barca que avanza por un callejón de agua entre cañares. El tío Genaro perchea en el barrizal entre espesas franjas de hierbas acuáticas que no dejan ver la margen. El paisaje oscuro se enciende de pronto con un horizonte de llamas que rodea la laguna. Tal vez la pista de escape está próxima pero nada les ayuda a encontrarla. El fuego se hace más cercano, se enrosca hasta lo alto del cielo en un círculo donde es imposible la salida.

            Gritó sofocadamente para despertar. A la penumbra de la habitación llegaba el rumor ahora apagado de la calle. Estaba amaneciendo y no quiso dormirse de nuevo para evitar la pesadilla. Como la luz le iba a molestar, se deslizó hasta el borde de la cama y tendió la mano para entornar las cortinas, pero justo alcanzaba a tocarlas con el extremo de los dedos y no le apeteció forzarse por temor a caer. Los ojos fijos en el techo, su memoria le traía imágenes en movimiento y color, de la infancia, de las primeras capeas, las caras aztecas de las dos temporadas mejicanas, pero no lograba rescatar el pasado más reciente, salvo la cornada seca contra las tablas, la tarde anterior.

             Poco a poco el mundo que le rodeaba se iba poniendo en marcha. Llegaban de la cocina los olores espesos de la verdura y por la calle unas mujeres voceaban en el idioma local la venta de pescado. Todo idéntico a las mañanas precedentes, como si no hubiera ocurrido nada en las últimas horas. Solo que ahora el frío le había ganado la pierna herida.

              El doctor Eizaguirre – así le llamó la patrona – entró jovial con los periódicos de la mañana bajo el brazo.

            -¿Qué tal se pasó la noche, maestro? Si quiere leo las reseñas de la corrida, antes del lavado.
             Las crónicas censuraban el ganado disparejo y su falta de encaste. A Chicuelo, sin facultades ni valor, le invitaban a retirarse definitivamente. Saleri flojo de recursos pero bien con el estoque en sus dos toros. Y de Valerito encomiaban su temple y agallas. Incidentalmente señalaban que su peón Morenito de Valencia había sido empitonado por el sexto de la tarde al no poder refugiarse en un burladero atestado.

              Lejanamente sintió todo aquello, que antes constituía su vida, como un sueño absurdo. Cerró los ojos porque no aguantaba la fiebre y a través de los párpados le pareció ver cinco puntos negros suspendidos en el techo. El médico cortó el vendaje hurgando en la herida infectada que ya no le dolía. Entre tanto, alguien leyó el telegrama que Valerito remitía desde Bilbao deseándole una pronta recuperación. Todo era como estar soñando de nuevo.

               Pidió agua. Le ayudaron a incorporarse y la fue tomando golosamente, a pequeños tragos, aliviado al sentir cómo le corría por la lengua y la garganta resecas.

               En un recipiente de cristal el médico había depositado la masa viscosa de pus. Le repugnó ver su ingle purulenta y ennegrecida y una vez más a punto estuvo de vomitar. El médico trabajaba en silencio, sin las palabras de ánimo de la primera visita. Ahora le cubría delicadamente la pierna hinchada con un ligero vendaje. Se vio de nuevo en la plaza abarrotada y luminosa, el arranque inesperado del toro olvidando el engaño, la cornada contra el burladero y el despertar doloroso en la enfermería. ¿Hubiera podido evitar todo eso? Curiosamente sintió que ya no le importaba. Aquel incidente debía de estar escrito en algún sitio desde el principio. El doctor se despedía hablándole de la situación estacionaria de la herida y que habría de esperarse algunas horas para ver su evolución. Volvería al anochecer.

              Solo en la habitación pensó en dormir porque la modorra le iba empapando otra vez, pero sabía que permanecer vigilante era su única defensa. Oía gritar en la calle, aquellos gritos eran también suyos y le mantenían despierto.

              Ya era el atardecer de nuevo a través de las ventanas de la sala. Se siente caminando bajo la bóveda de árboles. Al final del sendero hay un muro de nichos que una niña limpia con la rasqueta. Atraviesa un pasadizo negro solo iluminado por el resplandor de una hoguera lejana. A la salida monta en el carruaje que le está esperando. El mayoral azuza los caballos, circulan rapidísimo y en una curva vuelcan con un estrépito enorme. Tendido en el talud percibe borrosa la imagen de un hombre vestido de negro que recita plegarias y le unge los labios y la frente. Ahora está en el arenal, al otro lado del río, pero el terreno no es firme como cuando corría sobre él para ejercitarse, o como el albero de la plaza, sino fangoso y encharcado. Entreoye a sus espaldas el tumbo del mar, la marea creciente, las olas cada vez más cercanas y quiere huir hacia las dunas del fondo, alcanzar la cima donde se alza la plaza de toros, pero no lo logra. Los pies se le hunden hasta el tobillo, cada paso es un suplicio inaguantable. Grita por despertar de aquella pesadilla y no lo consigue. Caído en la arena solo alcanza a emitir un gemido antes de que el agua le cubra el cuerpo.


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