| por Iñaki
Etxarri
SERAFÍN MARÍN Y SU CUADRILLA
En esto uno lo tiene muy clarito. Triunfadores
de la Semana Grande: Rafael Perea "El Boni",
pedazo de torero, César Pérez, pedazo de
torero, Plácido Sandoval, pedazo de torero a caballo.
Que quiénes son. Pues tres toreros de los pies
a la cabeza que van en la cuadrilla de Serafín
Marín.
El Boni lid ió
como los ángeles al tercero de la tarde en la corrida
de San Martín. ¡Seis capotazos, seis!, que
los conté, le bastaron durante toda la brega a
ese toro para dar un curso de buen toreo. Seis capotazos
suaves, de seda, y ese toreo a una mano... Definitivamente
El Boni es un torerazo. Quizás el más torero
de todos los que se visten de luces a lo largo de la piel
de toro y aquí incluyo a todo el escalafón
de matadores, novilleros, banderilleros, picadores...
Su compañero de cuadrilla, César Pérez,
no le fue a la zaga y ofreció otra lección
en el sexto de la tarde. Ambos además banderillearon
superiormente. Dejándose ver, ganando la cara del
toro, cuadrando en la cara, poniendo los palos arriba
y saliendo de la suerte andando, con majeza, sin correr.
Haciendo las cosas despacito. Un lujo. 
Pero es que la lección de la cuadrilla
de Serafín Marín, en estos momentos sin
duda la mejor de todas, no acabó ahí. ¡Por
fin vimos picar a un toro en Illunbe! ¡Milagro!.
Plácido Sandoval se dedicó a torear a caballo.
Ni más ni menos. Dando los pechos del equino, saliendo
toreando desde el estribo hasta la raya y sujetando al
toro, que se vino de lejos en el segundo encuentro, con
un puyazo en todo lo alto. ¡Qué bonita es
la suerte de varas cuando se hace bien! Y se hace tan
pocas veces bien...
Por ello, considero que los verdaderos triunfadores de
la infausta Semana Grande del 2004 fueron estos tres toreros.
Bueno, estos tres y su matador, Serafín Marín.
Un torero joven, con una afición tremenda, que
permite a su cuadrilla expresarse de esta manera en el
ruedo sin esos celos absurdos de muchas figuritas de pitiminí
que no dejan a sus subalternos robarles ni un segundo
de protagonismo. ¡Qué equivocados e stán!
No se dan cuenta que con una buena lidia el toro siempre
desarrollará mejor lo que lleva dentro y que con
un espectáculo como el que ofreció esta
cuadrilla en Donosti el público, y sobre todo los
aficionados, nos predisponemos a favor del matador. Y
si éste, como es el caso, intenta hacer las cosas
bien y a veces hasta lo consigue, pues el triunfo está
asegurado.
El de Moncada i Rexach se topó
con el mejor lote de esa tarde y estuvo a la altura de
sus oponentes. En sus dos faenas se afanó por ponerse
en el sitio, enganchar las embestidas adelante, bajar
mucho la mano y rematar los muletazos detrás de
la cadera. En bastantes ocasiones lo logró, aunque
sus trasteos no fueron redondos y tuvieron altibajos,
que es el gran defecto de este torero.
Como mató a sus dos enemigos de
estocadas fulminantes se le concedieron dos orejas, una
por toro, quizás excesivas, es posible, pero no
vamos a regatear elogios a quienes nos ofrecen el espectáculo
de lidiar a los toros de principio a fin, una rara excepción
que debiera ser la norma, pero corren tiempos de vulgaridad
supina en la fiesta.
Por lo demás, en el cuadro de honor
también debe de figurar José Ignacio Uceda
Leal. El madrileño se entretuvo en dar, a su primer
Victorino, los mejores muletazos de la feria. Toreo hondo,
clásico, profundo, sobre todo con la izquierda.
Pero el rey de espadas del escalafón falló
esta vez con la tizona y el triunfo se le fue, aunque
ahí quedó su obra. En el cuarto de la tarde
no bajó sus prestaciones. Fue ésta una obra
distinta pues su enemigo no tenía la bondad del
primero. Uceda hizo aquí una faena seria, seca,
ante un toro complicado al que acabó dominando
y toreando. Esta vez si lo mató y cortó
una oreja de ley. De lo mejor de la feria.
Sin cortar orejas, que al final no son
más que despojos, Abellán y El Cid tuvieron
un paso destacable por Illumbe. El de Usera hizo un toreo
serio, sin concesiones a la galería, con verdad,
ante dos toros de distinta condición. Uno noble,
aunque tardo, y otro complicado y flojo. Bien Abellán
que, además, estuvo perfectamente colocado toda
la tarde, siempre pendiente de la lidia, y ejerciendo
como director de la misma.
El Cid nada pudo hacer ante su primero,
un toro flojísimo cuya invalidez le hacía
defenderse y lanzar peligrosos gañafones al pecho
del torero. Con el otro, un tío de Victorino muy
reservón, estuvo firme, serio, seco... no pudo
sacar a relucir su zurda de seda, la mejor del escalafón,
pero dejó su cartel intacto.
Igualmente es de destacar el gesto de
Sebastián Castella. El francés, se mantuvo
en el ruedo hasta matar a un toro que le atravesó
el muslo en el primer muletazo de la faena al iniciar
la misma con un pase cambiado en los medios. Gesto que
se le valora, pero su arrojo y vergüenza torera no
deben de tapar su falta de técnica. Falta de técnica
que le hace estar en numerosas ocasiones a merced de los
toros porque pisa terrenos comprometidos, pero le faltan
recursos para resolver. Debe de evolucionar porque el
arrojo se escapa a chorros por los boquetes de las cornadas
y si sólo se tiene esa cualidad...
Cumplió Antonio Barrera. El sevillano,
torero de la casa, cogió una de las sustituciones
y estuvo digno e intentando sacar agua de dos pozos secos
como eran sus dos ¿enemigos? de Ana María
Bohórquez. Se le vio en buen momento, remontando,
como demostró luego en Bilbao, pero es el torero
con más mala suerte del mundo y días más
tarde un toro le rompió la tibia y el peroné
en Barcelona.
La alternativa de Eduardo Gallo era, a
priori, el suceso de la feria. El salmantino llegaba a
Donosti con la aureola de su triunfo en Las Ventas, arropado
por cientos de paisanos y en un cartel de supuesto lujo.
Pues bien. No dijo nada. Dos orejas de regalo. Baratas,
baratísimas, de la tómbola de Illunbe vamos.
Ante dos toros-birria se le vio embarullado,
sin ideas, tosco y ventajista, con el único recurso
del arrimón final ante el toro moribundo, que tanto
impresiona a las masas taurinamente incultas. Pese a ello,
los despojos regalados le valieron para coger la sustitución
de Ponce el jueves 12. y ahí estuvo peor. Ante
toros más birria todavía estuvo más
ventajista y más embarullado aún. Decepcionó
totalmente. Mucho tendrá que mejorar si quiere
ser alguien en esto, aunque cualquiera sabe. Igual para
ser alguien hay que estar así de mal. En fin.
Quien estuvo a lo suyo fue El Fandi. El
atleta-torero. Bueno, me he pasado, el deportista que
se viste de luces hizo lo que sabe: Correr, correr y correr
para poner un palo aquí y otro allá. Espectáculo
apropiado en vísperas de los Juegos de Atenas,
que debió gustar mucho al público porque
le regalaron una oreja y dio, además, una vuelta
al ruedo. Ah, con la muleta, la nada absoluta.
Quien ya no parece gustar tanto es César
Jiménez. El de Fuenlabrada desplegó, una
vez más, su tauromaquia, cursi, amanerada, rimbombante,
tramposa, ventajista... Lo malo para él es que
ya no hace gracia. Es empalagoso hasta el empacho y en
Illumbe está más visto que le tebeo. ¿El
año que viene otras tres tardes? 
Lo mismo se puede decir de Finito de Córdoba.
Aquí tuvimos la fortuna, por lo menos, de sufrirle
sólo una vez... y madre mía qué cruz.
Como cruz la de Dávila Miura. El
sevillano tiene la buena suerte, o la mala más
bien, de que le tocan casi siempre los mejores toros.
Sucedió en San Isidro, con los de Cuadri, y volvió
a ocurrirle en Donosti. Su primero de Victorino fue un
bombón, noble y muy flojo, al que su punto de bravura
le hacía galopar y venirse de largo para seguir
las telas como un carretón con el morro por le
suelo.
Pues Dávila Miura le toreó,
es un decir, muy templado y dejándoselo venir,
pero totalmente despegado, abusando del toreo periférico,
largando tela, metiendo pico... En fin, la neotauromaquia.
Mal, pese a la orejita. Al otro, un toro serio, encastado
y que requería mando y poder no lo quiso ni ver
o no supo qué hacer con él y fue pitado.
¡Los illunberos pitando a un torero! Así
estuvo.
Matías Tejela y Salvador Vega llegaban
con la aureola de los jóvenes que vienen apretando.
Pues bien, se fueron inéditos ante una corrida
lamentable que no les dio opción. Pero ellos y
sus mentores tienen la culpa. Si este es el camino que
emprenden para ser figuras no merecen serlo.
En el pecado llevan la penitencia y toda
la culpa es suya por apuntarse a matar corridas tan lamentables
y podridas como fue la de Ana María Bohórquez.
He dejado para el final a César
Rincón y al Juli. El colombiano cortó una
oreja en su primera comparecencia y algunos quisieron
ver en él al maestro que maravilló a principios
de los noventa. Pues no. Dio distancia sí, se los
trajo de lejos sí, pero para desplazar a sus enemigos
hacia fuera, meter pico, retorcerse, con la mano muy baja
eso sí, pero... No e s,
ni de lejos, el que fue un día.
Triunfo facilón, de plaza de pueblo.
Su “triunfo” le valió sustituir a Ponce
el sábado en la patochada de corrida de Las Ramblas.
La de los toros sangrando por los pitones. Vergonzoso
que un matador con su hoja de servicios se apunte al esperpento
pergeñado por los mentores de las dos supuestas
primeras figuras del escalafón.
Y el Juli, pues eso. Ya no hace gracia.
Ni es el niño-torero. Los illumberos no le perdonaron
que ya no banderillee (¡menos mal!) y la pagaron
con él. No estuvo ni mejor ni peor que el resto
de figuritas. O sea estuvo mal y en sus dos tardes le
abroncaron al abandonar la plaza. Es la moda.
De cualquier manera, se le ve sin ilusión
, apático, aburrido... quiere hacer el toreo serio
y no sabe o no puede. Sin el desparpajo, variedad y alegría
de sus primeros años es uno más. Y yo me
pregunto: ¿Por qué le pitaron realmente
los illunberos? ¿Por no banderillear o por imponer
dos pseudocorridas de toros podridas y humanizadas? Me
temo lo peor.
Como se puede comprobar no he dicho nada
de los caballitos. Qué le vamos a hacer. A uno
no le gusta este espectáculo. Aún así,
la corrida de rejones fue infumable. Cartel de pueblo.
De pueblo chico. Y así resultó.
En la mixta del día doce, el único
lleno de la feria y este es el primer triunfo de Pablo
Hermoso de Mendoza, el estellés dio espectáculo,
que no es lo mismo que torear, con su nueva cuadra llena
de caballos que llegan mucho al público. Éste
se fue encantado, pero yo eché en falta ese toreo
que hacía antes. Muy de verdad, citando en corto,
dando los pechos, clavando al estribo y no a la grupa.
No sé, igual es que soy un bicho
raro. ¿O yo seré el cabal y los illunberos
los raros? A saber.
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