EL NEGOCIO DEL FALSO TORISMO.

 

Casos y cosas de "Bilbado", o mejor dicho ¿a quine quieren engañar?

No hacía falta mas que echar un vistazo a los carteles cuando fueron presentados para darse cuenta que Bilbao, antaño feudo torista, está totalmente rendida al torerismo más absoluto. Resulta insostenible defender el carácter torista de Bilbao cuando todo aficionado sabe que, a día de hoy, ninguna figura se mide al toro de verdad ni por asomo.

Sería de necios negar la evidencia de que en Bilbao sale un toro mucho más ofensivo que en cualquier plaza de primera categoría ( a excepción, diría yo, de Pamplona y Madrid, y en muchos casos ni eso). Desde luego es un hecho loable, aunque todo ello no sea mas que un simple detalle en el análisis de toda una feria.

Los resultados están ahí, y por mucho que la Junta Administrativa del coso quiera ponerse laureles, la mayor de las evidencias es que, precisamente los aficionados echaron, y mucho, en falta la presencia del toro-toro en la feria bilbaína.

Es un error de base el atreverse a enjuiciar a un toro por su mera tenencia de dos poderosas defensas, no se puede enjuiciar el trapío de un toro por un mero elemento, sencillamente porque la conjunción de todos sus atributos son lo que a la postre deben provocar la valoración del mismo. Hubo toros muy bien presentados por delante, sin ningún lugar a dudas, pero hubo toros con trapío en contadas ocasiones.

Bilbao se ha rendido al toro con pitones, al toro sin armonía, sin cuajo ni remate, al toro descastado con cierta presencia que en nada se parece al toro bravo que reclama el aficionado.

Jamás podríamos esperar que las corridas en las que actuaron las figuras fuesen a ser un dechado de bravura, y a la vista estuvo. Es indudable que tan solo hubo dos corridas (un cuarto de las lidiadas) que merecieran el calificativo de “corridas de Bilbao”: Cebada Gago (con una corrida para lidiarla y dominarla) y Victorino Martín (con un encierro variado, entretenido y con varios ejemplares, sobre todo el quinto de un juego excelente), el resto, con todos mis respetos resultaron ser un insulto para el nombre y la categoría que en su día tuvo el coso bilbaíno.

Irregular y negativas todas las corridas en las que hubo figuras; inadmisible la de Javier Pérez Tabernero, bochornosas las de San Martín y Alcurrucén, tremendamente bobaliconas y nobles para el trampeo de las figuras las de Torrealta y Torrestrella, mansa y descastada la de Samuel. Con semejante bagaje resulta intolerable que se hable de una feria exitosa, y muchísimo menos calificable como torista.

Y es que el ombligo del mundo se llama Junta Administrativa, un compendio de intereses que alardea de ser ejemplo y modelo para las ferias de signo torista en el país vecino y que no resulta ser más que un súbdito de su gerencia. De nada me vale el despotismo de su presidente, las muestras de mala educación y de severo autoritarismo de un hombre de avanzada edad que osó llamarme bárbaro en un coloquio para aficionados, porque sus argumentos, sus justificaciones y su falta de autocrítica ponen de manifiesto su nulo acierto en la gestión de una plaza rendida a los resultados económicos.

El mayor mérito de su Junta es estar a los pies de una empresa grande que es la que hace y deshace (por mucho que su presidente lo niegue con malas formas), el mayor mérito de sus miembros es pertenecer a un linaje, a una dinastía, a la jet de una ciudad, a un club distinguido, a la escala social de una ciudad, que escoge a los miembros de su junta administrativa y que en ningún caso está compuesta por aficionados.

Lo digo con toda la sinceridad del mundo, pues si realmente fuesen aficionados intentarían por todos los medios demostrar su criterio, su carácter y su identidad como aficionados de Bilbao, no se dejarían llevar por el triunfalismo torista que cada año encumbra a un torero diferente, y, sobre todo, dejarían clara su apuesta por el toro sin tener la necesidad ególatra de contratar figuras.

Bilbao rindió tributo a un nuevo ídolo, ayer fueron El Juli y César Jiménez, destronados, desheredados y descubiertos como falsos toreros, hoy se cantan las glorias de un Salvador Vega que no tuvo delante a un toro, pues si así hubiese sido se hubiese demostrado aquello de que el toro bueno descubre al mal torero. De mientras un torero con todas las letras, El Cid, hizo el toreo puro a un Victorino mientras la gente no se enteraba de la misa a la media. Y todo ello bajo la atenta mirada del máximo ídolo del público bilbaíno, un Enrique Ponce que tuvo destellos con un noblote y se paseó por sus casa a sus anchas....

Seguirán queriendo jugar con la hipocresía de un torismo hecho para las figuras, con una autogestión dirigida a capricho por una empresa, seguirán menospreciando el carácter de una plaza que nada tiene que ver con el ejemplo de torismo que nos quieren vender. Bilbao debe recuperar el criterio desde el público, y lo debe hacer exigiendo el toro de verdad.

Mientras tanto uno emigrará más allá de la frontera para disfrutar con el toro en Vic- Frezenzac, en Ceret, en cualquier gueto de aficionados que se autogestionan y que apuestan por el toro sin tener dependencia de falsas figuras y de hipócritas teorías de falso torismo. Lo mejor de todo es que con todo ello seguiré armándome de razones para defender lo que defiendo y para poder seguirle diciendo al señor Díaz de Lezana que ni su autoritarismo, ni su egolatría pueden sostener su teoría del falso torismo.

Salud.

Eneko Andueza


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