| Eneko
Andueza
Duele ver como muere el encierro pamplonés,
nos duele especialmente a aquellos que lo vivimos por
raíces sanguíneas, a aquellos que lo vivimos
en primera persona como corredores.
Es una evidencia que el encierro pueda morir, que, paradójicamente,
pueda morir de éxito. Es una realidad que se comprueba
año tras año y que, casi de forma irremediable,
llena de resignación a todo el componente sentimental
y tradicional de un encierro incomparable.
Lo cierto es que el problema de la masificación
supone un cáncer tremendo para el normal desarrollo
del encierro (incluso, en mi opinión, para la propia
espectacularidad y pureza de la carrera), pero no es menos
real la aparición de nuevos problemas que añaden
un mayor componente negativo a toda la problemática
del encierro.
Cuando uno participa como corredor habitual del encierro,
como es mi caso, puede entender a la perfección
hechos y realidades que le quitan las ganas de jugarse
la vida cada mañana del 7 al 14 de julio.
Se debe partir de un error informativo que provoca una
masiva participación de personas que poco, o nada,
saben del encierro. Ignorancia supina de muchos extranjeros
que se introducen en el recorrido al reclamo de una errónea
información que les enfrenta a un desconocimiento
absoluto de una tradición, de un sentimiento, que
les empuja a participar en un acto sacralizado por ellos
mismo desde el momento que infravaloran el riesgo que
corren.
Las imágenes televisivas (siempre acompañados
de equivocados comentarios), el absoluto desconocimiento
del informador, la visión del encierro como una
actividad excitante, folklórica, exenta de riesgo,
llena de literatura y fácil de ejecutar provoca
la masiva participación de gentes provenientes
de todo el mundo que hacen suya una tradición absolutamente
desconocida.
El encierro es utilizado de forma excesivamente morbosa
por parte de los medios de comunicación.
La continua utilización de las imágenes
y fotografías con mayor componente morboso no muestras
la belleza, singularidad y pureza de la carrera, ni mucho
menos. Ahora bien, vende mucho más una fotografía
de una cornada que una preciosa carrera a trasluz en la
cuesta de Santo Domingo.
Es indudable que han convertido una tradición en
negocio, un sentimiento en algo vano, han convertido el
encierro en algo vulgar, morboso, turístico, y
con todos mis respetos, eso es inadmisible.
Han hecho de Estafeta un plató televisivo con actores
principales y secundarios. Son pocos los corredores de
este tramo que visten enteramente de blanco. Los divinos
deben hacerse notar en los mejores planos televisivos,
los corredores nacionales deben lucirse ante sus paisanos,
se busca la foto, el plano, la imagen, porque la calle
ya no es calle, es estudio, y el encierro ya no es encierro
es mero protagonismo.
Hemos visto publicidad en camisetas de corredores, entrevistas
continuadas a los divinos de siempre que creen ser los
absolutos protagonistas del encierro y que son capaces
de matar con tal de conseguir una buena carrera (que casi
siempre no es la mejor), o mejor dicho, un buen plano
televisivo.
La gente ya no corre por sentimiento, no corre porque
lo lleve dentro, por tradición, la gente corre
por protagonismo, y ahí es, precisamente donde
se encuentra uno de los mayores problemas.
Cada vez somos menos los que nos “sentimos”
con una sencilla carrera. Cada vez son menos los que cruzan
el vallado por el ayuntamiento con las dianas como música
de fondo, cada vez son menos los que seguirán siendo
anónimos corredores del encierro.
El problema es de base, y no solo se encuentra en los
pérfidos extranjeros que ultrajan la fiesta, hay
mucha gente venida desde muchos puntos de la geografía
nacional que también contribuye, y mucho, a perjudicar
seriamente al encierro. Ya no se puede dar distancia al
toro en muchos tramos del recorrido, ya no se ven carreras
vestidas de blanco y rojo templando embestidas y mandando
en el toro, ahora solo se ven espaldas pegadas a los pitones
entre una nube de codazos que ciega la visión del
toro, continuos errores e imprudencias que provocan indignación.
Ya no se puede disfrutar den encierro, sino de un acto
desvirtuado al extremo que ve morir sus raíces
sin remedio.
Tan solo los tramos desde Santo Domingo a Mercaderes guardan
con celo la pureza de una tradición que vive con
tristeza una muerte anunciada. Una lástima.
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