| En
la hora del análisis de lo que han dado de sí
las actuaciones de los cuarenta y cuatro matadores de
toros que han actuado en San Isidro hay
que destacar, muy por encima del resto, a Manuel
Jesús "El Cid". Como diría
el Guerra: primero El Cid,
después "naide" y después de "naide"
los demás. Bueno, todos los demás no, sólo
algunos.
El de Salteras realizó el sábado
cinco de junio, al segundo de Victorino,
la que para mí ha sido, con diferencia, la faena
de la feria... y de muchas ferias. Al noble saltillo,
El Cid le enjaretó cinco series,
cinco, de naturales hondos, profundos -sobre todo las
tres primeras series-, rotundos, de verdad, cargando la
suerte, ligando... En resumidas cuentas, hizo el toreo.
El torero clásico, el de toda la vida. Tenía
la puerta abierta de par en par, pero, como le ha ocurrido
ya tantas veces a este torero, se la cerró él
solito por su pésimo manejo de la espada. La vuelta
al ruedo, que dio entre lágrimas, fue de clamor.
A su segundo toro, éste mucho menos pastueño
y más encastado, le hizo otra faena de mucho mérito
y aquí sí que metió la mano, y aunque
la espada cayó baja, pudo pasear un apéndice.
Y como a mí lo de las orejas me importa un pimiento
pues le proclamo el triunfador, rotundo además,
de la feria. En la actualidad, es la mejor mano izquierda
del escalafón y quizás el torero que mejor
y con más profundidad y clasicismo dibuja el toreo.
Además normalmente se las suele ver con corridas
encastadas. No en vano este año va a matar la camada
entera de Victorino y las figuritas de
pitiminí no le quieren ni ver en los patios de
cuadrillas porque le temen más que a un nublao.
Enhorabuena torero... pero hay que practicar con el carretón
Tras él, en el podio de honor estaría Curro
Díaz. El de Linares desparramó
su arte y su pellizco por el ruedo venteño ante
un torazo encastado de Cuadri. Su inicio
de faena, con una sucesión de pases de la firma,
trincherillas, ayudados y pases de pecho, fue bellísimo.
Luego, no terminó de cuajar con rotundidad al buen
Cuadri, pero perfumó el albero
madrileño con varios muletazos sentidos, en un
toreo desnudo de aditamentos técnicos, aunque pleno
de arte y sentimiento. Su gran mérito es que éste
era su primer paseíllo del año y que la
pasada temporada sólo se vistió de luces
en dos ocasiones. Una de ellas en Madrid
y ante la corrida del Cura de Valverde.
Además, realizó su obra frente a un toro.
Un tren de 619 kilos. O sea, un toro de verdad.
Ésta es la gran diferencia entre la faena de Curro
Díaz y la de Antón Cortés
al del Puerto de San Lorenzo. El típico
toro moderno. Blando, cuasi inválido, noble y chochón.
El gitano albaceteño hizo una faena muy plástica
y bella, pero también con intermitencias y pienso
que la plaza vio en su actuación más de
lo que realmente hubo. Estuvo bien, pero su enemigo era
un bombón. Y si no hay toro...
Destacable también, sin duda, la lección
de hombría que ofrecieron, el día de los
adolfos, Liria y Encabo.
Frente a dos toros encastados, ambos dieron todo lo que
tenían, mucho o poco, que ese no es el tema, pero
allí hubo dos toreros de una pieza que siguieron
toreando tras ser heridos. Y enfrente estaba el toro o
sea que si lo que estamos reclamando es que las figuras
se las vean con animales de verdad hay que reconocer el
mérito que tuvieron el madrileño y el murciano
esa tarde. Como Fernando Robleño,
que, ante los samueles y la victorinada volvió
a dejar patente que es uno de los toreros más honrados
y valientes del escalafón. Su torero, a falta de
estética y muy condicionado por su baja estatura,
rezuma verdad. Cortó una oreja, quizás un
tanto generosa, pero ¡viva la generosidad con los
toreros valientes! Como valiente estuvo Javier
Valverde, frente a uno de Adolfo Martín,
también encastado, y que pedía el carnet.
Quizás, quizás no, seguro, y más
en su situación actual dentro del escalafón,
habría que haberle pedido algo más. Pero
por lo menos, dio la cara y todavía mantiene una
parte del crédito que se ganó en Las
Ventas de novillero.
Y valientes estuvieron, tanto como ayunos de técnica
y capacidad lidiadora, Rafaelillo y López
Chaves, que en la primera de feria se las vieron
con el encierro más correoso, duro de patas y fiero
del abono isidril: El de José Escolar.
El ganadero envió una corrida de las que ya no
se ven en estos tiempos de fiesta amanerada y falsa y
los dos espadas, que apenas torean, la mataron con una
tremenda dignidad. Lo que en su situación es de
alabar.
Para valor, a veces un tanto suicida, el de Abellán.
El madrileño salió a revientacalderas las
tres tardes en las que actuó y, hasta que llegó
la gran faena del Cid el último
día del abono, dio incluso los mejores naturales
de la feria a un manso de Gavira aquerenciado
en tablas. Dio tres vueltas al ruedo y de no haber fallado
con la espada, el día de la corrida de Gavira
habría salido por la puerta grande, aunque el premio
que al final se llevó me parece más acorde
con sus actuaciones. De cualquier manera, salió
reforzado de la feria, pero debería de reflexionar
porque lleva ya muchos años de alternativa y sus
triunfos deben de empezar a llegar ya por la vía
del buen toreo más que por la del atragantón.
Lo mismo le ocurre a Sebastián Castella
que estuvo valiente, pero no supo decir el toreo. Se llevó
una cornada en la corrida de Samuel Flores
y continuó toreando buscando un triunfo que al
final no llegó, pero al menos merece un respeto
a su pundonor.
Análisis aparte merece otro de los jóvenes
que teóricamente han salido reforzados de la feria:
Matías Tejela. Ha sido el único
matador de toros que ha abierto la puerta grande de Madrid,
tras cortar dos orejas a un toro muy noble del
Ventorrillo. ¿Estuvo bien? Pues sí.
¿Para cortar dos orejas? Pues no. Su faena fue
buena a ratos, sobre todo cuando cogió la franela
con la izquierda, se puso en el sitio y dibujó
un par de muletazos largos, templados y con la mano muy
baja, pero a lo largo de la misma hubo altibajos, abusó
en ocasiones de citar al hilo del pitón, torear
con el pico y desplazar la embestida hacia afuera. Y así
no es el toreo, aunque demostrara, en esta faena, poseer
un temple extraordinario. Tejela desaprovechó
además el primero de su lote de esa corrida, al
que no le cogió nunca el aire. En su otra actuación
bajó el diapasón y anduvo hasta vulgar.
O sea que de triunfador absoluto, como le han querido
proclamar algunos por ahí, nada de nada. Tiene
condiciones, pero habrá que observarle con lupa
para ver hacia donde camina su toreo: Por el camino de
la verdad y la profundidad o por el de la estética
vacía.
A medias se quedó otra de las jóvenes promesas:
Serafín Marín. El catalán
es un torero que trata de hacer las cosas bien y tiene
valor, pero al que le cuesta mucho templar y cogerles
el ritmo y las distancias a los toros. Cortó una
oreja, pero se dejó ir un par de buenos ejemplares
a los que sólo cuajó con intermitencias.
Va a ser un torero a seguir, pero por sus características
creo que se va a ir poniendo en sazón poco a poco,
aunque al final explotará porque tiene mucha afición.
Dos toreros de los que se esperaba más,
pero al final no explotaron fueron Uceda Leal
y Juan Diego. Ambos de corte clásico,
no acabaron de dar la medida de sus supuestas posibilidades.
Uceda, después del buen ambiente
que dejó tras su encerrona del dos de mayo, ha
tenido seis toros para dar de una vez por todas el aldabonazo
definitivo que lo aúpe a los primeros puestos del
escalafón. Cierto es que no ha tenido toros, pero
su caso puede ser el típico de esos toreros a los
que se está toda la vida esperando y no acaban
de llegar nunca. Eso sí, con la espada es un cañón
y dejó para el recuerdo tres o cuatro estocadas
antológicas. Es, sin duda, el mejor matador de
la actualidad.
El de Juan Diego es otro caso preocupante.
Tras su zambombazo en el verano pasado se le esperaba
con interés, pero llegó a Madrid
con cierta apatía y sin decir apenas nada. A última
hora pareció darse cuenta de que la feria se le
iba y en su último toro, el día de los ibanes,
ofreció algunos destellos. Dió una vuelta
por su cuenta y, en fin, prácticamente se dejó
ir la feria sin decir mucho. Y lo malo es que lo mismo
se puede decir de su paso por Valencia, Castellón
y Sevilla.
Quién sí que estuvo a la
altura de las circunstancias fue el albaceteño
Sergio Martínez. Toreó
muy bien, con intermitencias, a un gran ejemplar del
Conde de la Corte, pero ¿qué más
se le puede pedir a un hombre que apenas torea? Tiene
un buen concepto del toreo lo que le llevó a cortar
una oreja. Nombre a seguir.
El Fandi y Ferrera ofrecieron
buenas dosis de su espectáculo, mitad circense
mitad atlético, en el segundo tercio. Aún
así, entre los dos hay diferencias. El granadino,
a pesar de todo, trata cuando menos de cuadrar en la cara
al poner los garapullos y de asomarse al balcón
con verdad. No es ortodoxo, pero... Con la franela es
tosco y vulgar, pero tiene voluntad. Cortó una
oreja pueblerina después de que los Borjamaris
de sombra se impresionaran con la voltereta que le propinó
el toro en uno de los pares. Ferrera
es otra cosa. El torero que salió lanzado del San
Isidro del 2002 es, en la actualidad, un saltimbanqui
gesticulante, que en la plaza más parece un recortador
que un matador de toros. Puede estar acabándosele
el chollo de vestirse de luces setenta tardes al año.
Entre los matadores que superpueblan la
zona media baja del escalafón pasaron sin decir
nada, lo que en su situación es como un fracaso,
El Fundi, Javier Castaño, Oscar Higares,
Rafael de Julia, Gómez Escorial, Antonio Barrera,
Jesús Millán, José Luis Moreno, Iván
García, Juan José Padilla (intentó
estar serio y hacer el toreo ante el bombón de
Miura que le tocó en suerte, pero
de donde no hay...), Leandro Marcos, Sánchez
Vara, Iván Vicente y Andrés Revuelta,
quien tomó una alternativa a la desesperada que
no la va a resolver, al menos de momento, nada.
De entre este pelotón de las medianías
fueron sonoros los fracasos de Manolo Sánchez
(abúlico y sin ganas), Luguillano
(se asustó ante un torete de Carlos Núñez
que parecía tener posibilidades), Eugenio
de Mora (totalmente descentrado y con una apatía
desesperante), El Califa (torpón
y sin poder refrendar el triunfo del pasado año)
y Dávila Miura (que no quiso ver
a los dos bombones de sus tíos ante los que se
enfrentó y se dejó ir miserablemente a Fogonero,
de Cuadri, y posiblemente el toro de
la feria).
He dejado para le final la actuación
de las mal llamadas figuras. Enrique Ponce
levantó pasiones, a favor (los Borjamaris de sombra,
taurinos, gacetilleros, juntaletras, radiofonistas y demás
fauna) y en contra (la afición) por su faena a
su segundo toro de la corrida de Valdefresno,
la única que mató. La considerada principal
figura del escalafón actual trajo a Madrid
una corrida fea, podrida, descastada, inválida
y sospechosa (tres fueron rechazados por los veterinarios
por supuesta manipulación de las astas). Vamos,
lo que le gusta para hacer su “destoreo
técnico”. Y el valenciano nos dio
un auténtico recital de sus mejores “virtudes”.
Totalmente fuera de cacho, más
en la oreja del bicho que en la pala del pitón,
pierna contraria atrás, muy atrás, pico,
pico y más pico y para afuera, siempre para afuera.
Así, sin obligar al toro (¡cómo le
iba a obligar si era un inválido total!) la gente
se volvió loca, algunos, cuando a los ocho minutos
de faena, dio una serie con todos sus habituales defectos-virtudes,
incluida esa horrenda carrerita entre muletazo y muletazo,
eso sí bajando un tanto la mano. Luego, los también
habituales ayudados por bajo, el aviso antes de entrar
a matar, pinchazos y más pinchazos, otro aviso
(en esto sí que es una figura de época)
y al final el toro que se echa.
Así fue la que algunos han calificado
como un faenón histórico. ¡Mentira,
mentira y mentira! Ponce volvió
a demostrar en Madrid que es el rey del
toreo actual. El toreo del medio o cuarto de toro, el
del alivio constante, el de esta fiesta vacía y
de pantomima que nos quieren vender los taurinos. Taurinos
del que Enrique Ponce es su auténtico
gurú. Pero la verdadera afición de
Madrid (olé por su defensa de la fiesta
auténtica) no tragó con la mentira y la
podredumbre y ahí tiene, ¡bien que se la
ha ganado!, Ponce su penitencia.
El Juli, por su parte,
atraviesa un momento delicadísimo. Ha perdido totalmente
la frescura de sus inicios, ya no es el niño torero
aquel que encandilaba a los públicos. Ha echado
en el rincón del olvido la variedad con el capote;
la afición que demostraba en la plaza, hasta su
raza y ese no dejarse ganar la pelea nunca. Desnudo su
toreo de todos estos aditamentos, que eran los que le
hacían distinto, se ha convertido en la vulgaridad
personificada. Dice que anda buscando el clasicismo, pero
hasta la fecha sólo ha encontrado la ramplonería.
Fracasó sin paliativos en sus dos comparecencias
venteñas. Da la impresión de estar sin ganas,
triste, y pensando en otra cosa. Si sigue así no
me extrañaría que a fin de año decidiera
tomarse un descanso.
El resto de las figuras, en un escalón
inferior a Ponce y El Juli, pero figuritas
al uso al fin y al cabo. Pegaron el petardo. Finito
de Córdoba como siempre en Madrid.
Como bien escribía Carlos Ilián
en el diario Marca, este torero es un
provocador. Se encara con el público, gesticula
y luego, cuando le ponen el micrófono delante insulta
a la afición. Se dejó ir dos buenos toros,
intentado engañar a la gente con su toreo periférico,
sin apreturas, supuestamente estético y verdaderamente
tramposo. ¡Por favor!, que no vuelva más.
Poco más o menos se puede decir lo mismo de Caballero.
Que en Madrid demostró ser el caballero
de la triste figura. Pasó por allí frío
y distante, con un pasotismo desesperante. Otro que parece
más fuera que dentro.
A César Rincón
se le esperaba con mucho interés. No hay otro torero
en activo que presente mejor hoja de servicios en Madrid
que el colombiano. Su inicio de faena a Chiflado,
el toro de la incomprensible vuelta al ruedo, hizo concebir
esperanzas de que allí estaba otra vez el
“césar” del toreo. Otra vez
las distancias, el galope del toro, la muleta adelantada...
pero no fue posible. Entre que el toro no fue tan bueno
como muchos lo quisieron ver y que Rincón, no nos
engañemos, no es el del 93, allí no hubo
milagro. Destacar, eso sí, su honradez, ese empeño
en lucir al toro, pero... Pienso que se le trató
injustamente y al final la vuelta que se le dio alTorrestrella
y la división de opiniones que escuchó el
torero no fueron fiel reflejo de lo ocurrido en el ruedo.
Luis Francisco Esplá,
quizás alguien me pueda reprochar que lo incluya
entre las figuras, pero no me cabe duda ninguna en este
sentido, ha echado la peor feria de los últimos
años. Sin enemigos y sin darse coba ante la de
Nuñez del Cuvillo, desaprovechó
el buen pitón izquierdo de su primer Victorino
y quiso que el público percibiera como peor de
lo que era el segundo de su lote. Banderilleó con
vulgaridad y en resumen, estuvo mal. Sólo detallitos
y ese saber estar en el ruedo y dirigir la lidia.
Así vio la actuación de los toreros en San
Isidro este humilde aficionado.
IÑAKI ETXARRI
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