NO OS PREOCUPÉIS, QUE TODO TIENE BACHES...

 

Allá por los ochenta, tenía yo pocos años. En las calurosas tardes de julio de la ribera navarra, esperaba que mi madre se sofocase y me dejase su entrada para ir a los toros. Pero la muy puñetera nunca quería perderse la de los Miuras. Eran tan bellos animales, eran tan entretenidas las corridas, que ya podía caer fuego que no soltaba su abono. Y así empezó mi propio mito de la “A con asas”. ¿Qué tendrían aquellos toros?

Pasaron algunos años y ya pude disponer de un abono para mí. Y llegó la primera tarde de Miura: ¡vaya 6 morlacos! Mi habitual incontinencia urinaria al ir a la plaza multiplicó su intensidad por 6. Uno fue muy bravo, otro un manso de carreta y cuatro más que quedaban en la indefinición absoluta de mis escasos conocimientos. Todos de grandes arboladuras, laaaargos y muy altos. Pero lo más sorprendente es que tenían una cosa muy rara: HABLABAN.

Me estuvieron contando lo que hacían durante toda la corrida: “si no se pone en su sitio, a este lo voy a coger”... “más vale que me demuestres que puedes conmigo, porque si no te voy a enseñar quién puede aquí”... “no me vengas a dar trapazos, que me revelo”...

Así estuvieron toda la tarde, sin parar de hablar, sin dejar de contarme lo que estuvieron haciendo en la plaza. Eran los toros más profesionales que he visto jamás, pues se lo traían bien aprendido de casa: “a quien no me entienda y me haga las cosas en condiciones, me lo echo a los lomos”. Cumplían con su deber, eso que en estos tiempos llaman “pedir el carné”.

Sin embargo, éramos unos cenutrios: al bravo lo aplaudimos, al manso lo pitamos, y al resto un poco de cal y otro poco de arena. ¡PERO SI HABÍAN SALIDO TODOS CON FUERZA Y CON CASTA!

El otro día, por el contrario, nos aleccionaron sobre cómo valorar una faena: si un toro galopa, se le da la vuelta al ruedo, y al torero que le ha permitido galopar y ha aguantado su no brava embestida, se le manda con un cachete a casa.

Los ganaderos de Miura, se traían la lección aprendida de hace un tiempo. Así, cosecharon una ovación para el primero de sus Juan-Pedro-Miuras. Una ovación, sobre cuatro ¿toros? lidiados... toda una gesta en los tiempos que corren.

Y así, de golpe y porrazo, tenemos dos evidencias más de la imparable degeneración de la grandiosa fiesta de los toros.

Pero seguro que llega algún capullo y dice que no nos preocupemos, que siempre ha habido baches y siempre se ha salido... Ingenuos de aquéllos que se lo crean. Esto es un pozo sin fondo que gracias a la falta de escrúpulos y principios de tanto sinvergüenza, la Unión Europea se encargará de apuntillar.

Nota: a mí tampoco me gusta mi bola de cristal, pero me han dicho que es de fabricación alemana y tiene garantía de por vida.


Iñaki Castillo.


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