LA AMARGURA DE UN TENDIDO O NO AL PAPANATISMO

Margarita Casariego Aguillaume


      Papanatas. Eso es lo que no son los aficionados de la plaza de Las Ventas -a los que denuesta Ussía en su artículo de La Razón “Tendido amargo” del domingo 30 de mayo de 2004-, ya sean del tendido 7 o de cualquier otro tendido de esta plaza, y que reaccionan, a veces de forma airada pero no sin faltarle razón, ante las tropelías que se cometen repetidamente en el ruedo.

      Por desgracia hay demasiados papanatas que se dejan fascinar por las casas, fincas y ganaderías de los mandamases del toreo (no incluyo a las mujeres porque yo no las cosifico poniéndolas al nivel de los objetos o los animales) para que la gente honesta se deje también deslumbrar por el lujo y el poder.

       Como Ussía parece no tener capacidad de análisis y se limita a insultar, contestaré con mucho gusto a sus preguntas:
      “¿Qué fondo de amargura es el que domina el ánimo de esta gente tan enfadada con el mundo?”

       Respuesta: la amargura es ver que una fiesta que aman está perdiendo su autenticidad, su razón de ser, que no es ni más ni menos que el enfrentamiento entre un hombre y un toro, un hombre que utiliza la inteligencia con honestidad, la técnica con conocimiento, el arte con genialidad y las armas materiales permitidas para vencer la bravura, la fiereza de un animal que conserva íntegros los atributos de su naturaleza, que no le han sido escamoteados por la desaprensión, la cobardía y el afán de lucro de unos cuantos.

      Pregunta: “¿Pagan sus localidades para sufrir?”

      Respuesta: La mayoría de las veces intuyen que van a sufrir viendo el fraude y el descrédito que imperan actualmente en esta fiesta. Y es más, aunque Ussía puede que no lo entienda, el auténtico aficionado nunca va a divertirse a la plaza, porque lo que sucede en una plaza de toros es algo que no se realiza para la diversión sino para la intensa emoción que despierta un ritual que trasciende el ámbito del mero divertimento: la valentía del hombre ante la bravura y fuerza superior del animal, la sabiduría del hombre ante la inteligencia inferior del animal, la belleza en la ejecución del encuentro entre ambos en una simbiosis de lo anterior: bravura e inteligencia que se respetan para llegar a alcanzar ambos la gloria, uno la encuentra en su forma de morir peleando y el otro venciendo en la pelea, pero siempre con el respeto hacia el adversario.

       Y cuando prácticamente cada día sucede todo lo contrario de lo que significa esta fiesta, los aficionados honestos se indignan y protestan, porque si no lo hiciesen no serían más que consentidores, cómplices y meros comparsas de todo el tinglado que se monta para hacerse ricos unos cuantos con el menor esfuerzo y riesgo posibles.

       El aficionado de Madrid, incluido desde luego el tendido del 7, llega a la plaza deseando aplaudir a todos los toreros, ya sean ricos o pobres, famosos o desconocidos, poderosos o desvalidos; sólo lleva en su pensamiento el deseo del triunfo del torero y del toro porque si ellos triunfan él también habrá triunfado, y en un lapso de 20 minutos es capaz de olvidar todo lo malo que anteriormente haya pasado en otras actuaciones.

      La generosidad del aficionado madrileño se ha hecho patente muchas tardes, pero como no es un papanatas no se deja influir por el esplendor de la fama y el dinero, y cada día exige lo que debe exigir: lo primero, que al toro no lo manipulen para que pueda defenderse con arreglo a su naturaleza de toro bravo, y que el torero cumpla sin trucos y con valentía su tarea de dominio y muerte del toro. Porque en esta fiesta está presente la muerte: que no lo olvide Ussía -y todos los que hablan como él- antes de decir tantas frivolidades y repartir insultos sin hacer un análisis razonado de lo que está pasando en la fiesta de los toros.

        En los toros hay mucha gente que se compra y que se vende, pero desde luego no son los aficionados que gritan pidiendo integridad en esta fiesta.

        En cuanto a las actuaciones de Rincón y Ponce a las que se hace referencia, diré un par de cosas. En la de Rincón estuve presente y puedo decir que la afición, incluido desde luego el 7 en pleno, acogió a Rincón con aplausos nada más irrumpir en la plaza y no sólo con aplausos sino con cariño y albergando en el alma, así lo creo, todo el deseo del triunfo. Si no se le concedió ninguna oreja fue porque la mayoría juzgó que su actuación no estuvo a la altura de lo que ese trofeo exige, aunque nadie le negó el respeto y la ovación, yo personalmente sí me emocioné en algunos momentos de la primera faena y en el momento de la muerte del bravo, que Rincón quiso ejecutar recibiendo.

       Sobre Ponce no voy a opinar porque no estuve presente, pero sí diré que si Ponce no tuvo un toro a su altura seguramente él es muy culpable de ello, y muchos aficionados, con muy buen criterio, no perdonan que nadie, y menos una primera figura como él, que se puede permitir el lujo de elegir, elija toros mal presentados, descastados y blandos, toros, en fin, hechos a la medida para que tengan el menor riesgo posible. Una vergüenza. Y, por supuesto, la gente honesta no le aplaude porque tenga casas, fincas y bla, bla, bla.

       Como muy bien dice Ussía “la envidia es indetectable para la ciencia”, pero yo le digo que la bilis sí se puede detectar, y él, que no sé si conserva aún su vesícula, debería hacerse un chequeo pues la bilis se le desparrama por la boca, lo cual es mucho peor que “desparramar el trasero”. En cuanto a la vida, que él parece conocer personalmente, de los aficionados del 7, “sometida al tedio y la rutina”, le diré que ese tedio y esa rutina son los de la actual fiesta de los toros, a los que prácticamente a diario les someten aquellos que Ussía tanto admira y defiende como un auténtico papanatas.


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