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El primer tercio de la lidia llamado ‘suerte de varas’ nació, según los eruditos y tratadistas de la fiesta de toros, para ahormar, descongestionar y reducir, la fuerza del toro y que el matador pueda enfrentarse a la fiera con posibilidades de poderla.
Sevilla, que maravilla, cierra hoy domingo con la miurada su feria, la segunda en categoría del orbe taurino mundial. La Real Maestranza de Caballería, bellísima plaza de toros con varios siglos de historia, famosa entre otras cosas por sus silencios, por la admiración al toro y el respeto a los toreros también está cambiando. Sí y lo han podido comprobar los que hayan visto la feria por la pequeña pantalla. Lo digo porque en Sevilla, en su feria abrileña, también se aplaude por no picar. Que si, que lo he visto en más de una ocasión durante esta feria taurina. También he visto cómo la afición sevillana tiene, como todas las aficiones, sus toreros preferidos y cómo lo manifiestan premiando o ‘castigando’, según hayan nacido de la mitad ‘pa’ abajo o al otro lado de la frontera.
Con mirada crítica, posiblemente, haya habido favoritismo con ciertos toreros de cierto corte. Mucho me gusta el toreo de ‘Morante de la Puebla’. También el de ‘El Cid’ y el de Ponce y Manzanares. Me impresiona el valor de Sebastián Castella y Talavante, a los que les hemos visto su ascensión; pero mientras con los dos sevillanos y el extremeño la plaza se volcó, así como Rincón y Manzanares, con el francés, que aprendió a torear en Sevilla, que aprendió a torear y tuvo de maestro a uno de Gerena, fueron los del palco injustos comparativamente hablando. Tampoco fue Sevilla, su afición, justa con el valenciano Enrique Ponce, torero poderoso y artista como demostró en su única tarde en su segundo toro, y que suele llevar en el pecado de apuntarse a hierros “dóciles” la penitencia de no triunfar.
El caso es que Sevilla sigue siendo muy importante dentro del mundo del toro y del toreo y tiene su corazoncito y sus manías. Se van perdiendo esos silencios condenatorios de una anodina actuación. Ahora se escuchan muchas palmas de tango, ahora se aplaude por no picar, como en cualquier feria pueblerina. Eso sí, a sus toreros les siguen premiando con largueza y a los otros se les regatea una oreja o unas palmas.
Quizás sean los forasteros los culpables. Sevilla, que maravilla.
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