| Juan
Cruz Gastón
No tengo más remedio que citar al poeta por aquello
que decía sobre la verdad y la mentira y el color
del cristal con que cada cual la mira. La fiesta de toros
está, desde mi punto de vista, tocando fondo. La
fiesta de toros es, para un servidor, la gran mentira,
entre otras cosas porque falla el componente principal
de la fiesta que lleva su nombre: el toro; el segundo
componente principal del tinglado taurino es el torero.
Otra gran mentira para un servidor.
En la otra parte, y esto no es mentira,
está el aficionado y público en general,
mantenedores de toda la parafernalia que rodea a la fiesta
de los toros, que, con su asistencia a las plazas, permiten
que sigan celebrándose espectáculos taurinos.
Hablemos un poco sobre la primera cuestión,
el toro de lidia y su gran mentira. Veamos: se está
celebrando la feria más importante del orbe taurino,
la de San Isidro madrileña, y por la puerta de
chiqueros han salido cerca de un centenar de astados,
la mayoría mansos, con las fuerzas más bien
escasas. Algunos cornúpetas han dado juego propicio
para el triunfo, más de una docena; pero la mayoría
se ha ido al desolladero con las orejas puestas.
Lo de la mentira del torero tiene lecturas
distintas, según se mire con cristales de diferentes
colores. Para el aficionado exigente, los toros, con sus
problemas —que no suelen ser los mismos según
tengan delante a unos u otros coletudos--, tienen su lidia,
pero qué pocas veces se la dan los llamados ‘maestros’.
Además, el mismo toro con el mismo torero tiene
lecturas diversas para diferentes grupos de espectadores,
cuya valoración sobre la labor realizada en la
arena es vista con cristales de coloridos distintos y
por lo tanto con reflejos a gusto del consumidor pagano.
El otro día, el del triunfo de
Matías Tejela en Madrid, un aficionado decía
en el Club Taurino Logroñés, donde presencié
la corrida, que, según dicen los taurinos profesionales,
los que más saben de toros son los propios toreros.
Si contestó otro aficionado—, cuando están
fuera del ruedo, bien sea en el tendido o en el callejón;
pero cuando tienen que hacer la faena, unas veces por
falta de valor, otras por falta de serenidad, se les van
muchos toros por haberles dado una lidia inadecuada.
El valor, el dominio del miedo que todos humanos tenemos
ante cosas imprevisibles, se acentúa en la mayoría
de los artistas cuando están frente al toro. El
aficionado ve con claridad la distancia a la que debe
colocarse el torero y el sitio, más o menos cruzado,
que requiere la faena para
que el toro se arranque a la provocación del torero,
ese sitio que tienen que buscar después de ci-tar
varias veces, corrigiendo terrenos.
Sinceramente, la fiesta está mal; pero más,
en mi opinión, por los toreros que por los toros,
que también están descastados. Las sociedades
taurinas van trabajando en defensa de la fiesta, pero
no son escuchadas, como tampoco lo son los aficionados
y así nos va.
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