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Dicen los que saben de esto, los taurinos
y también los aficionados con solera, que para
ser torero hace falta corazón, sinónimo
de valor. Otros dicen, pero viene a ser lo mismo, que
a los coletudos les tiene que funcionar bien la caja.
A mí me gusta, es más taurino
y más real, que el corazón de un torero
cuando sale a la plaza a torear tiene que entregarse incondicionalmente
junto a su inteligencia, dando como resultante eso que
llamamos valor sereno, valor de real que, viniendo del
conocimiento y oficio del torero, confluyen con el corazón
y la cabeza en perfecta simbiosis. Como consecuencia de
esto que parece simple y es tan difícil de conjugar
en los ruedos: conocimientos, corazón y cabeza,
se crea el arte en movimiento, incomparable, único,
donde el torero tiene que domeñar la fiereza del
toro, quietas las plantas, jugando los brazos, mandando
en las embestidas. Cuando el aficionado es testigo, rara
avis, del arte del toreo, su mente y su retina guarda
esas imágenes para siempre.
Puede parecer algo idílico lo escrito,
pero tengan en cuenta que el aficionado de mediana edad
y también algunos jóvenes han sido testigos
alguna vez de una buena faena en los ruedos, alguna muy
buena y de pocas excepcionales, de ésas que dejan
huella, junto a muchas, muchísimas, mediocres y
malas.
No es que lo diga yo. Lo han dicho los
grandes toreros que jalonan la historia de la tauromaquia,
desde Belmonte a Ordóñez, Ortega y otros
toreros que han sido figuras de las de verdad, no de las
del papel impreso a tanto la línea, ni se esos
otros que salen en los papeles cuché del corazón,
que también hace falta tener valor para ‘vender’
sus líos de faldas y otras zarandajas, cuando no
son capaces, la mayoría, de darles a los toros
seis muletazos templados y ligados.
No es nuevo eso de la publicidad de los
toreros en las revistas, no sólo taurinas, que
de eso viven, me refiero a las otras. En los años
cincuenta aquella figura que fue y se proclamó
él solito, como número uno en La Monumental
de las Ventas del Espíritu Santo de Madrid, Luis
Miguel González Lucas ‘Dominguín’
de la importante saga de los ‘dominguines’,
salía en revistas internacionales como ‘Life’.
Luis Miguel llegó a alcanzar fama
internacional corno torero y también como conquistador
de famosas, de las de verdad. También consiguió
fama internacional aquel torero que se apodó ‘El
Cordobés’. Los mencionados fueron figuras
diametralmente opuestas en cuanto a su concepto del toreo,
pero mandaron en la fiesta durante años.
Ahora la moda ha cambiado. Los mediocres
son los más ‘famosos’ y los que están
arriba lo critican, no sin falta de razón. El criterio
del aficionado a la fiesta es coincidente que los coletudos
que censuran a los que salen en los medios televisivos
por motivos extra taurinos.
El torero donde tiene que ser y estar,
es frente a un toro bravo y en la plaza, no en los ruedos
de los platós donde, sin duda, hay dinero a ganar
mucho más fácil que delante del toro.
El que haya leído la historia del
toreo, sabe de las juergas en colmados y tabernas, de
los que se jugaban la vida en los ruedos. Lo otro, lo
de ahora, es filfa.
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