La Opinión de Juan Cruz Gastón
EL CORAZÓN PASA FACTURA

 

Dicen los que saben de esto, los taurinos y también los aficionados con solera, que para ser torero hace falta corazón, sinónimo de valor. Otros dicen, pero viene a ser lo mismo, que a los coletudos les tiene que funcionar bien la caja.

A mí me gusta, es más taurino y más real, que el corazón de un torero cuando sale a la plaza a torear tiene que entregarse incondicionalmente junto a su inteligencia, dando como resultante eso que llamamos valor sereno, valor de real que, viniendo del conocimiento y oficio del torero, confluyen con el corazón y la cabeza en perfecta simbiosis. Como consecuencia de esto que parece simple y es tan difícil de conjugar en los ruedos: conocimientos, corazón y cabeza, se crea el arte en movimiento, incomparable, único, donde el torero tiene que domeñar la fiereza del toro, quietas las plantas, jugando los brazos, mandando en las embestidas. Cuando el aficionado es testigo, rara avis, del arte del toreo, su mente y su retina guarda esas imágenes para siempre.

Puede parecer algo idílico lo escrito, pero tengan en cuenta que el aficionado de mediana edad y también algunos jóvenes han sido testigos alguna vez de una buena faena en los ruedos, alguna muy buena y de pocas excepcionales, de ésas que dejan huella, junto a muchas, muchísimas, mediocres y malas.

No es que lo diga yo. Lo han dicho los grandes toreros que jalonan la historia de la tauromaquia, desde Belmonte a Ordóñez, Ortega y otros toreros que han sido figuras de las de verdad, no de las del papel impreso a tanto la línea, ni se esos otros que salen en los papeles cuché del corazón, que también hace falta tener valor para ‘vender’ sus líos de faldas y otras zarandajas, cuando no son capaces, la mayoría, de darles a los toros seis muletazos templados y ligados.

No es nuevo eso de la publicidad de los toreros en las revistas, no sólo taurinas, que de eso viven, me refiero a las otras. En los años cincuenta aquella figura que fue y se proclamó él solito, como número uno en La Monumental de las Ventas del Espíritu Santo de Madrid, Luis Miguel González Lucas ‘Dominguín’ de la importante saga de los ‘dominguines’, salía en revistas internacionales como ‘Life’.

Luis Miguel llegó a alcanzar fama internacional corno torero y también como conquistador de famosas, de las de verdad. También consiguió fama internacional aquel torero que se apodó ‘El Cordobés’. Los mencionados fueron figuras diametralmente opuestas en cuanto a su concepto del toreo, pero mandaron en la fiesta durante años.

Ahora la moda ha cambiado. Los mediocres son los más ‘famosos’ y los que están arriba lo critican, no sin falta de razón. El criterio del aficionado a la fiesta es coincidente que los coletudos que censuran a los que salen en los medios televisivos por motivos extra taurinos.

El torero donde tiene que ser y estar, es frente a un toro bravo y en la plaza, no en los ruedos de los platós donde, sin duda, hay dinero a ganar mucho más fácil que delante del toro.

El que haya leído la historia del toreo, sabe de las juergas en colmados y tabernas, de los que se jugaban la vida en los ruedos. Lo otro, lo de ahora, es filfa.


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