MENTIR

 


ANTES se coge al mentiroso que al cojo. Lo dice el refranero, pero yo no estoy tan seguro, porque eso de mentir es tan de uso corriente, que en los tiempos actuales parece ser la norma, que no la excepción. Mentir en política es de curso legal, lo estamos viviendo en estos momentos; pero mentir en la fiesta de toros, no es que sea de curso legal, es, sencillamente, la moneda única. Mienten los ganaderos, mienten los toreros, mienten los empresarios, mienten los críticos. Los únicos que no mienten son los paganos que para ir a ver el espectáculo tienen que pasar por taquilla y depositar el dinero, que en este caso concreto, sí que es de curso legal.

Mentir, en su acepción de falsificar una cosa, lo hacen, lo hacemos, todos. Unos mienten a sabiendas que lo hacen para engañar, otros podemos hacerlo sin darnos cuenta de que lo hacemos o por creer que lo que decimos es la verdad. En la fiesta de toros el único que no miente es, precisamente el toro, al que manipulan ganaderos, muchas veces inducidos por los profesionales, sean apoderados o toreros, aunque algunos lo hacen, incluso lo dicen, para vender sus productos. Miente el torero, aunque a veces su mentira sea impotencia. El empresario también miente al ofrecer el espectáculo, que reglamentariamente tiene que ser ofrecido íntegro, a sabiendas de que el producto original, la materia prima no es o no está, tal cual lo parieron las vacas.

El pasado sábado en Haro, presenciando la corrida de Victorino Martín, con la decepcionante entrada —y presumimos en la Rioja de ser ‘toristas’—, hice un comentario en el primer toro de la tarde sobre la calidad de su embestida, próxima, bajo mi punto de vista a la borreguez. Hubo respuesta, amable y amical, sobre el tema, que sin contradecir mi exposición, parecía querer decir lo que no decía con la palabra. Pero no era el tema del juego de los toros de lo que quería hablar, sino de la mentira, también posiblemente del ganadero por esa sospechosa comodidad de las cabezas, de los toreros.

Uno no se explica que toreros como Uceda Leal, que empezó con dos series muy toreras, se dejara ir al toro sin sacarle lo mucho de bueno que llevaba dentro. Incompresible, para un servidor, la actuación de uno de los especialistas en victorinos como es ‘El Cid’ que le hiciera a su primero todo lo contrario que pedía, ahogarlo en lugar de darle el sitio que le marcaba el burel. Lo de Robleño tiene mejor justificación por la propia idiosincrasia del chaval, si bien estuvo muy por debajo de sus dos toros.

En Haro mintieron dos toreros claramente, posiblemente por estar donde estaban, lo que todavía sería peor, aunque también es posible que no fueran capaces de ver con claridad lo que tenían delante, lo que sería lamentable dado el tiempo que llevan de profesionales.

El caso es que, por unas u otras causas, la mentira está instalada y bien instalada en las entrañas de la fiesta. Claro que no hay regla sin excepción. Así estamos. -


Archivo de Artículos