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Juan Cruz Gastón
Decir, dentro del organigrama de la fiesta de toros que
un morlaco ha sido bravo en el combate con el hombre,
fuerza contra inteligencia, tiene para los aficionados
y los profesionales lecturas distintas. No lo digo a humo
de pajas. Para el torero que se enfrenta al cornúpeta
su concepto de bravura la aplica en función a que
le pueda hacer faena; que lo pueda torear sin tener que
arriesgar demasiado, sin importarle que en el caballo
haya sido un manso integral que rehuía el castigo
y se doliera en banderillas, siempre que en la muleta
tenga embestida pastueña, de los que van y vienen
sin mover una oreja. Para el aficionado la bravura tiene
lectura diferente. El toro bravo es aquel que pelea con
fijeza en el caballo, que acomete a los engaños
con fijeza pero fieramente, que hay que llevarlo toreado
porque de no hacerlo el torero se verá seriamente
comprometido. Que, en una palabra, transmita a los tendidos
la emoción suficiente para mantener al aficionado
pendiente de lo que sucede en el ruedo.
La acepción simple del concepto
de la bravura la define el diccionario como fiereza en
los brutos, que no es poco en tan corto espacio, así
como la casta supone ascendencia, linaje y pureza, aplicada
al género humano y a los animales de raza.
Lo contrario a la bravura es, naturalmente,
la mansedumbre, eso que los aficionados achacamos a la
mayoría de los toros que vemos lidiar en las plazas.
El diccionario dice al respecto: «Animales que no
son bravos, con el añadido siguiente de su condición
benigna y suave».
El lenguaje taurino aplicado a la vida
cotidiana en muchas de sus acepciones, tiene también,
como tantas palabras iguales que utilizamos para distintos
significados, sus lecturas, que según quién
o quiénes las utilicen divergen sustancialmente
de significado.
Utilizamos mucho la palabra ‘encastado’
cuando el toro tiene movilidad, fiereza, ya tenga fijeza
o peligro en el seguimiento de los engaños. Un
toro puede ser manso integral en el caballo, repuchándose
del castigo, dolerse en banderillas y llegar al último
tercio con embestida pastueña y condiciones para
que el torero pueda cortarle las orejas. Es decir, que
el concepto de bravura integral es más virtual
que real, aunque veamos cada temporada media docena de
toros que se aproximan al concepto de bravura que tiene
—tenemos— los aficionados exigentes.
En el léxico taurino profesional
se utiliza esa frase de «ha servido» que puede
decir muy poco en cuanto a bravura, pero que le proporciona
al torero el triunfo.
Bravo, manso. Toros hay que de la segunda
especie dan juego espectacular en el tercio final. El
bravo, si llega con suficientes fuerzas a la muleta del
torero, pocas veces falla, casi siempre dará espectáculo.
Naturalmente que el aficionado se apunta al toro bravo,
al que pelea con fijeza en varas, que acude por derecho
en banderillas y que en el tercio final es capaz de llevar
al tendido emoción, esa emoción fiera y
noble que, a veces, vemos en los ruedos.
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