Qué poco nos queda


Confieso mi pesar, manifiesto públicamente mi error al confiar plenamente en la corrida que cerraba el ciclo de la feria del toro de Pamplona. No soy de los que hacen habitualmente quinielas ni primitivas, pero me atrevo a "mojarme" en ciertas ocasiones cuando se trata de un tema como el de los toros, sujeto a cambios en cualquier momento durante la lidia, y por el que los aficionados nos guiamos por las estadísticas, por el seguimiento que hacemos de las ganaderías durante la temporada, sabiendo que la fiesta de toros no es aritmética pura y que en el ruedo, dos y dos, la mayoría de las veces, no son ni cuatro ni tres y ni siquiera dos, porque la simbiosis entre toro y torero se da de vez en cuando. Me lo decía mi amigo Jesús el jueves de regreso a Logroño, vista la corrida de Victorino. "Esto está fatal, no te van quedando ganas de desplazarte a ver una corrida. Hay que ver cien para ver una completa".

Este mundo del toro anda muy revuelto. Decían los escribanos antiguos que lo que pasaba en España, para bien o para mal, se anticipaba en las plazas de toros. Pues vamos bien dados como el dicho sea cierto. No hay duda que la fiesta de los toros no atraviesa un buen momento. Lo estamos viendo en el desarrollo de lo que va de temporada. No hay un sólo torero que lleve con ilusión al aficionado a las plazas.

Las corridas de toros, más que nunca, son un acto social. Las empresas siguen invitando a sus clientes a los toros, previa buena comida, porque sigue vistiendo, pero no sé lo que durará, ya que en ciertos grupos políticos empiezan a no hablar, aunque acudan, de la fiesta más española de todas las fiestas.

Por si fuera poco, en las plazas y ferias, salvando la de Pamplona, que asegura llenos todas las tardes, no por los carteles en sí, sino por lo que representa dentro del programa, que gira en torno a los encierros, con el añadido del festejo de la tarde, que sigue costando un triunfo y un dinero ir a la plaza, lo que hemos constatado este año, mientras que en la mayoría de las ferias sobran entradas en taquilla.

Qué poco nos queda a los aficionados. Ni siquiera los toreros que llevan vitola de figuras son capaces de llenar una plaza, la llena en Pamplona San Fermín, en Madrid San Isidro, en Santander, Santiago. Curioso ¿no? que sean los santos, que los ha habido muy taurinos, más que los toreros y ganaderos los que lleven gente a los cosos taurinos. La metáfora puede llevarnos a la reflexionar. ¿Qué nos queda? La verdad, nos queda la esperanza de que salga algún chaval con verdadera garra y categoría torera para que los aficionados volvamos a ilusionarnos.

Si repasamos la historia taurina podemos comprobar que en distintas épocas han sido los novilleros los que han tirado del carro taurino. Tiempos como los de Aparicio y Litri, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, devolvieron la ilusión a muchos aficionados y espectadores. Montero y Pedrés, Jesulín y Finito, Camino y Litri y ahora estamos expectantes con el hijo del Cordobés, Julio Benítez y el nieto de don Antonio Ordóñez, Cayetano.

Claro que de confirmarse en su día la nueva reglamentación taurina de Andalucía, esto se acabó. Al tiempo.



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