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Andamos los aficionados lamentándonos
continuamente de lo mal que está esto. No nos faltan
razones para cargar contra propios y extraños,
y es que, esto está mal de verdad.
El Taurineo se está cargando poco
a poco el sentido y la esencia de esta fiesta sin mirar
las futuras consecuencias, una imprudencia por su parte.
Lo cierto es que el dinero copa todos los intereses taurinos
desde hace ya muchos años, y, precisamente en los
tiempos que corren no es precisamente el móvil
económico el que puede sacar del atolladero a una
fiesta tullida por los intereses.
Prima gusto del espectador sobre todas
las cosas, se impone el criterio del público de
masas sobre la razón de los aficionados y, ahí,
muy posiblemente, sea donde la fiesta se lleve un puyazo
largo y bajo, de los que duelen.
El toreo se ha convertido en algo previsible
donde cualquier aficionado cabal puede pronosticar el
resultado de la tarde con un mínimo margen de error,
donde cualquiera puede pronosticar el comportamiento de
los toros sin riesgo alguno y aventurar el grueso de la
faena sin estrujarse mucho la mollera. La reflexión
es evidente: la fiesta de los toros carece ya de ese elemento
fundamental que es la incógnita que puede deparar
cada tarde.
El Taurineo carga contra los aficionados
porque de cuando en vez les sacamos los colores y son
incapaces de hacer frente a nuestras "barbaridades"
con argumentos sólidos. Que alguien me diga cuantos
toros ha visto esta temporada, y si me apuran la pasada
y la anterior, que hayan merecido la pena. Muy pocos.
La fiesta carece de emoción porque
el elemento principal de la misma ha sido moldeado al
gusto y acomodo de las figuras, la pregunta es clara:
¿Dónde está el toro?
Sin toro no hay emoción, sin emoción
no hay espectáculo, sin espectáculo la fiesta
se convierte en un acto mecánico donde lo único
que importa es ensalzar a un torero, mejor o peor, más
o menos famoso, que actúa de forma mecánica,
que intenta hacer lo mismo a todos los toros y cuyas ambiciones
únicamente radican en sumar y sumar, sumar festejos,
sumar dinero, sumar comodidad
.. Y restar a la fiesta
que queremos los aficionados.
Estos planteamientos chocan frontalmente
con la visión del aficionado que lucha y defiende
una fiesta íntegra donde el toro es el rey de la
fiesta, y en la que el torero ha de tener la virtud de
lidiar, dominar y torear con la verdad por delante, con
la pureza y el concepto de cada cual como aval determinante
de una variedad que permite disfrutar de diferentes formas
con unos mismos fondos.
Esa lidia carente de sentido alguno donde
el toro sale humanizado y en la que los profesionales
se dedican a simular suertes que nada tienen que ver con
el toreo, esa lidia en la que no nos dejan ver al toro
bien porque éste no tenga atributos para calificarlo
como tal, bien porque lo importante para los profesionales
sea cumplir de mala manera con un trámite para
que el matador haga honor a su cargo de funcionario del
toreo en el último tercio debe desaparecer de forma
radical de todas las plazas de toros.
La fiesta del público de aluvión
que solo acude en ferias es una fiesta artificial llena
de mentiras. La fiesta de peineta y pantalón de
Dolce & Gabana puede sustituirse mañana por
cualquier otro espectáculo que permita tirarse
el pegote y fomentar las relaciones sociales como lo hace
ahora la fiesta de los toros. Y, ¿Cuándo
eso suceda, a quién pediremos socorro?
Hay que preservar el carácter de
la fiesta por la vía de la verdad, y la apuesta
por el toro es la única solución para devolvernos
esa emoción que hace mucho que nos robaron. Comprendo
que sea difícil para el taurineo, profesionales
de esto desprenderse del dinero fácil, de los números,
de la razón y mecánica conseguida a partir
de humanizar esta fiesta, pero, comprendan a la afición,
una fiesta sin emoción es como una boda sin novia,
una fiesta donde todo importa menos la opinión
de los aficionados es abocarse a un suicidio asegurado,
una fiesta donde se abandonan los principios básicos
que hicieron grande a este arte es como dejar huérfano
a un niño recién nacido
..la fiesta
de los toros sin el toro como protagonista es un simulacro
sin sentido en el que el toro es el gran perdedor de su
gloria y el aficionado se convierte en el eterno sufridor
de algo sin sentido que resulta ser el negocio de unos
cuantos.
Eneko Andueza.
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