| -Los
trenes volvieron a circular con normalidad y con pocos
pasajeros por la línea que sufrió la tragedia
IÑAKI
ETXARRI. MODEM PRESS (Madrid). Lunes 15 de marzo. Estación
de Santa Eugenia. 7.36 de la mañana. Hace 96 horas
que un tren llegaba a este mismo punto sembrando los andenas
de muerte, horror y destrucción. Entonces la estación
estaba abarrotada por cientos de personas que se dirigían
a Madrid. A sus trabajos, a la universidad... En este
punto se produjo el mayor número de muertos y heridos.
Sesenta y siete personas fallecieron y alrededor de quinientas
resultaron heridas. Sólo hubo una explosión,
pero ésta se produjo en el vagón central,
a la altura de los dos vomitorios por los que los viajeros
acceden a los andenes, donde más gente se concentra.
La línea C2
Guadalajara-Madrid vuelve a entrar hoy en servicio. Apenas
quedan huellas físicas que hagan pensar que el
jueves se vivió aquí un auténtico
infierno. Sólo si uno alza la mirada un poco más
allá contempla cientos de velas rojas y flores
que recuerdan lo que sucedió el 11-M, un día
que los habitantes de esta ciudad dormitorio del sureste
de Madrid no olvidarán mientras vivan.
Un halo extraño inunda el ambiente. El día
comienza a despertar y la luz es difusa en el encuentro
de la noche y el día. La estación está
prácticamente vacía. Sólo cuatro
personas esperan el tren. Son inmigrantes rumanos. La
tragedia se ha cebado con esta comunidad, que cuenta sus
muertos por decenas. Son jóvenes, ninguno de ellos
sobrepasa los treinta años. No hablan. En sus rostros
se dibuja una mueca mezcla de miedo y tristeza. Georghe
se pregunta: "¿Y qué vamos a hacer?
El viernes fuimos a trabajar en autoús y nos costó
hora y media llegar al trabajo. En tren, en un cuarto
de hora estamos en el centro de Madrid. No nos queda otro
remedio que coger el tren". Se libraron de caer en
la trampa mortal en la que se convirtió esta estación
porque su tren era el siguiente al que explotó
aquí a las 7.42. El convoy reventó cuando
se acercaban al apeadero: "Estábamos a unos
doscientos metros". El resultado fue "como el
de un escenario de guerra. Había cuerpos mutilados,
cadáveres y heridos por todas partes...".

Se suben al
tren, aunque reconocen que tienen "miedo, mucho miedo".
Los vagones, que hasta el jueves venían llenos
-200.000 persoans utilizan diariamente esta línea-,
están hoy semivacíos. Apenas una docena
de personas ocupa cada compartimento, cuando tienen capacidad
para cien personas. Nadie habla. Algunos dormitan, dos
o tres leen la prensa, otros miran desde la ventanilla
para contemplar la inusual estampa de los andenas vacíos.
A Pilar Rodríguez se le humedecen los ojos. Ella
estaba en el tren que sufrió el embate del terror
en la calle Téllez. Iba en el segundo vagón,
al final del mismo, junto al tercero de los seis que componían
el convoy. Los dos únicos en los que los terroristas
no habían dejado su carga maldita. Apenas sufrió
algunos rasguños, aunque todavía hoy "me
duelen los oídos y la cabeza. Sigo dando gracias
al cielo. He tenido mucha suerte. Estoy viva de milagro
porque llegué a la estación con el tiempo
justo y me monte en ese vagón, que era el que pillaba
más cerca de donde se encuentran los accesos en
la estación de Alcalá. Normalmente me monto
detrás. Si ese día lo hubiera hecho hoy
no estaría aquí.
En ese mismo
tren viajaban centenares de vecinos de Alcalá de
Henares como ella. "Conocía a alguno de los
fallecidos, más que nada de verlos todas las mañanas,
pero no tengo ningún amigo ni familiar entre los
muertos y heridos". Antonio, un obrero de la construcción
que viene desde Guadalajara, tampoco. Se libró
porque la obra en la que trabajaba acabó el miércoles
y hasta hoy lunes no empezaba en otro tajo. "Esta
mañana en la estación, nos mirábamos
unos a otros, casi a hustadillas, sin decirnos nada, para
ver si no estaba alguno de los habituales... Y yo sí
que he echado en falta a gente, pero estábamos
muy pocos. La mitad que lo habitual". No quiere hablar
más y se sumerge en el diario que viene leyendo.
La megafonía
interior del tren avisa: Próxima estación,
El Pozo. El tren se detiene. La pantalla luminosa lo marca.
La temperatura es de cinco grados. Hora: 7.41. La misma
en la que estalló el tren el jueves de la infamia.
Aquí perdieron la vida dieciséis personas.
La estación del antiguo barrio chabolista presenta
un aspecto fantasmagórico. Está desierta.
Nadie se baja del tren. Nadie sube. Suena la sirena del
convoy y éste abandona El Pozo del Tío Raimundo.
Dentro de cinco minutos llegará otro tren. A esta
hora, normalmente decenas de personas utilizan el transporte
ferroviario que en siete minutos deja a los viajeros en
las entrañas de la estación de Atocha. Pero
hoy no hay nadie. Un vagón destrozado cubierto
por una lona gris es el vestigio mudo de la matanza del
jueves. El paso subterráneo de la estación
se ha convertido en un impresionante santuario funarario
en recuerdo de las personas a las que los terroristas
arrancaron aquí la vida. 
Los viajeros
se acercan con cuentagotas. Diez se suben al tren de las
7.46. En el siguiente, cinco minutos después, el
número asciende a doce. Uno de ellos es Antonio.
Llega a la estación y se apoya en el muro junto
al cartel que nos indica que estamos en El Pozo. Apenas
puede contener las lágrimas. Su sobrino, Óscar
Gómez, fue uno de los fallecidos. Tenía
24 años. Iba a trabajar. Como él. "Esto
es muy duro". Reconoce que ha estado dudando hasta
última hora "si coger hoy el tren o no. No
he podido dormir en toda la noche". Al final ha sacado
fuerzas de flaqueza y ha venido porque piensa que hay
que "superar cuanto antes el miedo al tren y tratar
de olvidar esta pesadilla".
Las escasas
personas que se acercan a la estación reflejan
la angustia en sus rostros. Muchos no pueden contener
las lágrimas. El ambiente es lúgubre y tenso.
Pepe no es usuario habitual de la línea C2. Trabaja
en una entidad bancaria del propio Vallecas y acude andando
hasta ella. Pero hoy acompaña a Maite, su mujer.
Dependienta de una tienda de la calle de Alcalá.
Maite llora en el andén. Pepe hace esfuerzos por
contener el llanto y arropa a su esposa a la que no ha
querido dejar sóla en este duro trance de volver
a montarse en el tren. Un par de vecinos suyos están
desaparecidos. Dos jóvenes que iban al instituto.
Lo más probable es que el suyo sea alguno de los
cadáveres que aún están sin identificar.
Ramón, un joven estudiante, aprovecha la presencia
de los periodistas para exigir "mano dura" con
quienes han hecho "esta carnicería".

El tren
circula por la estación de Entrevías. La
tragedia pasó de largo por este lugar, aunque si
afectó a vecinos del barrio. Cerca de cincuenta
personas se suben. El aspecto de los vagones se asemeja
ahora algo más a lo que era habitual, pero no van
llenos como acostumbran, ni mucho menos. Nadie habla.
El silencio estremece. Se oye con nitidez el sonido del
papel cuando quienes vienen leyendo el periódico
pasan las hojas. María, es una ejecutiva que trabaja
en el centro de la capital. Carga con su maletín
en el que lleva su ordenador portátil. El jueves
no llegó a su puesto. Iba a montarse en el tren
posterior al que estalló en Santa Eugenia. Viene
de Vicálvaro. Tiene varios amigos heridos. Tras
la tragedia sufrió una crisis de pánico.
El sábado se fue de Madrid con su madrido a pasar
el fin de semana a una casa rural al Pirineo. "No
podía soportar más estar aquí. Huímos
porque la opresión era insoportable. Sabía
que hoy tendría que volver al tren y si hubiera
estado en Madrid, rumiando toda la tragedia, no hubiera
sido capaz de hacerlo". Asegura que en todo el fin
de semana se ha dedicado a pasear por la montaña
y no ha querido ver ni leer nada. "Sólo ayer",
explica, "cuando veníamos en el coche pusimos
la radio para saber el resultado de las elecciones".
Reconoce que tiene miedo, pero "la vida debe continuar
y no tenemos que dejar que los asesinos nos la cambien".
El tren pasa
junto al lugar d ela calle Téllez donde se produjo
uno de los atentados. La máquina aminora un tanto
la marcha y los pasajeros miran por las ventanillas. Aún
quedan algunos operarios despejando la zona. Desde el
tren se observan las velas y las flores en recuerdo de
las 64 peronas que perecieron aquí. Las miradas
al exterior apenas duran un par de segundos. Es difícil
mantener la mirada fija en el horror. La gente quiere
olvidar y pasar página.
Llegamos a Atocha. Son las 7.58. La estación está
abarrotada. Aquí la tragedia es más impersonal,
aunque hay velas, inscripciones y flores por todos los
rincones. La mayoría de las líneas
de cercanías de la Comunidad de Madrid confluyen
en Atocha. Renfe calcula que entre las siete y las nueve
de la mañana pasan por ella entre 180 y 200.000
personas. Treinta y cuatro murieron el jueves. Si los
terroristas hubieran visto cumplido su objetivo de hacer
estallar en este punto los cuatro trenes la masacre hubiera
sido aún más espeluznante. Uno de los vigilantes
jurados que hay en el anden de la líena C2 dice
que lo que se vivió en este mismo lugar fue "apocalíptico,
indescriptible, atroz. Las escenas que viví no
se me borran de la mente. Han muerto varios compañeros".
La gente sale del tren del corredor de Henares, otro suben
a él. En silencio, siempre en silencio, se pierden
en las entrañas de la estación rumbo a sus
destinos. Algunos se paran ante los improvisados santuarios.
Hay cientas de inscrpciones por toda la estación.
Una de ellas dice: "Por las víctimas y por
los que nos quedamos vivos, pero igual de muertos".
Y es que el tren ha vuelto a rodar pero los asesinos pararon
en seco el viernes la vida de doscientos inocentes.
500 PERSONAS HAN TRABAJADO EN TURNOS DE HASTA 48 HORAS
PARA QUE LA LINEA C2 VOLVIERA HOY A FUNCIONAR
IÑAKI ETXARRI. MODEM PRES (Madrid).
Abelardo Carrillo, Director de Cercanías de Renfe,
comprobó in situ en Atocha cómo la línea
C2 volvía a entrar en funcionamiento. Carrillo
no deja de agradecer a los más de quinientos trabajadores
de la empresa y de otras entidades colaboradoras que han
conseguido en apenas cuatro días que los trenes
vuelvan a circular por el corredor del Henares y por el
sureste de la capital. En concreto, han sido trabajadores
de mantenimiento e infraestructuras, circulación
y cercanías. "No tengo palabras de agradecimiento
para todos ellos. Como toda la ciudadanía, han
dado una lección. La gente trabajaba y trabajaba
y no se quería ir. La plantilla de Renfe ha dado
una lección. Estoy orgulloso". Explica que
se ha trabajado en turnos de 24 horas y algunos trabajadores,
incluso, han estado 48 horas seguidas al pie del cañón.
Ayer por la tarde, una máquina y vagón de
dos pisos, como varios de los que sufrieron el atentado,
hizo el recorrido de prueba por toda la vía y las
estaciones afectadas y se comprobó que la infrarestrcutura
estaba en perfecto estado.
Esto ha propiciado que el servicio prestado en la línea
C2 sea, desde las 6.30 de la mañana de ayer lunes,
"absolutamente normal". La frecuencia de los
trenes es la habitual en horas punta, cada cinco minutos.
La afluencia de pasajeros en esta línea ha sido
este primer día "algo menor de la habitual",
aunque Renfe no tiene datos todavía del número
de viajeros. Carrillo explica que, "aunque todos
tenemos un inmenso dolor en nuestro corazón, la
vida tiene que seguir".
En Atocha la actividad parece normal y el inmenso hangar
de cercanías esta abarrotado. Y es que por aquí
pasan 900.000 personas al día.
Artículo publicado en La Nueva España
de Oviedo el martes 16 de marzo
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