| LOS
ESCENARIOS DE LA BARBARIE.
-Santa Eugenia, El Pozo de Tío
Raimundo, la calle Téllez y la estación
de Atocha continúan, cuarenta y ocho horas después
de lso atentados con el alma desgarrada
IÑAKI
ETXARRI. MODEM PRESS (Madrid). Santa Eugenia, El Pozo
del Tío Raimundo, la Calle Téllez y la estaciíon
de Atocha son desde el jueves a las ocho de la mañana
sinónimo de horror y muerte. Han pasado más
de 48 horas desde que los terroristas sembraran de destrucción
las calles de estos barrios y muchas de las huellas físicas
que causaron las teribles explosiones han desaparecido,
pero las heridas del alma y del corazón continúan
en carne viva.
En Santa Eugenia,
la mayor parte del barrio -32.000 habitantes- se ha dado
cita frente a la estación de cercanías para
mostrar su repulsa ante la barbarie y llorar a sus muertos.
Alejandro Tapia y Carlos Escudero, vocales del PP e IU
en la Junta Municipal del distrito de Vallecas no saben
cuantificar el número de fallecidos del barrio,
pero se temen que se an
muchos. La hermana de Carlos, Clara, resultó herida,
como varias decenas en el barrio, aunque ya se encuentra
en casa y lo podrá contar. Quién no podrá
hacerlo es Nieves García. Como cada día
se acercó hasta la estación dispuesta a
coger el tren que la llevara hasta su trabajo en Madrid.
La explosión le pilló en el andén.
Su primo Julio lloraba desconsolado: "¡criminales,
le han quitado la vida con cuarenta y dos años!
¡Quién consuela ahora a su marido y a su
hijo de siete años!.
En la concentración
que los vecinos realizan al mediodía del sábado
el silencio es tan sepulcral que hace daño a los
oídos. Sólo es roto por algunos sollozos,
que se incrementan cuando los chavales del equipo de fútbol
del barrio, el C.D.Santa Eugenia, comienzan a corear el
nombre de su compañero Alberto. Este, con ocho
años, ha perdido a su padre. Simón López,
de siete años, se ha quedado huérfano. Sus
padres le dejaron, cinco minutos antes de perder la vida,
en el colegio Ciudad de Valencia, distante doscientos
metros de la estación. Algún vecino se atreve
a aventurar, incluso, que "hay ocho chavales que
se han quedado huérfanos aquí". Pero
este dato no está confirmado
La tristeza es infinita
en este barrio que en su tiempo luchó tanto para
que el tren de cercanías llegara hasta allí.
"Hace veinticinco años, cuando abrieron el
apeadero, después de exigirlo durante mucho tiempo,
nos llevamos una gran alegría. Es el medio de transporte
más utilizado por toda la gente que trabaja o estudia
en la capital. En apenas diez minutos nos poníamos
en el centro de Madrid. Hoy, este tren nos ha llevado
al infierno". José, un mecánico de
50 años, no tiene que llorar a ningún familiar
ni amigo cercano, pero en su bloque de viviendas si que
hay "diez o doce herios y una chiquita de 20 años
que está desaparecida"
Los vecinos, tras
leer un manifiesto en recuerdo de los fallecidos, guardan
cinco minutos de silencio, y emprenden una marcha espontánea
por las calles de su barrio. La multitud va dejando atrás
la estación, una estación que permanece
cerrada y en la que apenas quedan ya restos de la tragedia,
pero lo que aquí sucedió el 11-M a las 7.45
de la mañana no lo olvidarán nunca los habitantes
de Santa Eugenia.
Un par de kilómetros
más allá se encuentra el Pozo del Tío
Raimundo. Como Santa Eugenia, perteneciente al distrito
de Vallecas. Populosa bariada, de más casi un millón
de habitantes, en el que los terroristas se han cebado.
El Pozo es un barrio de aluvión que se levantó
en los años sesenta. Barrio obrero por excelencia.
Barrio, que en su tiempo se caracterizó por su
lucha antifranquista y por ser la vanguardia del movimiento
vecinal, con el Padre Llanos a la cabeza. Un feudo del
Partido Comunista y del PSOE. Es sábado al mediodía,
pero en los bares no hay nadie, por las calles no transita
persona alguna, los parques están vacíos
de niños. El Pozo, en fin, tiene un aspecto espectral.
Todos están en la estación. El paso subterráneo
se ha convertido en una improvisada capilla en honor a
las víctimas. Es impresionante la visión
de cientos de velas encendidas, fotos de los fallecidos,
inscripciones, ramos de flores... Destaca un gran retrato
en recuerdo de Oscar Gómez "el chulo más
chulo del barrio", reza el cartel, en un epitafio
que refleja el casticismo de la zona. Frente a él
su familia. Sus padres, Felipe y María José,
sus cinco hermanos, sus primos... No pueden contener las
lágrimas. Toda la familia está unida y abraza
a María José, la madre, que apenas puede
mantenerse en pie. La escena encoge el corazón.
Como se le quedó
a Elena López el jueves a las 7.45 de la mañana
cuando cerraba la puerta de su casa para dirigirse a la
estación, distante apenas cien metros de la misma.
"Casi en el mismo momento en el que puse el pie en
la calle oí una explosión y luego una segunda".
Según se iba acercando a la "zona cero"
no podía creer lo que veía: "Cuerpos
decapitados, restos humanos por todas partes, sangre,
hierros retorcidos..." Dantesco. Elena todavía
está impactada: "Nunca había visto
la muerte y la destrucción tan de
cerca. Yo no he muerto, pero estoy como si hubiera muerto
con ellos".
Aquí, las
huellas de las explosiones son más visibles que
en Santa Eugenia. Un vagón destrozado y cubierto
por un manto gris que está apartado en el aparcamiento
del apeadero recuerda a todo el que se acerca lo que allí
ocurrió. Delante flores, velas, un dibujo de un
angelito con un nombre: Anabel, que recuerda a una niña
de 10 años que, de momento está desaparecida.
La estación está cerrada y tardará
muchos días en volver a barirse, pero a través
de las vallas se puede observar un muro derruído
y todos los bancos arrancados. Y es que quienes auxiliaron
a los heridos los utilizaron como improvisadas camillas.
Todo valía en aquellos primeros momentos para ayudar
a los heridos.
Pepe no quiere dar
más datos sobre sí mismo, "da igual
mi nombre los que hay que recordar ahora son los de las
víctimas". Es uno de los cientos de héroes
anónimos que arrimaron el hombro y trataron de
echar una mano en medio del horror. "Vivo aquí
cerca y me disponía a coger el coche para ir a
trabajar cuando oí las explosiones. Me acerqué
e hice lo que pude. No sé si me equivoqué
o no, pero cogí en brazos a una chica que estaba
tumbada en medio de un charco de sangre, con una pierna
casi colgando, le hice un torniquete y me la llevé
en mi coche hasta el hospital Doce de Octubre. Llegó
con vida, no sé qué habrá sido de
ella. No me dijo su nombre, sólo acertaba a decir:
¡Por Dios, por Dios! ¿qué ha pasado?
No quiero morirme, ¡Por mi pequeño, por mi
pequeño! ¡Qué va a ser de él
si me muero!".
En el Pozo, como
en Santa Eugenia, nadie sabe tampoco a ciencia cierta
cuantas personas del barrio perecieron en el brutal ataque
terrorista contra la línea Guadalajara-Madrid.
"Heridos hay muchos de aquí, más de
cien", dice Félix, un joven que ha perdido
a su mejor amigo, Pepe "el araña", cuando
se dirigía al instituto. "Yo tenía
que haber ido en ese tren, pero tenía gripe y me
quedé en la cama. Estoy vivo de milagro".
El propio Félix explica
que el vecindario está destrozado. "Todos
tenemos un familiar, un amigio, un conocido, un vecino
afectado porque este es el medio que usamos para ir a
Madrid..." El joven se hace la misma pregunta que
retumba en El Pozo desde el jueves: "¿Por
qué se han cebado en un barrio obrero y humilde
como éste?". Aquí no hay silencio.
En el Pozoel siencio se ha trocado en indignación
y rabia. Rabia que no tratan de contener y una pregunta
se repite: "¿Por qué el Gobierno no
dice nada?". Pregunta que obtiene una rápida
respuesta: "Porque ha sido Al Quaeda y eso a Aznar
y a su Gobierno no le conviene". Entonces surge un
grito desgarrador: "¡Quién me devuelve
a mi padre!". "¡Asesinos, hijos de puta,
bastardos!".
La senda de
destrucción continúa hasta la calle Téllez,
apenas a quinientos metros de la estación de Atocha.
Aquí, un muro separa las vías del tren de
los bloques de casas. Los vecinos lograron hacer un boquete
en ese muro y por ahí sacaron del infierno a los
heridos. En este punto también hay velas y flores
en recuerdo de las victimas . Como las que ponen los hermanos
Llombart, Jorge e Isabel. Ambos estaban en la cama cuando
oyeron el estruendo. "Bajamos y aquello era horrible.
Indescriptible". Todavía ayer se podían
ver algunos objetos como bolsos o zapatos junto a las
vías. Allí trabajaban tres decenas de operarios.
El tren de la muerte aún estaba sobre las vías.
Dos enormes gruas levantan uno de los vagones. La gente
mira los trabajos de desescombro en silencio. Un silencio
que se ha apoderado de toda la ciudad. Una ciudad en las
que la gente vaga, más que anda, con la mirada
perdida en el horizonte.
Un horizonte
en el que desde la calle Téllez se adivina la imponente
cúpula de la Estación de Atocha. Lugar que
se ha convertido en una especie de mausoleo de la infamia.
Hasta allí han llegado miles de personas que han
dejado su recuerdo de homenaje a las víctimas en
forma de inscripciones, y aquí también velas,
flores, banderas, bufandas, recuerdos... "Contra
el terror, amor", "Todos viajábamos en
esos trenes", "ETA y Al Quaeda bastardos",
"Aquí murieron mis 199 hermanos", y algunos
textos más personales: "Osvaldo, los asesinos
te quitaron la vida, pero tú sigues vivo en nuestros
corazones".
Lo cientos
de velas encendidas, no logran, sin embargo iluminar el
vestíbulo de la estación, que parece más
sombrío que nunca. Allí se entremezclan
personas que han acudido a rendir tributo a los fallecidos
y oran ante las improvisadas capillas con los cientos
de pasajeros que suben o bajan de los dos trenes por minuto
que llegan a la estación. Ninguno de ellos hace
intención siquiera de acercarse a la tienda de
bolsos, bisutería y regalos que regenta María
Elena desde hace cinco años. LLegó a su
trabajo en el tren anterior al que los asesinos hicieron
reventar en la estación. "No sé qué
decir. No acierto a explicar lo que pasó, no tengo
palabras para describirlo. Ni siquiera sé qué
hago con la tienda abierta. Aquí mismo en la puerta
se desplomó una persona, que no hubo manera de
reanimar. Quizás, que yo esté aquí
es una falta de respeto hacia ella. No sé, no sé
qué hacer. No entiendo nada de lo que está
pasando".

Las vías
de la línea C2 están vacías. Ocupan
el espacio central de la zona de andenes. A su derecha
y a su izquierda continúan llegando los trenes
lo que hace extraño ese inmenso espacio vacío
en medio de las vías. Por allí no circula
ningún convoy. El último llegó, sembrando
la desolación más absoluta, el jueves a
las 7.45. Al lado sí se acerca un tren. Proviene
de Aranjuez, según reza el cartel. Suben dos docenas
de viajeros, bajan otros tantos. La gente ni siquiera
cruza sus miradas. Tienen los ojos clavados en el suelo.
Y no hablan, van en silencio, siempre en silencio. Así
está Madrid desde hace cuarenta y ocho horas. Callada.
Rumiando el dolor, pero en silencio. Un silencio que atrona
los oídos porque en el fondo es un grito desgarrador.
En Madrid se ve, se siente y se oye la tristeza.
Reportaje publicado en el periódico LA
NUEVA ESPAÑA de Oviedo el domingo 14 de marzo
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