Se oye brillar, lejana,
la armonía; sufren los astros
con el atardecer, cuece la noche.
No hay nada más sino este muerto
desconocido, sino la artesanía
de esta sangre;
sangre
que cae
con su leyenda, por las alcobas
y el aguamanil
o el pozo, alrededor de la colonia,
de la aliaga y la hoguera, en torno a este tejido
de la enagua; sobre la sabiduría
del sostén.
Y
cae, y cae la sangre (...)
Vine a verte morir,
vine a entender esfuerzo y testamento,
cuerno y madera, revolcón
y aventura.
Abadesas,
calientes, rezagadas,
se sujetan las horcas
de amanecida.
Como
las horas
que se silencian,
como la sabiduría de los trigos, como la sed
sin botijo y sin pozo. Quedas así; como el horno
sin pan. Arroyo
que se olvida, moza
sin parto.
Entre las voces
del perejil, por este amor del clavo, donde
cuece el laurel, tiembla en su celo
la pimienta, resucita el orégano,
se oyen los guisos
trasnochar
sobrevuelan
los ángeles,
aletean, se esfuman,
enloquecen, cruzan el aire sin memoria,
sin alas; montan sobre las chimeneas, prueban su vuelo,
se diluyen...
Sí;
sólo este olor, la lumbre
tierna y desesperada
del hogar; este demonio pueblerino
o este ángel,
te
esperan.